Últimos días de una casa

Diego Rivera (Mexican, 1886-1957), Portrait of a Spaniard, 1912. Oil on canvas.


Últimos días de una casa
a mi más hermana que prima, 
Nena A. de Echeverría

No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días
este extraño silencio:
silencio sin perfiles, sin aristas,
que me penetra como un agua sorda.
Como marea en vilo por la luna,
el silencio me cubre lentamente.

Me siento sumergida en él, pegada 
su baba a mis paredes; 
y nada puedo hacer para arrancármelo, 
para salir a flote y respirar 
de nuevo el aire vivo, 
lleno de sol, de polen, de zumbidos.

Nadie puede decir 
que he sido yo una casa silenciosa; 
por el contrario, a muchos muchas veces 
rasgué la seda pálida del sueño 
–el nocturno capullo en que se envuelven–, 
con mi piano crecido en la alta noche, 
las risas y los cantos de los jóvenes 
y aquella efervescencia de la vida 
que ha barbotado siempre en mis ventanas 
como en los ojos de 
las mujeres enamoradas.

No me han faltado, claro está, días en blanco. 
Sí; días sin palabras que decir 
en que hasta el leve roce de una hoja 
pudo sonar mil veces aumentado 
con una resonancia de tambores. 
Pero el silencio era distinto entonces: 
era un silencio con sabor humano.

Quiero decir que provenía de «ellos», 
los que dentro de mí partían el pan; 
de ellos o de algo suyo, como la propia ausencia, 
una ausencia cargada de regresos, 
porque pese a sus pies, yendo y viniendo, 
yo los sentía siempre 
unidos a mí por alguna 
cuerda invisible, 
íntimamente maternal, nutricia.

Y es que el hombre, aunque no lo sepa, 
unido está a su casa poco menos 
que el molusco a su concha. 
No se quiebra esta unión sin que algo muera 
en la casa, en el hombre... O en los dos.

Decía que he tenido 
también mis días silenciosos:
era cuando los míos marchaban de viaje,
y cuando no marcharon también... Aquel verano
–¡cómo lo he recordado siempre! –
en que se nos murió
la mayor de las niñas de difteria.

Ya no se mueren niños de difteria; 
pero en mi tiempo –bien lo sé...– 
algunos se morían todavía. 
Acaso Ana María fue la última, 
con su pelito rubio y aquel nido 
de ruiseñores lentamente desmigajado en su garganta...

Esto pasó en mi tiempo; ya no pasa. 
Puedo hablar de mi tiempo melancólicamente, 
como las personas que empiezan 
a envejecer, pues en verdad 
soy ya una casa vieja.

Soy una casa vieja, lo comprendo. 
Poco a poco –sumida en estupor– 
he visto desaparecer 
a casi todas mis hermanas, 
y en su lugar alzarse a las intrusas, 
poderosos los flancos, 
alta y desafiadora la cerviz.

Una a una, a su turno, 
ellas me han ido rodeando 
a manera de ejército victorioso que invade 
los antiguos espacios de verdura, 
desencaja los árboles, las verjas, 
pisotea las flores.

Es triste confesarlo, 
pero me siento ya su prisionera,
extranjera en mi propio reino, 
desposeída de los bienes que siempre fueron míos. 
No hay para mí camino que no tropiece con sus muros;
no hay cielo que sus muros no recorten.

Haciendo de él botín de guerra, 
las nuevas estructuras se han repartido mi paisaje: 
del sol apenas me dejaron 
una ración minúscula, 
y desde que llegara la primera 
puso en fuga la orquesta de los pájaros.

Cuando me hicieron, yo veía el mar. 
Lo veía naturalmente, 
cerca de mí, como un amigo; 
y nos saludábamos todas 
las mañanas de Dios al salir juntos 
de la noche, que entonces 
era la única que conseguía 
poner entre él y yo su cuerpo alígero, 
palpitante de lunas y rocíos.

Y aun a través de ella, yo sabía 
adivinar el mar;
puedo decir que me lo respiraba 
en el relente azul, y que seguía 
teniéndolo, durmiendo al lado suyo 
como la esposa al lado del esposo.

