"Mouche", novela de Margarita García Alonso construye una experiencia narrativa que convierte el cuerpo, la memoria y el exilio en una materia viscosa, alucinada y profundamente sensorial.

 


pOR  El Ciclón Invisible 


Amados,
Compré esta novela en Amazon hace aproximadamente seis meses. Comencé entonces a leerla, di una pausa, volví sobre ella, la dejé reposar y hace un par de semanas la terminé de leer. Aquí va una aproximación de la lectura.
"Mouche" construye una experiencia narrativa donde la autora convierte el cuerpo, la memoria y el exilio en una materia viscosa, alucinada y profundamente sensorial. No se trata simplemente de una historia lineal sobre una mujer emigrante perdida en los Alpes europeos, sino de una exploración extrema del derrumbe psíquico, de la identidad fracturada y de la supervivencia después de múltiples formas de violencia. El relato funciona como una novela de estados mentales, una travesía por zonas donde realidad, trauma, delirio, recuerdo, enfermedad y muerte se superponen hasta hacerse indistinguibles, mientras la conciencia de la protagonista se desplaza constantemente entre la lucidez y la alucinación, entre la memoria infantil y el presente europeo, entre el deseo de desaparecer y la imposibilidad de dejar de existir.
Desde las primeras páginas la autora instala la metáfora central del libro. La mosca no aparece únicamente como insecto sino como condición existencial. La protagonista nace simbólicamente desde la podredumbre, entre gases, cadáveres y materia orgánica descompuesta, y la propia narradora advierte que “Mi vida será breve. Tengo a lo máximo un mes para provocar repulsión. Digo: ‘esto es una mosca’ y comienza a revolotear en tu cabeza” , frase que funciona prácticamente como manifiesto secreto de toda la novela. La mosca representa lo despreciado, lo sobreviviente, aquello que provoca rechazo y aun así continúa moviéndose dentro de un universo hostil. Toda la novela está escrita desde esa conciencia degradada que observa el mundo como si flotara encima de cuerpos, heridas, fluidos y restos humanos. La autora no persigue armonía ni sentimentalismo, sino una sensación invasiva y persistente que termine contaminando la mente del lector del mismo modo en que las moscas contaminan las habitaciones, los establos y los cuerpos en descomposición.
La autora busca además que el lector experimente físicamente el agotamiento mental y corporal de la protagonista. Por eso el relato insiste obsesivamente en olores, vómitos, sangre, semen, pus, sudor, alcohol, animales muertos, excrementos y desechos orgánicos. No se trata de provocación gratuita ni de voluntad escandalosa superficial. Esa saturación sensorial construye una estética de la degradación donde el cuerpo aparece como territorio devastado por la historia, el exilio, la enfermedad y la violencia sexual. La percepción del mundo entra siempre por la materia física, por la respiración y por la descomposición, y cuando la narradora afirma que “Huele a alcohol de anís, a manzana fermentada y a tarta de nata fresca” la autora convierte el paisaje europeo en experiencia corporal, olfativa y casi putrefacta. El pueblo alpino no es descrito racionalmente sino olido, transpirado y contaminado por una humedad orgánica que invade todo el libro.
La protagonista vive en un pequeño poblado cercano al Castillo de Neuschwanstein, trabajando en el Moleskine Café Hotel, donde canta ópera y lee el tarot a camioneros, turistas y personajes marginales. Ese espacio funciona como un limbo europeo habitado por sujetos derrotados, alcohólicos, migrantes, resentidos y seres emocionalmente arruinados que sobreviven en medio de una Europa envejecida y moralmente fatigada. La narradora se mantiene viva teatralizándose constantemente. Es cantante, tarotista, escritora fracasada, extranjera sospechosa y sobreviviente traumática al mismo tiempo, desplazándose de máscara en máscara para evitar el derrumbe definitivo. Sin embargo, el texto desmonta cualquier aura romántica alrededor de la videncia o del exotismo espiritual cuando la protagonista reconoce con absoluta crudeza que “Podía rodearme de misterio y efectos especiales, pero soy honesta, prefiero adentrarme en la vacuidad” . Ese fragmento resulta esencial para comprender el proyecto de la autora. La protagonista no cree realmente en poderes sobrenaturales. El tarot funciona como actuación desesperada para sobrevivir económicamente y ofrecer consuelo emocional a clientes igualmente destruidos. La novela parece sugerir que en la sociedad contemporánea todos representan algo para ocultar su vacío, su miedo y su desgaste interior.
La obra explora también la paranoia cultural y política de la Europa contemporánea. Muchos personajes viven obsesionados con el extranjero, la decadencia y la pérdida de identidad nacional. La narradora queda atrapada dentro de ese clima hostil y siente constantemente que es observada como amenaza potencial. El hombre que teme la “invasión” de extranjeros convierte la conversación cotidiana en un acto de sospecha ideológica y transforma el café alpino en espacio de resentimiento político soterrado.
Uno de los grandes núcleos simbólicos del libro aparece con la mujer del Este europeo, figura espectral que funciona como doble de la protagonista y como representación de la memoria traumática de Europa oriental. Esa mujer introduce la dimensión metafísica y alucinatoria del relato cuando le dice: “Estoy muerta, tú también, estás finada pero no recuerdas” . A partir de ahí la novela abandona definitivamente cualquier estabilidad realista. Ambas mujeres parecen sobrevivientes de múltiples catástrofes históricas, desplazamientos y persecuciones políticas. El exilio deja de ser únicamente geográfico para convertirse en condición existencial permanente. Las ciudades del Este aparecen entonces como espacios repetidos y despersonalizados, pues “Las ciudades en cemento prefabricado son idénticas, las mismas fachadas, ventanas, pasillos” , frase que sintetiza una visión profundamente opresiva de la modernidad totalitaria. Los edificios repetidos funcionan como metáfora de identidades aplastadas y memorias uniformadas.
La novela está obsesionada con el retorno traumático. Los personajes afirman constantemente que la protagonista “ya vivió esto”, “volverá a repetirlo”, “murió antes”. El pasado nunca desaparece. Cambia de forma, de país y de escenario, pero continúa actuando sobre el cuerpo y la conciencia. De ahí que el relato avance mediante espirales mentales y no mediante una linealidad clásica.
