samedi 3 juin 2017

Nurnberg Carnival Book. Schoenbartbuch. 1600.



....sucedió algo más que debo relatarles y que está vitalmente conectado con este descubrimiento. En las escuelas preparatorias no había libertad para elegir las asignaturas y, a no ser que un estudiante fuera muy competente en todas ellas, no podía aprobar. Me vi en este aprieto año tras año. Yo no sabía dibujar.

Mi facultad para imaginar cosas paralizaba todo don que yo pudiera tener en este sentido. He hecho algunos dibujos mecánicos, por supuesto; con tantos años de práctica uno necesita aprender a hacer bocetos, pero si dibujo durante media hora ya estoy rendido. Nunca aprobaba y sólo pasaba de curso gracias a la influencia de mi padre. Ahora que iba a ir a la escuela politécnica, podía elegir libremente las asignaturas y me propuse de mostrarles a mis padres de lo que era capaz.

El primer año en la escuela politécnica lo pasé de esta manera: me levantaba a las tres de la madrugada y trabajaba hasta las once de la noche, durante todo el año, sin exceptuar ni un solo día. Bueno, ya sabrán ustedes que si un hombre con un cerebro razonablemente saludable trabaja de ese modo, algo tiene que conseguir. Naturalmente, lo conseguí. En ese año aprobé nueve asignaturas y algunos de los profesores no se contentaron con darme la distinción más alta porque, decían, ésta no expresaba su idea de lo que yo había hecho, y aquí es donde llegamos al campo  rotatorio. Además de los habituales papeles de calificación me dieron algunos certificados que yo le llevé a mi padre, en la creencia de que había conseguido un gran triunfo. Pero él tomó los certificados y los tiró a la papelera, señalando con desdén: «Ya me sé yo cómo se consiguen estas referencias».

Eso casi mató mi ambición, pero más tarde, después de que mi padre hubiera muerto, me sentí mortificado cuando encontré un fajo de cartas, por las que pude ver que él y los profesores habían mantenido una considerable correspondencia sobre mí. Éstos le habían escrito al efecto de indicarle que, a no ser que me sacara de la escuela, yo me mataría trabajando. Entonces entendí por qué había desdeñado mi éxito, que, según me habían dicho, había sido el mayor nunca conseguido en la institución; de hecho, los mejores estudiantes sólo aprobaban dos asignaturas por curso.

Mis resultados del primer año ocasionaron que los profesores se interesaran mucho en mí y se encariñaron conmigo, especialmente tres de ellos: el profesor Rogner, que enseñaba Aritmética y Geometría; el profesor Alle, uno de los conferenciantes más brillantes y maravillosos que yo haya visto jamás y que estaba especializado en ecuaciones diferenciales —sobre las que había escrito un buen número de libros en alemán—; y el profesor Poeschl [4] , que era mi maestro en Física. Estos tres hombres estaban sencillamente enamorados de mí y me daban problemas para que los resolviera.

El profesor Poeschl era un hombre curioso. Nunca he visto unos pies semejantes en mi vida. Eran más o menos de este tamaño. (Lo indica). Sus manos eran como zarpas pero, cuando hacía un experimento, eran tan convincentes y el conjunto se llevaba a cabo con tanta belleza que uno nunca se daba cuenta de cómo lo había hecho. Todo era cuestión de método. Lo hacía todo con la precisión de un mecanismo de relojería y todo le salía bien.


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