Mirando en lo sembrado, por JUAN CARLOS RECIO

Cows in the Forest, 1938, Ivan Generalic.



Mirando en lo sembrado
A René Batista Moreno.
En el campo, viendo los sembrados y debajo del ateje con pose de ciudad, te sientes el extranjero que ha vuelto a su patria. En verdad cuando tú padre dice “dispués” es patria, cuando los perros se enamoran mientras velan el arroz, es patria; solo que has perdido el olor a ceniza de estos paisajes, y además de ser extranjero, tienen mayor provecho tus designios del futuro, tienes una mujer que no camina como si llevase aromas en las piernas, en fin, tienes ese olvido. Pero, has vuelto, porque entre una pausa y otra tu buena vida experimenta sus malos sacrilegios, porque te sabes sin memoria del sabor de agua de tinaja y aunque no sueñas con eso, estás claro, que tus primeras novias fueron aquellas garzas asomadas al pozo desde donde creíste entender el supuesto goce de sus cuerpos de sirena. Estás debajo del ateje, y no estás con la sombra del día, sino en la lejana ocasión de armar y desarmar los surcos que tu padre, con la complicidad y la luz, ha hecho para que puedas entenderlo. Él va a quedarse siempre en lo eterno, él, casi destruido en su vejez, moderno en su estatua, perenne bajo el sol y la luna, siendo su patria, te va esperar aun cuando ya sabe que no vuelves. Son caras las virtudes (si cotidiano y transparente, metido en la tierra bajo tus pasos, sin que nadie lo sepa) haces trascender aquellos cuarenta días con sus cuarenta noches, cuando formados los vestigios de tu casa o mejor tu patria, viste por primera vez como el viejo araba la tierra, mientras —y también ahora— cruzan por tu cara los ríos olvidados, la trampa de los peces, el monótono fluir de las arboledas. Vas a marcharte, pero debes entenderlo aunque lo olvides, no es la infancia, ni las garzas, ni tu viejo, ni los perros templándose lo que dejas, es un cuadro adonde tú , lo quieras o no, perteneces.
Cuando soplen las ramas del ateje y tu sombra no exista, aun así, tu padre te verá alzando la vara para enseñar a los bueyes. Llora, hazte un diluvio para lavar el abandono, muere. No creas que al marcharte te llevas contigo, para siempre, desde el oscuro fondo de algún río, te ladran los perros.


De  Sentado en el aire, ediciones Capiro, Santa Clara 2011.

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