Otro de los grandes temas del libro es la imposibilidad de escribir. Hermes, el viejo profesor de Letras, imagina que la protagonista está produciendo una gran novela sobre el populacho europeo. Los habitantes del hotel desean convertirse en personajes literarios, sueñan con ser inmortalizados dentro de un manuscrito. Pero la narradora se siente agotada, incapaz de producir una obra verdadera, y lo reconoce cuando afirma que “Si tuviese coraje escribiría novecientas páginas sobre los ruidos y olores del pasillo, pero para escribir hay que tener cerilla. Estoy apagada” . La escritura aparece entonces como deseo imposible. La protagonista posee material humano de sobra, pero carece de energía espiritual. La autora parece preguntarse continuamente si todavía es posible escribir después del trauma, del exilio y de la degradación corporal.
Las escenas musicales cumplen una función esencial dentro del relato. Las arias operísticas reflejan indirectamente el estado emocional de la protagonista. Cuando canta "Nabucco" y pronuncia “Oh patria mía, tan bella y perdida” la nostalgia deja de ser solamente individual y se transforma en experiencia histórica del desarraigo. La protagonista habla mediante voces ajenas, refugiándose en personajes operísticos porque resulta incapaz de expresar directamente su propio dolor. Esa fractura interior queda condensada además en una frase decisiva: “Soy la payasa que escribe en este pueblo. Soy la payasa que no escribe” . Quiere convertirse en escritora y simultáneamente se siente ridícula, anulada y vacía. Esa contradicción atraviesa toda la novela.
La avalancha constituye el gran acontecimiento destructor del relato. Cuando Hermes parte hacia la montaña con excursionistas, la protagonista presiente la catástrofe. Luego sobreviene el desastre natural que destruye cualquier ilusión de estabilidad, y la narradora percibe que “La blanca cascada desciende por la ladera, estoy en su ruta” . Después de la avalancha la novela entra plenamente en el territorio del subconsciente y la alucinación. La protagonista vaga por el bosque perseguida por figuras extrañas, supervisores, sacrificios rituales y recuerdos deformados. Allí aparece la niña que asegura ser ella misma a los siete años, diciéndole “Soy tú cuando tenías siete años” . La niña funciona como memoria reprimida y conciencia acusadora que obliga a la protagonista a confrontar el origen profundo de su trauma.
El bosque se convierte entonces en escenario ritual y sacrificial, un espacio donde la persecución adquiere dimensiones míticas y donde la violencia parece repetirse eternamente. La brutalidad de esa atmósfera aparece en escenas donde “Le cortan la yugular. La cabra fallece tras largos bramidos” . Todo allí parece organizado por fuerzas primitivas relacionadas con la culpa, el miedo y la muerte.
El centro emocional más devastador de la novela aparece cuando la narradora recuerda la violación sufrida durante la infancia. La revelación irrumpe de forma seca y brutal: “Fue hace mucho, tendría seis años, en plena somnolencia, un hombre me violó” . Ese recuerdo reorganiza retrospectivamente todo el libro. La analgesia emocional y física de la protagonista nace de esa violencia originaria. El cuerpo aprende a desconectarse para sobrevivir. La autora resume magistralmente ese mecanismo de defensa cuando la narradora afirma: “Mi cerebro entró en modo silencioso, nada me duele” . La analgesia deja de ser solamente una condición médica para convertirse en metáfora psicológica del sujeto traumatizado que ha perdido la capacidad de sentir plenamente.
La novela introduce además una reflexión indirecta sobre el totalitarismo y la destrucción subjetiva cuando la niña le dice a la protagonista: “Eres solo un caso infantil de demencia totalitaria” . La autora sugiere que ciertos sistemas políticos producen sujetos emocionalmente fracturados, incapaces de elaborar el dolor y la memoria sin reproducir continuamente el miedo y la destrucción interior.
Hacia el final la protagonista termina finalmente el manuscrito que llevaba arrastrando durante toda la novela. Pero el resultado no produce liberación alguna. Al contrario, el texto aparece como residuo traumático imposible de digerir, y ella misma admite: “Esta es la porquería que no acabo de digerir” . Entonces ejecuta el gesto simbólico más importante del libro cuando “Lanzo el libraco, del cuarto piso hacia el establo” . Ese acto resume la relación conflictiva de la autora con la literatura. El manuscrito termina mezclado con barro, animales y moscas. La escritura no salva ni purifica. Apenas organiza residuos humanos, fragmentos de memoria y restos emocionales imposibles de eliminar completamente.
Literariamente también podrían señalarse algunas zonas problemáticas dentro de "Mouche", precisamente porque la autora trabaja desde una intensidad extrema que en ocasiones amenaza con devorar la propia estructura narrativa. La novela acumula tal cantidad de imágenes corporales, fluidos, olores, visiones alucinatorias, episodios traumáticos y desplazamientos psíquicos, que por momentos el texto parece avanzar más por saturación que por progresión dramática. Esa insistencia constante en la putrefacción, el vómito, las moscas, la sangre y el deterioro físico puede producir una sensación de reiteración simbólica donde ciertos pasajes terminan perdiendo impacto debido a la repetición del mismo registro sensorial.
Del mismo modo, el carácter fragmentario y delirante de la conciencia narrativa, aunque constituye uno de los mayores logros atmosféricos del libro, provoca que algunos tramos se extiendan excesivamente dentro de una misma tonalidad febril, dificultando distinguir si la acumulación responde siempre a una necesidad estética precisa o si en determinados momentos la novela cae en cierta autocomplacencia del desgarro. También podría criticarse que muchos personajes secundarios funcionan más como proyecciones mentales, espectros simbólicos o dispositivos alegóricos alrededor del trauma de la protagonista que como individualidades plenamente desarrolladas, lo cual refuerza el clima fantasmagórico del relato pero reduce la densidad humana autónoma de algunas figuras. Incluso la voluntad de convertir cada escena en experiencia sensorial extrema termina a veces erosionando el equilibrio narrativo, pues el lector permanece durante largas zonas dentro de un mismo estado de asfixia emocional sin apenas momentos de respiración o contraste. Sin embargo, probablemente ahí reside también una de las apuestas más radicales de la novela, en esa negativa deliberada a ofrecer comodidad, limpieza estructural o armonía psicológica, como si la autora hubiese querido que el propio lenguaje terminara reproduciendo el agotamiento, la contaminación y la fractura interior que padecen sus personajes.