Ahora, hace ya mucho tiempo 
que he perdido también el mar. 
Perdí su compañía, su presencia, 
su olor, que era distinto al de las flores, 
y acaso percibía sólo yo...

Perdí hasta su memoria. No recuerdo 
por dónde el sol se le ponía.
No acierto si era malva o era púrpura
el tinte de sus aguas vesperales,
ni si alciones de plata le volaban
sobre la cresta de sus olas... No recuerdo, no sé...
Yo, que le deshojaba los crepúsculos,
igual que pétalos de rosas.

Tal vez el mar no exista ya tampoco. 
O lo hayan cambiado de lugar. 
O de sustancia. Y todo: el mar, el aire, 
los jardines, los pájaros, 
se haya vuelto también de piedra gris, 
de cemento sin nombre.

Cemento perforado. 
El mundo se nos hace de cemento. 
Cemento perforado es una casa.
Y el mundo es ya pequeño, sin que nadie lo entienda,
para hombres que viven, sin embargo,
en aquellos sus mínimos taladros,
hechos con arte que se llama nueva,
pero que yo olvidé de puro vieja,
cuando la abeja fabricaba miel
y el hormiguero, huérfano de sol,
me horadaba el jardín.

Ni aun para morirse 
espacio hay en esas casas nuevas; 
y si alguien muere, todos tienen prisa 
por sacarlo y llevarlo a otras mansiones 
labradas sólo para eso: 
acomodar los muertos 
de cada día.

Tampoco nadie nace en ellas. 
No diré que el espacio ande por medio; 
mas lo cierto es que hay casas de nacer,
al igual que recintos destinados 
a recibir la muerte colectiva.

Esto me hace pensar con la nostalgia 
que le aprendí a los hombres mismos, 
que en lo adelante 
no se verá ninguna de nosotras 
–como se vieron tantas en mi época– 
condecoradas con la noble tarja 
de mármol o de bronce, 
cáliz de nuestra voz diciendo al mundo 
que nos naciera allí un tribuno antiguo, 
un sabio con el alma y la barba de armiño, 
un héroe amado de los dioses.

No fui yo ciertamente 
de aquéllas que alcanzaron tal honor, 
porque las gentes que yo vi nacer 
en verdad fueron siempre demasiado felices; 
y ya se sabe, no es posible 
serlo tanto y ser también otras 
hermosas cosas.

Sin embargo, recuerdo 
que cuando sucedió lo de la niña, 
el padre se escondía 
para llorar y escribir versos... 
Serían versos sin rigor de talla, 
cuajados sólo para darle 
caminos a la pena...

Por cierto que la otra 
mañana, cuando 
sacaron el bargueño grande, 
volcando las gavetas por el suelo, 
me pareció verlos volar 
con las facturas viejas
y los retratos de parientes 
desconocidos y difuntos.

Me pareció. No estoy segura.
Y pienso ahora, porque es de pensar, 
en esa extraña fuga de los muebles:
el sofá de los novios, el piano de la abuela 
y el gran espejo con dorado marco 
donde los viejos se miraron jóvenes, 
guardando todavía sus imágenes 
bajo un formol de luces melancólicas.

No ha sido simplemente un trasiego de muebles. 
Otras veces también se los llevaron 
–nunca el piano, el espejo–, 
pero era sólo por cambiar aquéllos 
por otros más modernos y lujosos. 
Ahora han sido todos arrasados 
de sus huecos, los huecos donde algunos 
habían echado ya raíces...
Y digo esto por lo que dolieron 
los últimos tirones;
y por las manchas como sajaduras
que dejaron en suelo y en paredes.
Son manchas que persisten y afectan vagamente
las formas desaparecidas,
y me quedan igual que cicatrices
regadas por el cuerpo.

Todo esto es muy raro. Cae la noche 
y yo empiezo a sentir no sé qué miedo: 
miedo de este silencio, de esta calma, 
de estos papeles viejos que la brisa 
remueve vanamente en el jardín.

