VIRGINIA en Amarar



Hoy es el cumpleaños de Virginia Woolf, comparto un fragmento de mi novela AMARAR, donde hace una breve pero trastornadora entrada como personaje.

Se mece en el butacón. La cabeza en la bruma que le impide ver la gravedad del día. Meciéndose, y a la vez, parapetada en el borde del camino.
Marina Maud reposa las manos en el vientre; tiene las piernas fláccidas, los dedos se aferran a las usadas chancletas; la boca entreabierta y la mirada perdida. Parece una barcaza destruida y varada al capricho del temporal, en un río inundado de cañas bravas y líquenes, donde flotan renacuajos sobresaltados por la falta de aire.
El vértigo le impide levantarse. La columna vertebral cruje cuando reposa los ojos en las sabanas. Hace viento en el patio interior. Viento y ruido de viento exiliado y prisionero en la casa. Viento escapado de rendijas, zumbador. Entre las manos, unas pastillas.
Faltan escasos segundos para que arriben. De un golpe seco avala los calmantes. Es el comienzo de una noche cualquiera, de un dolor visceral en el bajo vientre. Espera que los calmantes le adentren a la habitación prohibida, donde dejó el vestido sin remiendos.
Escala una montaña de tiritas e hilos, hasta llegar a la niña delgaducha que borda, con ansiedad, el rostro de un ángel. Los hilos son finos, y cada vez que debe cambiarlos pierde tiempo en ensartar la aguja. Solo conoce el punto en cruz. Sobre los ojos ha colocado unos botones en carey, pero el resultado es feo.
“Recomienza”, ordena Maud, “deshace todo, no es la buena combinación”. La chiquilla mira de reojo, escupe y se marcha maldiciendo: “no es mi problema, hazte como puedas, no voy a pasarme las horas, tejiendo tu esperanza”.
Extenuada sale de la habitación, se enreda con las banderolas que se secan bajo la bombilla amarilla. Marina Maud cae sin fuerzas en el sillón, y dormita hasta que llega la destartalada ambulancia con los faros encendidos.
El primero en descender de la máquina, muy apurado, con gotas de sudor en el rostro, tiene bordado su nombre en la camisa, bajo la cruz roja: Auden. Con gestos precisos de médico, le toma el pulso, y la obliga a beber un vaso de agua.
–Huguito, ¿qué me cuentas, vienes en doctor o en poeta?
–Si me dices la frase para agradar a los guardianes, te saco del pantano.
–No tengo nada que opinar, me robaron el habla.
El hombre se limita a mirar el cuaderno que reposa en la mesa. Entreabre las páginas en blanco y afila la punta a lo que queda de dos lápices mordisqueados. Los deposita con cuidado y, toma la mano de una mujer muy delgada, empapada en sudor, quien coloca piedras en los bolsillos de la muchacha.
–Virginia, no lo hagas más –grita, mientras tira los seborucos a la puerta–. Abandona esa manía de detener el tiempo.
–Perro –responde la mujer, subiéndose al asiento de atrás del auto, que en breves segundos trota desaforado la escalinata de la Universidad de la Habana , y se pierde en los pasillos, dejando el fumadero y olor a quemado, bajo el ulular.
Hasta la caída de la tarde, Maud acaricia el cuaderno en blanco, los dedos no han perdido la ligereza frente al papel. Cada vez que ensaliva el índice pasa diez páginas vírgenes. Es un día parco, ningún otro amigo ha venido.
Recuerda cuando estaba rodeada de conocidos, como se sentaban a la mesa y tomaban té, mientras largas volutas de humo ascendían a la lámpara de la sala. Con las cucharitas hacían música en las tazas y botellas de vino, mientras contemplaban en una enorme pantalla de cine, la muerte del esquelético viejo de la barba rala, quien contrariado protestaba: “¿Quién se equivocó? ¿Quién es el responsable? ¿Quién? ”.
En la proyección, una dama se retiraba los guantes y, con una simple caricia, helaba la mirada del viejo que había defecado en la cama, y se consumía en la pestilente caca verdosa, pegajosa. La señora se dirigía luego a los ventanales, y hacía señas a la multitud, reunida en la avenida del Malecón, junto al mar.
La horda de tótems que ocupaba la pieza, recogía la mierda en frascos, jarras, cartones. Tenía el rostro y las manos sucias. Estaban apurados, el cadáver desahogaba medio siglo de constipación. El último fétido gas sonó como el cañonazo de la Cabaña y sumergió la pieza, desconcertando a los guardianes que se apresuraron a abrir ventanas y a huir por las escaleras de servicio.
El pedo se expandió como una nube narcótica sobre la Ciudad de la Habana. Denso y abrumador, inundó la isla, se incrustó en las fachadas, secó las plantas, desfalleció a las auras tiñosas. En la confusión, los más valerosos se arrojaban al agua, muchos tótems se tiraban pistoletazos en la cabeza y ciertas mujeres se desgreñaban.
Todo es confuso, impredecible. El aliento final del muerto anunciaba que al reinado de los Tótems le quedaba poco.
Con negligencia, algunos creyentes atrapaban el olor del pedo en botellitas que escondían con veneración en los bolsillos.
Maud lo imagina o así pasó. Un pequeño papel cae al suelo, pero no atina a recogerlo. En la pieza entran, salen hombres uniformados. Con los gestos precisos, de quienes no serán tocados, le abren la boca y le inyectan un líquido amargo en el paladar.
No sabe dónde se encuentra. La lluvia golpea las persianas. Ve rostros conocidos: su madre tiene los ojos verdes; el abuelo sonríe mientras anuda canastas con junquillos del río; la abuela afirma con la cabeza y teje, vestidos, manteles, pañuelos; su padre entra orgulloso con un pescado atado al flequillo del pantalón.
La bruma del pueblo de la colina, su pueblo acostado junto a la bahía de Matanzas, baja a su cabeza. Es de noche y nadie ha venido.
“Otro día más”, piensa, mientras la niña, posada en la puerta, murmura: –nos han matado.





 La novela, la auto edité para Editions Hoy no he visto el paraiso, en el 2010 y puede adquirirse en BUBOK: "Amarar en el puerto donde nacen y mueren los manuscritos del encierro . Amarar junto a seres que han encontrado protección y consuelo en un muchacho clandestino, un ángel contemporáneo que decide bordear las costas de Europa y desamarrar en los puertos a quienes intentan llegar más lejos que su supuesta destinée. La novela de la errancia interior."


  Fue editada y corregida por Héctor García Quintero para la editora EL BARCO EBRIO, y puede adquirirse y leer fragmentos en ese link: Amarar / Desamarrar
Margarita García Alonso. Érase una vez un tiempo sin esperanzas. Un lugar donde sólo la poesía abría caminos en el monte. Un territorio donde el futuro es el perpetuo instante de un presente que no termina.
Dos vidas, Maud y Tamiz, que se encuentran más allá del tiempo, más allá de la geografía, más allá de la realidad o la fantasía, para compartir algo que se vive sólo en las grandes historias. Como dos mundos que colapsan como una fatalidad y se mantienen unidos por lazos que van más allá del simple azar.
Todos tenemos, como Maud y Tamiz, nuestros fantasmas, nuestros eternos conflictos que nos impiden soltar las libertades que nos hacen más felices; pero a la vez esos mismos fantasmas, bien sometidos, nos ayudan a vivir. 



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