ALGUNOS COMENTARIOS

Aleida Lliraldi Rodriguez
Mouche, es una novela fascinante y destructiva que en ocasiones te lleva a límite.
La leí hace tiempo y no la he olvidado.
Está escrita por la Maga, para mí " una divina criatura" igual que las que ella crea.

André Cruchaga
Excelente correlato el que usted ha escrito sobre este particular, mi querida poeta amiga. Hay en él muchos de los dotes de la periodista que es. Abrazo y buen martes.


Daniel D. Fernandez
Excelente análisis . Tremenda novela

Recio Juan Carlos
Leí la novela es muy como lo has descrito en todos los sentidos y prevalece al final un sentimiento de caos y fragmentacion intencional, porque la autora, proviene de una artista construida desde la alucinación y la invención de las cosas. Toda su literatura se alimenta de lo simbólico alegórico, y de una restrospecion del pasado presente, como carga futura de la ruina y la destrucción, no sólo material, también del espíritu del hombre como si fueran funciones destinadas a corroer el estado mental de los individuos, ante sus propias mecánicas de sometimientos...muy buen artículo.

Margarita Garcia Alonso
Concho, muy agradecida, siento que prestaste 'atenciôn deliberada' de buen critico, no solo al tema y al ritmo que trabajé para causar esa sensaciôn de tener las moscas pegadas en la cabeza o el conducto liberador 😜también aceptaste el mundillo cuàntico que me costô bastante trabajo para no perder los tiempos, aunque no fui explicita en la narraciôn con el mundo europeo, donde el terrorismo y el avance del pensamiento de izquierda y sus correspondiente dictadura europea comienzan a rematar el zumbido de 'mierda por todos lados', con perdôn de la palabra. Gracias enormes, es un honor contar con tu valoraciôn, no pensé que harîas este gran favor a tu "comegofios" preferida 😂😂😂, touchée profundamente! 🙏Macho, me arreglas la repisa! 🙏😘🙏

 

Commentaires

Articles les plus consultés