Literatura cubana guillotinezca
Literatura cubana guillotinezca
Gran parte de la literatura escrita actualmente por cubanos pertenece a la Guillonita del terror revolucionario. En Cactual nada dice "progreso" como una cuchilla afilada cayendo con precisión milimétrica. ¿Igualdad, dices? ¡Por supuesto! Nada más equitativo que hacer rodar la cabeza de un ladrón de caminos y la de un rey con la misma fría eficiencia. La guillotina, esa maravilla de la ingeniería social, no solo refinó la ejecución, sino que instauró un nuevo estándar en la percepción de la realidad: todo es susceptible de ser segmentado, cortado y descartado con elegante brutalidad.
El 25 de abril de 1792, en la “Place de Grève” de París, un caballero de dudosa reputación, Nicolas Pelletier, inauguró la era del corte limpio. Hasta entonces, la nobleza se permitía el lujo de la decapitación con espada, mientras que los plebeyos eran sometidos a espectáculos de tortura más elaborados. Pero la modernidad exigía eficiencia y, en el altar del pragmatismo, la guillotina se alzó como el instrumento definitivo. Gracias a ella, la Revolución Francesa se transformó en una sinfonía de justicia instantánea, donde 17,000 almas encontraron su final con la regularidad de un mecanismo de relojería. Roger Chartier, en "Orígenes culturales de la Revolución Francesa", nos recuerda que la implacable eficiencia del aparato simbolizó la transformación de la política en espectáculo, algo que en la literatura cubana contemporánea parece ser un dogma incuestionable.
Pero reducir la guillotina a una simple herramienta de ejecución es una falta de imaginación. Su legado se infiltró en todos los ámbitos de la existencia. La literatura, la pintura, la fotografía, la prensa… Todos bebieron del espíritu de la segmentación. La realidad dejó de ser un tapiz continuo para convertirse en una sucesión de fragmentos, de imágenes inconexas, de momentos congelados en el tiempo. Borja Loma Barrie, en "Terror y Guillotina: Robespierre en la Revolución Francesa", señala que esta máquina no solo decapitaba personas, sino que instauró una forma de ver y narrar el mundo, lo cual se refleja fielmente en la literatura cubana más reciente. La primera fotografía, capturada con una máquina cuyo obturador se llamaba "guillotina", marcó la pauta de un mundo donde la inmediatez y el corte abrupto serían la norma.
Si alguien dudaba de la influencia de esta máquina en la vida cotidiana, solo tenía que mirar la ciudad. París, esa mole caótica de callejuelas medievales, fue pasto de la reestructuración más ambiciosa jamás vista. Haussmann, el urbanista con alma de cirujano, seccionó la ciudad con la precisión de un verdugo bien entrenado. Las viejas calles sinuosas, llenas de historia y resistencia, fueron reemplazadas por amplios bulevares diseñados para que los soldados pudieran disparar sin obstáculos. La modernización es también un asunto de control.
El resultado fue un París convertido en escaparate donde la disciplina se impuso al caos. Paradoja: de sus cenizas surgió una bohemia más feroz. No fue casualidad que en las brasseries de Montmartre, entre absenta y versos malditos, naciera el sarcasmo como forma de vida. Mientras la burguesía aplaudía los bulevares rectilíneos, los artistas respondieron con el “Fumisme”, el arte de la burla absoluta. Nada debía tomarse en serio, ni siquiera la idea de no tomarse nada en serio.
Conforme avanzaba el siglo XIX, el espíritu de la guillotina se convirtió en la esencia del progreso. La industrialización replicó su lógica implacable: segmentación del trabajo, división del tiempo, el individuo reducido a pieza intercambiable en la maquinaria de producción. Y así llegamos al siglo XX, donde la publicidad aprendió la lección de la decapitación: los mensajes deben ser breves, impactantes, sin espacio para la contemplación. Las noticias, reducidas a titulares que cortan la complejidad del mundo en trozos masticables.
¿Y qué decir del siglo XXI? La guillotina digital ha perfeccionado la fragmentación hasta niveles que harían sonrojar a Robespierre. Los algoritmos deciden qué partes de la realidad merecen ser vistas y cuáles deben caer en el olvido. Las redes sociales han convertido la comunicación en una serie de microejecuciones, donde cada comentario puede ser amputado, descontextualizado y convertido en material inflamable. Vivimos en un tiempo en que la cancelación es la guillotina posmoderna: un tuit desafortunado y la cabeza rueda.
