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 En los procesos de transición dura, la moral no define el orden de los acontecimientos. Lo hace el poder real. Esa es la lectura estratégica que hoy se impone en Venezuela y que ayuda a entender por qué Estados Unidos y otros actores internacionales conversan con Delcy Rodríguez y no con la dirigencia civil que encarna la oposición democrática.

Rodríguez representa, ante todo, utilidad operativa. Control administrativo, acceso directo al poder armado y capacidad de ejecutar decisiones inmediatas son activos clave cuando el objetivo principal es evitar el colapso institucional, la violencia desbordada o una reacción caótica de las estructuras que aún responden al chavismo duro. No se trata de afinidad política ni legitimidad democrática, sino de capacidad para apagar incendios.

En contraste, María Corina Machado concentra legitimidad, respaldo ciudadano y claridad moral, pero no controla armas, territorio ni cadenas logísticas. En una fase inicial de choque, esa carencia pesa más que los votos o el apoyo popular. Además, para el chavismo armado, su figura sigue siendo percibida como una amenaza existencial, lo que bloquea cualquier negociación inmediata.

Algo similar ocurre con Edmundo González, visto como símbolo electoral y punto de consenso civil, pero no como operador de poder. En la lógica de las transiciones, su papel aparece más adelante, cuando el conflicto armado y el control del caos han sido contenidos.

La experiencia histórica muestra un patrón reiterado: primero se negocia con quienes pueden desatar o frenar la violencia; luego se incorpora a civiles y técnicos para reordenar el poder; y solo al final llega la legitimación democrática, con elecciones y liderazgos políticos plenamente visibles. Pretender invertir ese orden suele conducir al fracaso.

La exclusión temporal de Machado no implica su salida definitiva del tablero. Si la transición avanza, su rol natural será el de legitimadora política del proceso y posible capitalizadora electoral. La alarma real solo surgiría si se le cerrara por completo ese espacio. La historia, guste o no, casi nunca comienza donde las sociedades quisieran que empezara.

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