Maferefun Yemaya. #cuba celebra
La madre de Shangó era Yemayá. La que lo crió, lo meció en sus brazos de ola y le cantó para que se durmiera. El muchacho, Shangó, era fuego vivo, un torrente de impulso y bravura, pero para ella, para su madre, solo tenía la mirada mansa y la adoración quieta.
Hasta que un día, Yemayá se fue. Se cansó del ruido de la tierra y se encerró en el silencio verde del mar. Se fue al fondo, donde la luz se vuelve sueño y el tiempo otro ritmo. Allá abajo, entre caracoles y corales, se puso a ordenar sus pensamientos, a barrer el fondo con su falda de espuma, lejos de todos, incluso de él, que la extrañaba con una furia callada.
Pero el mar, que es salado, se le metió también en el alma de nostalgia. Extrañaba el calor del sol en la piel, el olor a tierra mojada y, sobre todo, la risa de los suyos. Fue entonces cuando escuchó, lejos al principio, después más cerca, como si el sonido atravesara el agua: el golpe de los tambores. Kalenkén, kalenkén. Era el wemilere, la fiesta que la llamaba a bailar.
Se vistió con su azul más profundo, el que duele de tan bello, y subió.
En la tierra, la fiesta ardía. Y en el centro, Shangó, el rey, cantaba y sudaba y giraba con su hacha al hombro. Y entonces la vio. Una mujer que surgía de la noche, con un vestido que era pura agua y estrellas, riendo con una voz que le recordó a algo… a alguien. Pero el deseo le nubló la memoria. Cegado por su belleza, se le acercó. Le cantó, le mostró su fuerza, quiso seducirla.
Ella, que lo conocía como a nadie, sintió una punzada de ira disfrazada de dulzura. Con una voz de caracola, lo invitó a su casa, allá donde termina la arena.
—No sé nadar —confesó él, como un niño, en la orilla. —No temas—dijo ella, y su voz era la promesa de una caricia—. Conmigo estarás a salvo.
Y él, hechizado, siguió a aquel azul sobre la frágil embarcación.
Cuando ya no se veía la costa, Yemayá saltó. Y entonces el mar se volvió loco. El agua tranquila se convirtió en un remolino furioso que golpeó el bote y lo lanzó a las fauces saladas. Shangó, el poderoso, el dueño del rayo, luchaba pataleando, ahogándose en una fuerza mayor que la suya. Tragaba agua y suplicaba.
—¡Ayuda! ¡Por favor!
Ella emergió entonces, serena sobre la tormenta que ella misma había creado. No era la mujer de la fiesta. Era la Reina. Era la Madre.
—¡Ahora sabes quién soy! —le gritó, con el estruendo de todo el océano en la voz—. ¡Ahora me conoces! ¡Respétame!
Y en ese instante, entre toses y agua, él la reconoció. Vio en sus ojos la paciencia infinita, el amor antiguo y la autoridad de quien te mece y te ahoga. Pidió perdón, no como un dios a otro, sino como un hijo a su madre.
Satisfecha, Yemayá calmó las aguas y lo llevó de vuelta a la arena. Le había dado la lección que nunca olvidaría: que antes que el fuego, está la fuente. Que antes que el rey, está la madre.



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