lundi 3 juillet 2017

La niña que sabía demasiado

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Hace unos días una revista publicaba un perfil de la infanta Leonor, en la que se describían sus aficiones culturales. En un país como el nuestro, tan dado a la falta de civismo, al ruido, a la suciedad, al desprecio a la cultura, que se inciensan en difusa loa a la espontaneidad, el hecho de que una niña de 11 años declare su amor a la buena cultura no puede recibirse sino como provocación y con escándalo. Y, en efecto, automáticamente las redes sociales "ardieron" y la niña pasó a ser reina de los memes memos. La lección para nuestros hijos se dejaba bien clara: si te gusta leer cosas "demasiado" intelectuales en vez de dedicarte a las actividades silvestres propias de tu edad (odiar libros, amar los móviles, ir de compras, jugar a la play...), no solo eres una repelente niña repipi sino que mereces el acoso de todos.
Por supuesto, no es nada nuevo. En mis años de profesor -ay, ya muchos- he asistido ritualmente a la burla coral de la clase hacia el compañero que usaba una palabra de un registro un poco más alto del vulgar. Y en más de una ocasión he visto a alumnos ocultar sus lecturas con el mayor de los apuros con objeto de evitar burlas crueles.
Podría ser oportuno invocar a Schopenhauer (para quien este odio y rencor "resultan tanto más amargos cuanto que quien los siente no está autorizado a denunciar la causa que los origina e incluso la disimula ante sí mismo") o a Ortega, que habló del "odio a los mejores" y de la "indocilidad" ante la excelencia como un rasgo español heredado de aciagas circunstancias históricas. Sin embargo, para no apartarnos demasiado del asunto principal, nos centramos en la teoría de la ejemplaridad de Javier Gomá.
Gomá nos habla de cómo el ejemplo negativo nos tranquiliza: un programa de televisión colmado de zafiedades -y he aquí probablemente la razón de su éxito- nos reconcilia con nosotros mismos al mostrarnos que hay otros que aniquilan en sí más concienzudamente cualquier vestigio de magnanimidad o excelencia. Todo lo contrario ocurre con el ejemplo positivo, que nos enseña que la virtud es posible, y eso siempre resulta incómodo. A partir de él, nacen dos posibilidades: el reconocimiento (y con él, el seguimiento) o el repudio (que puede llegar al profundo odio).
Este eje de coordenadas nos ayuda a entender la respuesta virulenta que ha provocado una niña de 11 años que disfruta con Stevenson, Carroll, Tolkien, Dahl, Barrie, El viaje de Chihiro o las películas de Kurosawa. Llama la atención que, a excepción de Kurosawa, todos ellos son autores que pensaron sus obras para niños o, al menos, no descartaron tener lectores infantiles. Entender como "anti-natural" que un niño se interese por la alta literatura, muestra hasta qué punto se ha extraviado la comprensión acerca no solo de lo que es literatura sino, sobre todo, de lo que es un niño.
En lo que respecta a Kurosawa, no todas sus películas son complejas (no hay más que pensar en Los siete samuráis o Dersu Uzala) y, sobre todo, nunca hemos de olvidar que un niño no necesita entender todo para extraer provecho de una lectura o de la visión de una película. ¿No es acaso capaz de aprender un idioma únicamente a través de la inmersión, sin ninguna comprensión previa de la gramática? ¿Por qué no rodearle también de obras maestras para que, desde niño,le resulte familiar la atmósfera de las altas cumbres estéticas? Es muy sintomático de la sociedad en la que vivimos que no exista el menor pudor en vestir a una niña con ropajes sexuados y, sin embargo, suscite escándalo que lea literatura de calidad.
El ejemplo ejemplar de la infanta ha mostrado algo que, por lo general, no goza de popularidad entre los españoles: que es posible estar bien educado y tener sensibilidad literaria a pesar de ser niño. Por supuesto, el hecho de que la niña pertenezca a la familia real aporta para muchos un añadido de afectación y repudio. Somos un país que gusta del maniqueísmo, del pensamiento binario, de las banderías, con muy escasa propensión al diálogo (ay, esa Ilustración española que nunca fue). La monarquía representa, sin duda, un blanco fácil para cierta izquierda que gusta de la arenga y el esquema. No sé si puede justificarse democráticamente hoy día una monarquía, es posible que no (este artículo, en cualquier caso, no es una defensa de esta), pero estoy seguro de dos cosas:
1) Que el fundamento de la monarquía sólo puede ser pragmático, es decir, funcional, y se vertebra a partir del imperativo de ejemplaridad tal como lo formula Gomá: "que tu ejemplo produzca en los demás una influencia civilizadora".
2) Que una niña es una niña y merece la misma protección sean cuales sean sus padres.
Sin entrar en otras consideraciones, cumple reconocer que los padres están haciendo bien su labor. Y en esta hora en la que España se haya encallada en los particularismos y las rencillas, en la mala educación y la intransigencia, el mensaje de que buena literatura (alta cultura en general) e infancia (o juventud) no son irreconciliables supone un excelente paso adelante hacia el futuro habitable. Qué admirable sería -y qué improbable también- que nuestras críticas izquierdistas y anti-monárquicas fueran para reivindicar el mismo derecho de todos los niños a la infancia luminosa, a las palabras bellas, a las buenas historias, a ser visitados por los sueños...
Carlos Rodríguez Estacio es profesor de filosofía y coordinador general del sindicato de profesores PIENSA.

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