a la vida del moscardón.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro frente a su máquina de escribir.ARCHIVO FAMILIAR
1. Julio Ramón Ribeyro imaginó un libro que sería desde la primera hasta la última página un manual de sabiduría, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, un valioso conjunto de experiencias, una guía de conducta, un regalo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. Y tras describirlo en las páginas de Prosas apátridas, se preguntó por qué no llevarlo a cabo y, poco después, en una de sus habituales vacilaciones, se preguntó para qué.
Esto último no es tan extraño, pues a fin de cuentas Ribeyro era un adicto a Pentotal paqué, el venenoso verso de Oliverio Girondo. Lo verdaderamente extraño -o, mejor dicho, lo más curioso- es que la descripción de ese libro utópico se parece, casualmente o no, al libro que la incluye entre sus páginas (Prosas apátridas), que es un sutilísimo conjunto de fragmentos que, viendo su autor que no se ajustaban a ningún género concreto, decidió reunir en un volumen inclasificable, genial e injusta y misteriosamente poco celebrado, aunque en la Barcelona de 1974, editado por Beatriz de Moura en Tusquets, causó una pequeña revolución; de hecho, se convirtió en la obra de cabecera de algunos de mis mejores amigos.
Tampoco ha sido tan celebrado como merecería La tentación del fracaso, cuando en realidad es uno de los más fascinantes diarios literarios del siglo pasado; un siglo en el que abundaron, por otra parte, los más brillantes diarios de escritores, hasta el punto de que Robert Musil, en el suyo, se sintió obligado a alzar la voz para preguntarse qué pasaba con tantos cuadernos íntimos: "¿Los diarios? Un signo de los tiempos. ¡Se publican tantos! Es la forma más cómoda, la más indisciplinada [...]. No es arte. No debe serlo. ¿De qué sirve escucharse ahí?".
Que no sean arte es muy discutible. Pero la pregunta sobre "qué hay que escuchar ahí" tiene, en cambio, pleno sentido, por mucho que, al formularla, Musil diera muestras -siempre mirando con resquemor a sus rivales literarios- de que a duras penas podía él soportar su propio diario, y en consecuencia aún menos los que escribían sus colegas. Pero la pregunta sobre "qué hay que escuchar ahí" está claro que es bien razonable. Y es más, juraría que atraviesa el diario entero de Ribeyro, y hasta favorece la transformación de su autor en alguien que, si bien empieza ahí escuchándose -consciente de que un diario personal tal vez se reduzca a una sola fórmula, antiquísima pero eficaz: conocerse a sí mismo-, acaba situándose admirablemente a las puertas de su propia disolución como personaje. Y es que es muy probable que, entre otras cosas, La tentación cuente la historia de la transformación de un diarista (obsesionado, como tantos, por sí mismo) en un fracasista, es decir, alguien especializado en las derrotas propias, pero también en las ajenas; alguien que, a la vista de lo que sospecha que le espera, busca ir disolviéndose lentamente en el anonimato de un mundo de paisajes tan abstractos como inciertos y escapar así tanto del relato sombrío de su vida como del recuento del universo de los otros. A fin de cuentas, seguramente se descansa mejor perdiéndose uno en un mundo sigiloso y sereno, sin personajes.
2. Ya estaba la pregunta en Prosas apátridas: "¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar?" Es una pregunta que por suerte no ha tenido nunca una respuesta mínimamente creíble. Por suerte. Porque, de llegar a saberse qué hay que escribir para subsistir en el tiempo, estoy seguro de que se abonarían a la fórmula mágica miles de mediocres y con sus inmortalidades nos lo arruinarían todo.
En cualquier caso, aun careciendo de respuesta fiable, no hay duda de que un buen escritor ha de hacerse esa pregunta esencial acerca de cómo hacer para durar, pues, de lo contrario, mejor sería que se dedicara a otra cosa. Algunas veces he pensado que si esa pregunta nos parece esencial es básicamente porque nos recuerda a la muerte; a la muerte que tanto nos molesta, pero que debemos reconocer que le da pleno sentido a la vida al otorgarle precisamente esencia.
Es el mismo pleno sentido que planea sobre La tentación. Recuérdese, a fin de cuentas, que un pacto mortal convive siempre con ese diario del "enfermo" Ribeyro. De hecho, es el pacto de tantos diaristas literarios. Ya decía Alan Pauls, en su introducción a una antología de diarios íntimos, que hay una fatalidad sensacionalista del género: "Ese cadáver que acompaña el hallazgo del diario es, casi siempre, el cadáver de su autor. A juzgar por la posición en la que suele encontrárselo, es evidente que muere casi durante el acto de añadir la última entrada a su maniático inventario de hechos y de días."