Día tras día, con la meticulosidad de un verdugo veterano, los escritores guillotineros insisten en su tarea: decapitar el sentido, desmembrar la coherencia, convertir la prosa en un espectáculo de amputaciones lingüísticas. No hay trama, no hay continuidad, solo un desfile de palabras huérfanas, cabezas rodantes de sílabas sueltas. Pero no importa, la estética de la fragmentación es lo que importa, no el pequeño detalle de si se entiende algo.
La genealogía del desconcierto comienza con Lorenzo García Vega, el gran oficiante de la fragmentación. A partir de su magisterio, una procesión interminable de acólitos—Ponte, Aguilera, el grupo Diásporas, Pardo Lazo, Cuba de Soria, Lage, Ahmel, Legna—han asumido con fervor la tarea de hacer de la literatura cubana un monumento a la discontinuidad. Son campeones de la segmentación, heraldos del desorden. Sus textos, más que narraciones, parecen papeles dispersos arrastrados por el viento tras una ejecución pública. Pero, claro, ¿quién necesita estructura cuando el caos tiene tanto glamour?
Rodó, en "Ariel", lamentaba la ausencia de grandeza en quienes, "prisioneros de lo fragmentario, se pierden en la anécdota y renuncian a la visión totalizadora del espíritu". Y eso es lo que ocurre con estos escritores: su prosa se ha convertido en una deriva interminable de notas sueltas, esbozos inconclusos, intentos fallidos de atrapar un instante que, en su afán de experimentación, termina desvaneciéndose en su propia insignificancia. Es como si cada palabra estuviera condenada a una ejecución sin testigos, una guillotina que no necesita un brazo de acero para segar la continuidad del pensamiento. La decapitación de sus textos no es solo simbólica, sino una mutilación silenciosa, que apaga cualquier atisbo de trascendencia. ¿Poética? Claro, si consideramos que la poesía también puede ser un campo de minas.
Se han empeñado en que la literatura no solo sea un género, sino una suerte de guillotina simbólica que cercena cualquier intento de construcción. La prosa se ha convertido en un amasijo de esquirlas, una colección de murmullos que se resisten a encajar. Leerlos es un ejercicio cercano a la arqueología: hay que excavar entre los escombros de sus frases, entre los jirones de sus discursos, esperando encontrar algún vestigio de sentido. ¡Una tarea tan gratificante como desentrañar un rompecabezas sin piezas!
Si Alister Kershaw documentó en "A History of the Guillotine culturales de la Revolución Francesa" cómo la Revolución Francesa acabó descabezando a sus propios hijos, aquí, en el panteón de las letras cubanas, se ha perfeccionado el método: no se trata de ajusticiar cuerpos, sino de vaciar la literatura de su médula espinal.
Y si David Andress, en El terror. Los años de la guillotina, Francesa, nos habla del siniestro aparato que devoró cabezas con precisión mecánica, nuestros escribas han logrado algo más sofisticado: una literatura donde la guillotina no necesita caer, porque la cabeza ya está separada del cuerpo desde la primera línea. Todo un avance, ¿no? Quién necesita un golpe certero cuando se tiene tan meticuloso descuartizamiento.
Pero, ¿de dónde viene esta compulsión guillotinezca? ¿Por qué esa necesidad de dinamitar la narración, de atomizar la lengua, de huir de cualquier vestigio de estructura? La respuesta es simple: nostalgia. Una nostalgia no de exilio ni de patria perdida, sino de la Revolución como utopía truncada. Los escritores de la discontinuidad, los escribanos del caos, añoran un tiempo en el que aún había certezas, aunque fueran las certezas del dogma, las seguridades de la consigna. Hoy, privados de fe, solo pueden articular un murmullo balbuceante, una sintaxis rota que intenta, sin éxito, reconstruir el fervor de antaño. Y no, no hay remedio para esa nostalgia: las cabezas no dejan de rodar.
Toda esta literatura guillotinezca no es más que el eco de un pasado que se niega a morir. Un delirio de palabras que giran sobre sí mismas, buscando una razón de ser en un mundo donde la guillotina ya no corta físicamente, pero sigue cercenando el sentido. la nostalgia revolucionaria, ese fantasma terco que sigue persiguiendo a quienes ya no tienen cabeza para sostenerlo!
Por cierto, estos escritores se han mimetizado con el género del diario hasta el punto de convertirlo en su única forma de expresión. Si escriben un ensayo, lo disfrazan de diario; si escriben un poema, lo estructuran como diario; si intentan la narrativa, el resultado final es, irremediablemente, un diario. Han hecho de esta forma un refugio, una madriguera donde todo se diluye en lo anecdótico, en la impresión momentánea, en la subjetividad sin freno. Son, como lo advirtió José Enrique Rodó, diaristas sin horizonte, meros experimentalistas de lo efímero. ¡La profundidad del pensamiento al servicio de la anécdota!




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