Otro día ha pasado y nadie se me acerca. 
Me siento ya una casa enferma, 
una casa leprosa.
Es necesario que alguien venga
a recoger los mangos que se caen
en el patio y se pierden
sin que nadie les tiente la dulzura.
Es necesario que alguien venga
a cerrar la ventana
del comedor, que se ha quedado abierta, 
y anoche entraron los murciélagos... 
Es necesario que alguien venga 
a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.

¡Con tanta gente que ha vivido en mí, 
y que de pronto se me vayan todos!... 
Comprenderán que tengo que decir 
palabras insensatas. 
Es algo que no entiendo todavía, 
como no entiende nadie una injusticia 
que, más que de los hombres, 
fuera injusticia del destino...

Que pase una la vida 
guareciendo los sueños de esos hombres, 
prestándoles calor, aliento, abrigo; 
que sea una la piedra de fundar 
posteridad, familia, 
y de verla crecer y levantarla, 
y ser al mismo tiempo 
cimiento, pedestal, arca de alianza... 
Y luego no ser más 
que un cascarón vacío que se deja, 
una ropa sin cuerpo, que se cae...

No he de caerme, no, que yo soy fuerte. 
En vano me embistieron los ciclones 
y me ha roído el tiempo hueso y carne, 
y la humedad me ha abierto úlceras verdes.
Con un poco de cal yo me compongo: 
con un poco de cal y de ternura...

De eso mismo sería, 
de mis adoleceres y remedios, 
de lo que hablaba mi señor la tarde 
última con aquellos otros 
que me medían muros, huerto, patio 
y hasta el solar de paz en que me asiento.

Y sin embargo, mal sabor de boca 
me dejaron los hombres medidores, 
y la mujer que vino luego 
poniendo precio a mi cancela; 
a ella le hubiera preguntado 
cuánto valían sus riñones y su lengua.

No han vuelto más, pero tampoco 
ha vuelto nadie. El polvo 
me empaña los cristales 
y no me deja ver si alguien se acerca. 
El polvo es malo... Bien hacían 
las mujeres que conocí 
en aborrecerlo...

Allá lejos 
la familiar campana de la iglesia 
aún me hace compañía, 
y en este mediodía, sin relojes, sin tiempo, 
acaban de sonar lentamente las tres...

Las tres era la hora en que la madre 
se sentaba a coser con las muchachas 
y pasaban refrescos en bandejas; la hora 
del rosicler de las sandías, 
escarchado de azúcar y de nieve, 
y del sueño cosido a los holanes...

Las tres era la hora en que...
¡La puerta!
¡La puerta que ha crujido abajo! 
¡La están abriendo, sí!... La abrieron ya. 
Pisadas en tropel avanzan, suben... 
¡Ellos han vuelto al fin! Yo lo sabía; 
yo no he dejado un día de esperarlos... 
¡Ay frutas que granar en mis frutales! 
¡Ay campana que suenas otra vez 
la hora de mi dicha!

* * *
La hora de mi dicha no ha durado 
una hora siquiera. 
Ellos vinieron, sí... Ayer vinieron.
Pero se fueron pronto. 
Buscaban algo que no hallaron. 
¿Y qué se puede hallar en una casa 
vacía sino el ansia de no serlo 
más tiempo? ¿Y qué perdían
ellos en mí que no fuera yo misma? 
Pero teniéndome, seguían buscando...

Después, la más pequeña fue al jardín 
y me arrancó el rosal de enredadera; 
se lo llevó con ella no sé adonde. 
Mi dueño, antes de irse, 
volvióse en el umbral para mirarme, 
y me miró pausada, largamente, 
como los hombres miran a sus muertos, 
a través de un cristal inexorable...

Pero no había entre él y yo 
cristal alguno ni yo estaba muerta, 
sino gozosa de sentir su aliento, 
el aprendido musgo de su mano.
Y no entendía, porque me miraba 
con pañuelos de adioses contenidos, 
con anticipaciones de gusanos,
con ojos de remordimiento.

Se fueron ya. Tal vez vuelvan mañana.
Y tal vez a quedarse, como antes...
Si la ausencia va en serio, si no vienen
hasta mucho más tarde,
se me va a hacer muy largo este verano;
muy largo con la lluvia y los mosquitos
y el aguafuerte de sus días ácidos.
Pero por mucho que demoren,
para diciembre al fin regresarán,
porque la Nochebuena se pasa siempre en casa.

