samedi 3 décembre 2016

Antes no se paraban a pensar

Por 
Reynaldo Soto Hernández


Una de las peores consecuencias del paso de un tirano por un país es el daño que le hace a la psicología colectiva de la sociedad cuando logra convertirse en leyenda. Antes en Cuba, cuando algo estaba mal, la gente solía decir: "Esto pasa porque Fidel no lo sabe", ahora comenzarán a decir: "Si Fidel estuviera vivo...". 

Antes no se paraban a pensar en que ese hombre era la encarnación de la tiranía: su voz, su brazo ejecutor, su juez, todo, y que nadie se atrevía a mover un dedo si no lo ordenaba él, o si no estuviera convencido de que él lo aprobaría. Ahora no se detendrán a pensar que tuvo casi sesenta años para lograr que las cosas fueran diferentes y haberles dejado al menos el legado de una nación próspera, democrática, de la cual la gente no tuviera que escapar por falta de oportunidades o por causa de la opresión, y no lo hizo.

Ver a un mar de pueblo saliendo a las calles en la isla para despedir las cenizas de quien convirtió precisamente en cenizas el pasado, el presente y tal vez por todavía muchos años el futuro de la nación, como si se tratara de la marcha triunfal de un héroe victorioso, no puede menos que dejar una impresión de lástima, (que no ya de rabia o impotencia, porque el tiempo y la certeza de la mansedumbre cómplice de aquellos a quienes les sabemos razones para sublevarse, apacigua mucho las pasiones), en quienes lamentamos la profundidad con la que esa leyenda tan desvergonzadamente falsa caló en la conciencia pública de Cuba. 

No se detienen a pensar en que esos restos mortales transportados sobre un vehículo militar con la pompa que se le tributa a los generales victoriosos, transitan sobre una carretera de solamente dos vías, construida en los años veinte del pasado siglo, que 85 después de su inauguración en 1931, bajo el gobierno de Gerardo Machado, un presidente constitucional que también quiso devenir en dictador, y llena de huecos por todas partes, continúa siendo la principal vía de comunicación terrestre del país, debido a que el mal gobierno de ese hombre que hoy parece marchar hacia la inmortalidad por ella, no fue capaz siquiera de construir caminos que pusieran la tierra del país en el mapa del siglo veintiuno. 

No se detienen a reflexionar en que los despintados y polvorientos pueblos por los que atraviesan, llenos de vetustos edificios medio en ruinas o en ruinas, muchos de ellos construidos por la misma época que esa carretera, y apenas repintados alguna que otra vez en casi un siglo, son el abrumador ejemplo del fracaso del proyecto gubernamental del tirano cuyas cenizas viajan hoy por ella, quien dedicó casi toda su vida a prometerles un país mejor, manteniendo incumplida esa promesa por casi seis decenios.

No se detienen a mirarse a sí mismos; mal alimentados, mal vestidos, desprovistos de los más esenciales derechos de los que goza cualquier ciudadano en una democracia moderna, sin oportunidades en su propia tierra, con la desesperanza a flor de piel; echándose a la calle a venerar las cenizas del máximo responsable de que estén así.

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