Hoy, aniversario de mi abuelito Gerardo Alonso Sabas

Hoy, 5 de diciembre, mi abuelito Gerardo Alonso Sabas
hubiese cumplido años.

Sin segundo aire
decirle a alguien yo te amo, significa: tú no debes morir. Gabriel Marcel

En la isla murió mi abuelo.
Cual caballo ciego 
en camino al matadero
mi piel frisona.
Doble cristales 
contra el ruido, el frío,
el mundo y los pájaros
de este verano insoportable.
Cambié de ciudad, 
de apellidos y sigo
en el ala de un pájaro, 
en derrumbe perpetúo
como lágrima en zapato, 
resbaladiza
hacia el asfalto.
En el viejo continente
y sus calles pobladas de perros
mi cerebro canibaliza:
he hecho un viaje
a semejanza de mi desprecio.
Tiempo atrás escapé
de la escoria monótona del verso,
críticos chispeantes de realeza
entrecruzaban bártulos,
ávidos de describir al duende
o la frigidez de la coma
olfateaban estaciones,
milagros y nacimientos
pero dónde no estuve no estaré
con mi tartamudez insoportable,
conozco el final y engaño
-a excesos miento-
él que no sabía escribir ha muerto.
Mi abuelo cuida mis dientes
que comen ratones de la vida
que llegó malsana
como enfermedad

complaciente y lenta.

de Mar de la Mancha, 1992

https://www.poemas-del-alma.com/blog/mostrar-poema-504910





Un hombre alado salió a dar una vuelta
y al aterrizar en el prado que habituaba
encontró que habían construido
una ciudad en su lugar.

En casa siempre oí cantar

a abuelo cuando hacía bocetos
de ángeles a la medida
de mi pie descalzo.

Ahora habita en las azoteas de Madrid

donde el tiempo no existe
y una ciudadela de ángeles vigila
a los fumadores de porros,
a las mujeres que duermen
a la sombra de Al Fénix
y parecen solas, pero casi siempre
cabalgan un adolescente.

Por más que busco no encuentro

a la Virgen de los Peligros,
con su nimbo de luz de la marca Moore,
haciendo milagros de bombillas.

Aurora desde la azotea 

apenas me ve
-cosas de perspectiva-
por muy diosa que sea
se tira a fontaneros
que manejan metal.

Cuando llueve se lava,
calada hasta la madera Minerva
en el Círculo de Bellas Artes,
a 58 metros sobre la calle de Alcalá,
a pesar de estar hueca murmura que
su miedo es el viento.
Pero en realidad es al Hombre a quién teme
el hombre que cuelga su traje ahumado,
sobre el filo de la ventana,
hacia el abismo la tendedera 
y sus ganchillos saltan 
pavorosos al vacío.

Cuando un trozo del ala de Pegaso

cayó sobre la calzada
la Real Academia de San Fernando dictaminó
que en evitación de alguna catástrofe
se bajase a los centinelas de mármol.

En aquel entonces 

los bloques se desmoronaban,
no hubo más remedio que cortarlos,
aunque entre tejados se escuchara
como ponían el grito en el cielo.

Bajar fue casi tan complicado
como había sido subir
los vigilantes a las azoteas.
Durante horas abandonados
en la Gran Vía, semejaban
fantasmas de desterrados.

Entre la plaza de Legazpi

y la glorieta de Cádiz
volvieron al suelo los originales
pues no tiene sentido adornar tejados
ni esconderse a la sombra de los ángeles
-de todas formas eran sustitutos, pura copia-
Cada marzo, un rayo de sol atraviesa
la cabeza del Ángel caído 
que añora el prado y sobrevuela 
a quienes transitan sin dios ni rodillas,
fabricados de la misma manera que sus padres,
esculpidos en barro, 
quemados por la cera,
con un pequeño corazón 
donde se coló el bronce.

Yo sigo escuchando,
quizás sea el abuelo
quien reza
sin poder tocar tierra.
de La costurera de Malasaña, 2012
 Editions Hoy no he visto el paraíso.
© Margarita García Alonso.


He sobrevivido a la dictadura en el pueblo donde acaba el mundo y no termina la catástrofe. Poco he podido hacer por los míos. Quizás me castigo con esta asociabilidad por la criminalidad de #Cuba. El no tener vida une contra esa desgracia, como mis muertos, soy voz de muerta.

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