El que nació sin casa ha hecho que nosotras, 
las buenas casas de la tierra, 
tengamos nuestra noche de gloria en esa noche; 
la noche suya es, pues, la noche nuestra: 
nocturno de belenes y alfajores, 
villancico de anémonas, 
cantar de la inocencia 
recuperada...

De esperarla se alegra el corazón, 
y de esperar en ella lo que espera. 
De Nochebuenas creo 
que podría ensartarme yo un rosario 
como el de las abuelas 
reunidas al amor de mis veladas, 
y como ellas, repasar sus cuentas 
en estos días tristes, 
empezando por la primera 
en que jugaron los recién casados, 
que estrenaban el hueco de mis alas, 
a ser padres de todos los chiquillos
de los alrededores... 
¡Qué fiesta de patines y de aros, 
de pelotas azules y muñecas 
en cajas de cartón! 
¡Y qué luz en las caras mal lavadas 
de los chiquillos,
y en la de Él y la de Ella, adivinando, 
olfateando por el aire el suyo!

Cuenta por cuenta, llegaría 
sin darme cuenta a la del año 
1910, que fue muy triste, 
porque sobraban los juguetes 
y nos faltaba la pequeña... 
Asimismo: al revés de tantas veces, 
en que son los juguetes los que faltan; 
aunque en verdad los niños nunca sobren...

¡Pero vinieron otros niños luego!
Y los niños crecieron y trajeron 
más niños... Y la vida era así: un renuevo 
de vidas, una noria de ilusiones.
Y yo era el círculo en que se movía, 
el cauce de su cálido fluir, 
la orilla cierta de sus aguas.

Yo era... Pero yo soy todavía. 
En mi regazo caben siete hornadas 
más de hombres, siete cosechas, 
siete vendimias de sus inquietudes. 
Yo no me canso. Ellos sí se cansan. 
Yo soy toda a lo largo y a lo ancho.

Mi vida entera puede pasar por el rosario, 
pues aunque ha sido ciertamente 
una vida muy larga, 
me fue dado vivirla sin premuras, 
hacerla fina como un hilo de agua...

Y llegaría así a la Nochebuena 
del año que pasó. No fue de las mejores. 
Tal vez el vino
se derramó en la mesa. O el salero...
Tal vez esta tristeza, que pronto habría de ser
el único sabor de mi sal y mi vino,
ya estaba en cada uno sin saberlo,
como en vientre de nube el agua por caer.

Ahora la tristeza es sólo mía, 
al modo de un amor 
que no se comparte con nadie. 
Si era lluvia, cayó sobre mis lomos; 
si era nube, prendida está a mis huesos. 
Y no es preciso repetirlo mucho: 
por más que no conozca todavía 
su nombre ni su rostro, 
es la cosa más mía que he tenido 
–yo que he tenido tanto–... La tristeza.

¿Y de qué hablaba aquí? Resbalo 
en mis propios recuerdos... La memoria 
empieza a diluirse en las cosas recientes, 
y recental reacio a hierba nueva, 
se me apega con gozo 
a las sabrosas ubres del pasado.

Pero de todos modos, 
he de decir en este alto 
que hago en el camino de mi sangre, 
que esto que estoy contando no es un cuento; 
es una historia limpia, que es mi historia; 
es una vida honrada que he vivido, 
un estilo que el mundo va perdiendo.

A perder y a ganar hecho está el mundo, 
y yo también cuando la vida quiera; 
pero lo que yo he sido, gane o pierda,
es la piedra lanzada por el aire,
que la misma mano que la
lanzó no alcanza a detenerla,
y sola ha de cortar el aire hasta que caiga.

Lo que yo he sido está en el aire, 
como vuelo de piedra, si no alcancé a paloma. 
En el aire, que siendo nada, 
es vida de los hombres; y también en la Epístola 
que puede desposarlos ante Dios, 
y me ofrece de espejo a la casada 
por mi clausura de ciprés y nardo.

La Casa, soy la Casa. 
Más que piedra y vallado, 
más que sombra y que tierra, 
más que techo y que muro, 
porque soy todo eso, y soy con alma.

