Allen Ginsberg, ese genial « beatnik », indeseable en La Habana

Por Jacobo Machover

Poeta, homosexual, americano, judío : Allen Ginsberg era todo eso a la vez, y mucho más : budista, peludo, mariguanero… A pesar de todas esas taras, fue invitado a La Habana para formar parte del jurado del premio Casa de las Américas en 1965 por la presidenta de esa institución, Haydeé Santamaría, por intermedio del ex-censor en jefe y uno de los autores intelectuales de los fusilamientos masivos del año 1959, más tarde exiliado y « disidente », Carlos Franqui. Este había ido a visitarlo personalmente en New York, con el objetivo de aúnar a los miembros de la « beat generation » a la larga lista de los simpatizantes de la revolución cubana. No podía hacerlo con Jack Kerouac, quien en un plano político era abiertamente republicano. Ginsberg, autor de « Howl » y del maravilloso « Kaddish », creía sin duda en la idea revolucionaria, tal vez por el pasado trotskista de su madre, aunque no estuviera de acuerdo con la actitud hostil del gobierno hacia los mariguaneros (aún no sabía nada de la represión despiadada que se empezaría a desatar contra los homosexuales). Pero bueno, su personalidad era la perfecta antítesis al castrismo. No podía permanecer en Cuba.
Una vez en La Habana, contestaba a una de las entrevistas que le solicitaban (esas reflexiones no fueron publicadas, por supuesto) que el Che Guevara le parecía « cute », que le habían comentado que Raúl Castro era « gay » y que, si se encontraba con el Comandante en jefe, cosa que no le interesaba para nada, le pediría a Fidel Castro que no continuase fusilando. En un texto que acabo de encontrar, una especie de diario correspondiente a los días 18 y 19 de febrero de 1965, Allen Ginsberg cuenta su expulsión de la isla, la intrusión una mañana en el cuarto del hotel Riviera donde se alojaba, de un responsable del ICAP (Instituto cubano de amistad -menuda amistad- con los pueblos), acompañado por tres tipos vestidos de verde olivo. El reflejo de Ginsberg fue ocultar un cuaderno donde lo apuntaba todo, particularmente una aventura sexual de la noche anterior -por suerte, pensó, sólo había anotado las iniciales de su nombre (« Thank God I used his initials »). Pidió que llamaran a Haydeé Santamaría, creyendo que ésta lo iba a proteger : se hizo la sueca. Quiso contactar al poeta chileno Nicanor Parra pero apenas pudo hacerle llegar un recado. El esbirro amistoso le intimó la orden de recoger sus pertenencias : en pocas horas (dos) sería expulsado hacia Praga para de allí llegar a Londres y luego a N.Y. No fue en Praga, sin embargo, donde se encontró con Kafka (se refiere a las « Kafkian smiles »), sino en La Habana. Ginsberg, confiando en sus derechos democráticos, le preguntó a su acompañante en virtud de qué leyes lo expulsaban de Cuba. Respuesta : « Oh just basic immigration policy… also a question of your private life… your personnal attitudes. » Así mismo. Traducido en mal cubano (castrista) : por su homosexualidad.
Allen Ginsberg quedó marcado por ese episodio que le produjo terror y le evocó, por un instante, los métodos nazis que, evidentemente, temía sobremanera, como todo judío que se respeta. Él nunca supo lo que le había ocurrido a sus interlocutores cubanos, los jóvenes de la generación de « El Puente », quienes luego fueron (brevemente) interrogados, como el traductor de « Howl » David Bigelman, o más duramente perseguidos, como José Mario, quien pasó un largo periodo en los campos de trabajo de la UMAP, y varios más reprimidos (Ana María Simo, Manuel Ballagas, René Ariza…). Sobre ese tema, léase « Allen Ginsberg en La Habana » de José Mario Rodríguez.
En este día de « Gay pride » por todo el mundo, vale la pena recordar a Allen Ginsberg, ese genial « beatnik », indeseable en La Habana, y a sus discípulos cubanos, casi todos enviados al exilio.


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