El ángel negro taladra el muro, Margarita García Alonso

 El ángel negro taladra el muro

“¿Por qué es pesado tu vuelo,/por qué se atrasa?/-He pasado quince años/ hablando al muro/ y ese muro lo arrastro yo solo/ desde mi infierno/ para que ahora/ os lo diga todo…” WH.
  Vladimír Holan no tenía Dios,
pero creía en los milagros del encierro,
donde no compran no venden lengua
y la razón es una piedra resistente
al traspiés de las sombras.
En 1948 le prohibieron
-los comunistas le vetaron el verso-
y se encerró por Kampa,
en La gruta de las palabras
de las islas del río Moldava,
donde cada amanecer las brumas
abanican delirios.
En su casa de Praga.
echó cortinas y dormía de día,
vivía de noche.
De muro a muro el poema rebotaba
como una pelota de palabras
mal acentuadas,
junto a cacofonías del eco
que abruma si calla,
cuando calla
y el vacío se instala.
Acariciando el muro escribió
cinco novelas que luego destruyó,
diez libros de poemas de poca suerte,
y tradujo a Baudelaire, Rilke, Góngora.
Para Holan el reloj era escurridizo,
arena ahumada en el paladar,
rendija hiriente en el ojillo.
Como un Mozart alcohólico
prefería al fantasma de su madre
que le visitaba con el canto del gallo,
-jazmín y taza humeante de té,
espantando las trompetas
de la afamada coreografía mundana.
Nunca acudió a recoger premios,
recorrió todas las distancias de la vida
cuando tenía seis años
y caminaba cuatro kilómetros
- día a día aprendiendo
el nombre de las plantas-
               para estudiar latín
en un convento cercano a Podolí.
En 1980, cuando salió de su casa
con 75 años para morir en un hospital,
arrastraba cuatro paredes descorchadas.
En el lugar de la puerta,
Holan había abierto a cabezazos
un hueco tan inmenso que su cuerpo
sobrevolaba el horizonte
donde un pájaro en simple atuendo
graznaba, libre.

 Margarita García Alonso

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