Yukio Mishima


 Yukio Mishima

Así comenzó la desganada interpretación de mi comedia. En aquellos tiempos había comenzado a comprender vagamente aquel mecanismo según el cual lo que los demás consideraban una impostura por mi parte,era en realidad, una expresión de la necesidad de afirmar mi propia manera de ser, mientras que aquello que los demás suponían mi verdadera forma de ser no era más que una impostura.

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Si yo fuera una ameba -pensaba-, con un cuerpo infinitesimal, podría derrotar a la fealdad, pero el hombre no es lo suficientemente diminuto ni gigante para vencer a nada.
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¿Qué más podía hacer cuando todavía ignoraba que el amor es desear y también ser deseado? Para mí, entonces, el amor sólo era un intercambio de preguntas y respuestas en torno a un pequeño enigma sin solución. En cuando a mi adoración, ni siquiera trataba de soñar que fuera a ser correspondida de algún modo.
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La guerra nos había enseñado un modo de crecer bastante sentimental. Se debía a que creíamos que nuestras vidas acababan a los veinte años y a que, a partir de entonces, no había que pensar en nada. La vida se nos antojaba algo extrañamente volátil, como si nuestras vidas cortadas a los veinte años fueran lago salados en la superficie de cuyas aguas, cada vez más salobres, flotarían nuestros cuerpos


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