Decir tanto no pueden ni los hombres 
flojos de cuerpo,
bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio
particular de su heredad...
Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.
Y, sin embargo, pienso ahora
que ella tal vez me vino de ellos mismos,
por haberme y vivirme tanto tiempo,
y por estar yo siempre tan cerca de sus almas.
Tal vez yo tenga un alma por contagio.

Y entonces, digo yo: ¿Será posible 
que no sientan los hombres el alma que me han 
dado?
¿Que no la reconozcan junto a ella, 
que no vuelvan el rostro si los llama, 
y siendo cosa suya les sea cosa ajena?

* * *
Amanecemos otra vez. 
Un día nuevo, que será 
igual que todos.
O no será, tal vez... La vida es siempre 
puerta cerrada tercamente 
a nuestra angustia.

Día nuevo. Hombres nuevos se me acercan. 
La calle tiene olor de madrugada, 
que es un olor antiguo de neblina, 
y mujeres colando café por las ventanas; 
un olor de humo fresco 
que viene de cocinas y de fábricas. 
Es un olor antiguo, y sin embargo, 
se me ha hecho de pronto duro, ajeno.

Súbitamente se ha esparcido por mi jardín, 
venida de no sé dónde, 
una extraña y espesa 
nube de hombres
Y todos burbujean como hormigas, 
y todos son como una sola mancha 
sobre el trémulo verde...

¿Qué quieren esos hombres con sus torsos 
desnudos
y sus picas en alto?
El más joven ya viene a mí...
Alcanzo a ver sus ojos azules e inocentes,
que así, de lejos, se me han parecido
a los de nuestra Ana María,
ya tan lejanamente muerta...

Y no sé por qué vuelvo a recordarla ahora. 
Bueno, será por esos ojos, 
que me miran más cerca ya, más fijos... 
Ojos de un hombre como los demás,
que, sin embargo, puede ser en cualquier instante 
el instrumento del destino.

Está ya frente a mí. 
Una canción le juega entre los labios; 
con el brazo velludo
enjúgase el sudor de la frente. Suspira... 
La mañana es tan dulce, 
el mundo todo tan hermoso, 
que quisiera decírselo a este hombre; 
decirle que un minuto se volviera 
a ver lo que no ve por estarme mirando. 
Pero no, no me mira ya tampoco. 
No mira nada, blande el hierro... 
¡Ay los ojos!...

He dormido y despierto... O no despierto 
y es todavía el sueño lacerante, 
la angustia sin orillas y la muerte a pedazos. 
He dormido y despiértome al revés,
del otro lado de la pesadilla, 
donde la pesadilla es ya inmutable, 
inconmovible realidad.

He dormido y despierto. ¿Quién despierta? 
Me siento despegada de mí misma, 
embebida por un 
espejo cóncavo y monstruoso. 
Me siento sin sentirme y sin saberme, 
entrañas removidas, desgonzado esqueleto, 
tundido el otro sueño que soñaba.

Algo hormiguea sobre mí, 
algo me duele terriblemente, 
y no sé dónde.
¿Qué buitres picotean mi cabeza? 
¿De qué fiera el colmillo que me clavan? 
¿Qué pez luna se hunde en mi costado?

¡Ahora es que trago la verdad de golpe! 
¡Son los hombres, los hombres, 
los que me hieren con sus armas! 
Los hombres de quienes fui madre 
sin ley de sangre, esposa sin hartura 
de carne, hermana sin hermanos, 
hija sin rebeldía.


Los hombres son y sólo ellos, 
los de mejor arcilla que la mía, 
cuya codicia pudo más 
que la necesidad de retenerme.
Y fui vendida al fin,
porque llegué a valer tanto en sus cuentas, 
que no valía nada en su ternura...
Y si no valgo en ella, nada valgo...
Y es hora de morir.




Dulce María Loynaz Muñoz (La Habana, 10 de diciembre de 1902 - La Habana, 27 de abril de 1997) es una escritora cubana, una de las principales figuras de la ´poesía cubana y universal. Mereció el premio Miguel de Cervantes en 1992.


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