Ponte que te pongo en algo
Moebius
Pero claro, Ponte ya tiene su expediente literario confesado y archivado por Rialta, con el beneplácito de su capo di tutti capi, Rafael Rojas. Un bonito prontuario, sin duda, donde se documenta con esmero su tránsito del refugio institucional a la pose disidente, sin que en ningún momento faltara la red de seguridad del establishment cultural.
Porque si algo nos ha enseñado la literatura cubana contemporánea es que la disidencia, bien gestionada, también puede ser un negocio rentable. Y ya que estamos en esto, pronto habrá que escribir sobre los verdaderos capos de la literatura contemporánea, que reparten credenciales, sellan destinos y administran el canon con la eficacia de un sindicato bien engrasado. Tiempo al tiempo.
En sus años de gloria oficial, Ponte no tuvo que padecer la ingrata marginalidad de otros escritores cubanos. No, él supo moverse entre pasillos y redactar con la elegancia de quien entiende que el tono correcto abre más puertas que la protesta airada. La Gaceta, órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, fue su salón de recepción, su espacio de tribuna y su carnet de acceso a la ciudad letrada oficial, esa que vive entre la queja bien dosificada y la reverencia solapada al poder.
Desde sus páginas, Ponte se despachó a gusto: reseñó, glosó, citó, polemizó y, por supuesto, ganó premios. Porque en la Cuba institucionalizada, los críticos de academia que juegan a la rebeldía con discurso moderado terminan premiados por las mismas estructuras que dicen cuestionar. Su Premio de La Gaceta en 1995 es solo una muestra de cómo el sistema, tan predecible como magnánimo con los suyos, supo recompensar su prosa inteligente, siempre contenida dentro de lo permisible.
El idilio duró hasta que Ponte, como tantos otros antes que él, decidió jugar una carta más audaz y coquetear con la disidencia. La Seguridad del Estado, siempre atenta, tomó nota. Se cerraron las puertas de la UNEAC, se esfumaron los privilegios y La Gaceta dejó de ser su vitrina. El escritor pasó de ser el enfant terrible domesticado de la literatura cubana a enemigo del régimen, un destino que a esas alturas ya no sorprendía a nadie.
Ponte, además de ser un privilegiado de la burocracia, se ha convertido también en uno de los capos literarios de la era digital, operando con el mismo rigor y disciplina que sus predecesores en las instituciones oficiales. En su faceta de comentarista y editor, ha sabido mantener la línea que le asigna Diario de Cuba, donde censura, selecciona y pone en red lo que le da la gana, manejando la narrativa a su antojo, tal como un operador de los hilos invisibles que controlan el destino de los escritores cubanos. Con su exilio en Madrid, ha pasado de ser una pieza clave dentro del sistema cubano a ser un referente desde fuera, pero no sin sus contradicciones.
Hoy, exiliado en Madrid, Ponte sigue escribiendo sobre Cuba, pero ahora desde el otro lado del espejo. Sus libros circulan sin la bendición de los burócratas culturales, y su nombre ya no figura en las ediciones de La Gaceta. Irónico, si se piensa que fue precisamente ahí donde durante años firmó, opinó y construyó su prestigio. Pero así es la literatura en la Isla: un juego de espejismos donde unos escriben para ser publicados y otros para no ser olvidados. Y el arte de Ponte, siempre tan afinado, ha demostrado ser uno de esos juegos donde el intercambio de favores y las lecturas estratégicas definen el verdadero poder literario.



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