Muere Margaret Hamilton
Muere Margaret Hamilton, la mujer que enseñó al ordenador del Apolo a no perder los nervios sobre la Luna
La informática estadounidense, que dirigió los programas de vuelo de las misiones lunares y popularizó el término “ingeniería de software”, ha fallecido a los 90 años
“No teníamos más remedio que ser pioneras; no había tiempo para ser principiantes”, dijo en una entrevista cuando se le preguntó sobre el papel de las primeras mujeres que trabajaron en la NASA. Hamilton fue inmortalizada en 1969 con la imagen que ilustra esta noticia. El pie de foto, según ella misma, dice: “Aquí se muestra a Margaret de pie junto a los listados del software desarrollado por ella y por el equipo que dirigía, el equipo de software de vuelo a bordo del LM [módulo lunar] y del CM [módulo de comando]”. En ese momento, su gran ventaja, como la de otras mujeres, fue trabajar en esas pilas y pilas de documentos que muchos hombres consideraban aburridos, pero que después inspiró las carreras de miles de ingenieras.
Hamilton nació en Paoli (Indiana) en 1936. Estudió Matemáticas, y en 1959 se mudó a Boston con su marido, que iba a estudiar Derecho. Su plan era hacer un posgrado en matemáticas abstractas, pero, mientras tanto, aceptó un trabajo temporal en el departamento de Meteorología del MIT, escribiendo programas de predicción del tiempo para Edward Lorenz. Aquel profesor acabaría siendo el padre de la teoría del caos y del célebre efecto mariposa, y ese trabajo alimentó algunas de sus publicaciones. La mujer que ayudó a llevar a la humanidad a la Luna aprendió a programar intentando adivinar si llovería en Massachusetts.
De ahí pasó, en 1961, al Laboratorio Lincoln, donde trabajó en SAGE, el primer sistema de defensa aérea de Estados Unidos, escribiendo código para un ordenador que rastreaba el cielo en busca de aviones enemigos. Y allí empezó a obsesionarse con algo que entonces apenas tenía nombre: la fiabilidad del software, es decir, hasta qué punto se podía dejar un proyecto serio en las manos de una máquina.
En 1965, cuando estaba a punto de retomar los estudios, su marido vio un anuncio en el periódico. El Laboratorio de Instrumentación del MIT, que había ganado el contrato de la NASA para el software de vuelo del Apolo, buscaba gente para “enviar al hombre a la Luna”. Hamilton se presentó y fue la primera programadora contratada para el proyecto, y también la primera mujer. Empezó con las misiones no tripuladas y acabó al frente del equipo que escribía el código de las tripuladas. En 1968 ya era subdirectora del equipo del módulo de mando y servicio, y más de 400 personas trabajaban en el software del Apolo. La mayoría tenía veintitantos años. Como nadie en la dirección entendía muy bien qué era aquello del software, ella les dejaba hacer. “Fuimos las personas más afortunadas del mundo”, recordaría en 2009.
Una de sus lecciones más importantes se la dio su hija. Lauren, de cuatro años. Solía acompañarla al laboratorio, y un día, jugando con el simulador del módulo de mando, activó en pleno vuelo un programa de prelanzamiento llamado P01. El simulador se colgó. Hamilton propuso blindar el sistema contra ese error, pero sus superiores lo descartaron: los astronautas estaban demasiado bien entrenados para cometer una torpeza propia de una niña. En diciembre de 1968, durante el Apolo 8, Jim Lovell lanzó por error el P01 en mitad del viaje y los datos de navegación se esfumaron. El equipo de Hamilton tuvo que arreglarlo desde tierra y, a partir de entonces, sus cambios se incorporaron al programa. Es uno de los primeros ejemplos de lo que hoy se llama programación defensiva: escribir código que da por hecho que alguien, algún día, va a pulsar el botón equivocado.
Esa filosofía es la que salvó el Apolo 11. El software estaba organizado por prioridades, capaz de apagar tareas secundarias para concentrarse en las críticas. Houston confió en él, y dos hombres pisaron la Luna. “Si el ordenador no hubiera reconocido este problema y tomado medidas de recuperación, dudo que el Apolo 11 hubiera sido el exitoso viaje a la Luna que fue”, dijo Hamilton más tarde.
La ingeniera también libró una batalla menos espectacular pero igual de duradera: la de que su oficio fuera tomado en serio. Empezó a hablar de “ingeniería de software” para equipararla a otras ingenierías, y durante mucho tiempo la expresión fue motivo de chanza entre sus colegas, como contó a EL PAÍS en una entrevista en 2017. Hoy es el nombre de una profesión que ejercen millones de personas, la mayoría de hombres, que son, básicamente, los dueños del mundo.
Tras el Apolo, el laboratorio se independizó del MIT con el nombre de Draper. Hamilton asesoró a la NASA durante un tiempo, y en 1976 fundó su primera empresa, Higher Order Software, basada en la prevención de errores. Diez años después creó Hamilton Technologies, en torno a un lenguaje propio para diseñar sistemas complejos, el Universal Systems Language.
El reconocimiento le llegó tarde y en avalancha. La NASA le concedió en 2003 su premio especial al logro en el espacio y Barack Obama le impuso en 2016 la Medalla Presidencial de la Libertad. Pero su consagración popular vino de una fotografía de 1969 en la que aparece, sonriente, junto a una pila de listados de código tan alta como ella. La imagen se hizo viral casi medio siglo después; en 2015 el código del Apolo se subió entero a GitHub y en 2017 Lego la convirtió en una de sus minifiguras de mujeres de la NASA.
Olivier de Weck, director interino del departamento de Aeronáutica y Astronáutica del MIT, resumió su carrera como una dedicación a evitar errores y a lo que ella llamaba “gestionar lo desconocido”. Le sobreviven su hija Lauren, la niña que bloqueó el simulador, dos nietos, cuatro bisnietos y tres hermanos.



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