Poemas de Margarita García Alonso, en la Revista AGONIA
Poemas de Margarita García Alonso, en la Revista AGONIA
Sin segundo aire
“decirle a alguien yo te amo,significa: tú no debes morir” Gabriel Marcel
En la isla donde crecen abandonos murió mi abuelo.
Cual caballo ciego en camino al matadero, mi piel frisona.
Doble cristales contra el ruido, el frío, el mundo
y los pájaros de este verano insoportable.
Cambié de ciudad, de apellidos y sigo
en el ala de un pájaro en derrumbe perpetúo
como lágrima en el zapato, resbaladiza hacia el asfalto.
He descubierto el antiguo continente,
bautizando calles despobladas de perros.
Mi cerebro canibaliza, golpea la alucinante fechoría:
he hecho un viaje a semejanza de mi desprecio.
Hubo un tiempo en que me aboné a la publicidad
para escapar del verso y su escoria monótona:
críticos chispeantes de realeza entrecruzaban bártulos,
ávidos de describir el duende, la frigidez de la coma,
olfateando estaciones, milagros y nacimientos donde no estuve
no estaré con mi cerámica en fragmentos, mi tartamudez, mi dejo
por caer, asimilarme, perderme en las derrotas.
Como quien conoce el final engaño a excesos miento
él que no sabía escribir ha muerto,
estrujo la sombra que pudo estar presente.
Mi microcosmos desorganizado ve al abuelo,
los ojos fijos en la pureza compartida, temporal niñez
de signos, carencias, dientes que comen ratones de la vida,
la que no quería me raspara y llego malsana
como enfermedad complaciente y lenta.
LENGUAS DE ARENQUE
El obstáculo es que pienso mi lengua
cuando me adentro al escarabajo
y trato de imponer ley a mi servicio doméstico.
Conquisto la cocina con arenques de tres noches
y hablo prosaicamente hablo análogamente
hablo de medio imperio como loca en situación.
Sin desatar ese maldito nudo en mis ojos,
sigo en un país extraño y próximo a las uñas del pie.
Tiembla el cristal en la ventana,
el vaho desfallece, y es mejor que verme.
La buena disposición me alimenta,
estoy febril con mi columna en la frontera.
Ni siquiera trato de humanarme en la ceremonia
del baño y el espejo. Nada de consentimientos:
rompo la marcha de ciega y escamo en las orillas.
Una desconcertante colección de amaestrados
me predica buenos modales, cierta escritura de sustento.
Pero soy la mancha de vomito del alcohólico
una pirámide cara al suelo.
Apenas gesticulo.
Delante del payaso que narra dogmas,
comienza el abismo.

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