3. La intensa pregunta de fondo de La tentación -qué diablos tendríamos de poner en la obra para perdurar- crece a medida que avanza el inventario de hechos y de días, y desemboca en lo que Ribeyro escribe en mayo del 92, en el prólogo a su propio inventario vital, donde habla del peligro de que su diario haya acabado sustituyendo a su obra de creación. Máxima inquietud acaba creándole ese temor que, bien mirado, es sólo un presunto peligro, ¿o acaso no hay diarios que demuestran lo contrario? Pero Ribeyro pertenece a una época en la que el diario literario, especialmente en el ámbito de la lengua española, estaba considerado un género menor, y eso le lleva -decía temerlo ya en sus Prosas apátridas- a ver en sus anotaciones privadas una ocupación peligrosa que podría estar cerrándole la comunicación con los otros y confinarle, además, a un soliloquio estéril y secreto que podría, además, conducirle a escribir solamente acerca de los problemas y perplejidades que le planteaba su oficio de literato, de modo que su diario podía acabar simplemente suplantando a la obra potencial que había en él.
4. No deja de ser curioso que descubriera este peligro en elJournal Littéraire de Paul Léautaud, que precisamente ofrece otros peligros pero no éste, porque escapa por completo a la idea de que la obra clave de un escritor no pueda ser su cuaderno íntimo: "Leyendo el diario de Léautaud me doy cuenta del carácter estéril, irritante de este tipo de obras, refugio de escritores fascinados por su propia persona y que no pudieron nunca emanciparse de la autocontemplación para acceder a la esfera verdaderamente creativa y superior de la impersonalidad."
Precisamente para Paul Léautaud la gran literatura era un espanto, un horror, algo de lo que había que huir, pues le parecía que en lo trivial y secundario estaba la verdad y no en la grandilocuencia. Así que Léautaud andaba bien tranquilo con su diario u obra maestra y en modo alguno le preocupaba la obra potencial que tan inquieto tenía a Ribeyro y que le creaba esa insistente desazón que hasta le llevó a vivir un momento que para mí es el fragmento de fragmentos, el párrafo que a lo largo de todos estos años más he memorizado de su diario: "Leyendo hace poco a Cervantes pasó por mí un soplo que no tuve el tiempo de captar (¿por qué?, alguien me interrumpió, sonó el teléfono, no sé), desgraciadamente, pues recuerdo que me sentí impulsado a comenzar algo... Luego, todo se disolvió. Guardamos todos un libro, tal vez, un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo."
Ese párrafo -que, por cierto, ya estaba también en Prosas apátridas, demostrando el trasvase que hay entre un libro y otro- lo relaciono a veces con Gombrowicz y Ferdydurke: "¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca pueden distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malvados moscardones...!"
Siempre un insecto de alguna clase -un hermano y un teléfono también pueden serlo- acaba estropeándolo todo, permitiéndonos así poder echarle la culpa de que no hayamos escrito o leído algo que supere al Quijote. Sólo una vez, y en cualquier caso a lo largo de dos escuetas aunque fulgurantes décimas de segundo, accedí a ver con claridad la totalidad de un libro que estaba destinado a escribir y que comprendí queera tan bueno que superaría al Quijote. No es que me entrara miedo de dedicarme a la tarea de escribirlo, sino la más profunda de las perezas, quizás porque me vi prisionero para siempre de mi potencial obra maestra, lo que con el tiempo me facilitó muchas cosas, pues me llevó a descubrir que aquélla no era obligatoriamente, como tanto había creído, mi máxima aspiración en la vida. ¿Cuál era pues? ¿Tener buena salud, una posición económica estable, creer en el amor? Poco propenso a confesar mi intimidad -soy aficionado a leer diarios literarios, pero no me siento diarista-, todavía hoy, cuando los amigos me hacen la pregunta, sigo respondiendo -cargado quizás aún de la perplejidad que me causara aquel descubrimiento- que tan sólo aspiro, con perdón, a la vida del moscardón.
5. Lector de muchos diarios literarios, Ribeyro cita bastantes a lo largo de La tentación. Los de Paul Léautaud entre ellos, pero también los de Anaïs Nin, Charles Du Bos, los hermanos Goncourt, Gombrowicz, Stendhal... Llega a nombrar en un momento determinado a sus preferidos: Amiel (fundamental, porque fue el origen de su adicción al género), JüngerKafka, Saint-Simon, Chateaubriand, Casanova...
La gran mayoría de estos famosos diarios nos han llegado completos, pero no es el caso de los de Ribeyro, que terminan algo abruptamente en 1978 cuando en realidad él los siguió escribiendo prácticamente hasta el fin de su vida, en 1994. Tal vez este dato pueda explicar mejor esa área final en La tentación, esa área que es más autocrítica y parece de vez en cuando estar anunciándonos hacia qué abstracto conjunto de paisajes sin personajes podrían estar dirigiéndose las páginas que cubren los años setenta: esas páginas en las que se percibe y se nota -como si la estuviéramos tocando- la lenta pero firme transformación del diarista en fracasista, un escritor no en retirada ni mucho menos, pero sí a la busca de disolverse de alguna forma en su propio diario, de dejar atrás "los personajes" y perderse en el paisaje que él consideraba "incomprensible" de nuestro mundo: "Basta mirar mucho rato una cosa para que ésta se vuelva interesante", dice Flaubert en su correspondencia. Sí, pero se le olvidó añadir: "y también incomprensible". Así las cosas, los edificios que veo por el balcón, sobre la Place Falguière, van perdiendo a medida que los observo su naturalidad, su seguridad, su realidad..."
ENRIQUE VILA-MATAS

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