James Ensor. Self-Portrait with Masks. 1899.


James Ensor.

Self-Portrait with Masks. 1899.


[...] La vida, pensaba Michel, tenía que ser algo sencillo; algo que pudiera vivirse como un conjunto de pequeños ritos, indefinidamente repetidos. Ritos al fin y al cabo un poco estúpidos, pero en los que, en el fondo, se pudiera creer. Una vida sin apuestas y sin dramas. Pero la vida de los hombres no estaba organizada así. A veces salía, observaba a los adolescentes y los edificios. Una cosa era segura: nadie sabía ya cómo vivir.
Bueno, estaba exagerando: algunos parecían movilizados, como si los arrastrara una causa; su vida parecía cargada de sentido. Los militantes de Act Up, por ejemplo, creían importante que pusieran ciertos anuncios en la tele que otros consideraban pornográficos, en los que se veían diversas prácticas homosexuales filmadas en primer plano. Por lo general, su vida parecía agradable y activa, salpicada de acontecimientos variados. Tenían muchos amantes, se daban por el culo en los backrooms. A veces los preservativos resbalaban o se rompían. Entonces se morían de sida; pero también esa muerte tenía un sentido militante y digno.
Por otra parte la televisión, sobre todo el primer canal, daba una lección permanente de dignidad. De adolescente, Michel creía que el sufrimiento otorgaba al hombre una dignidad adicional. Ahora tenía que reconocer que estaba equivocado. Lo que otorgaba al hombre una dignidad adicional era la televisión. A pesar de la constante y pura alegría que le procuraba la televisión, le parecía justo salir. Además, tenía que hacer las compras. Sin referencias concretas el hombre se dispersa y no da de sí.
La mañana del 9 de julio (Santa Amandina) observó que ya habían puesto cuadernos, carpetas y carteras en los estantes del Monoprix. El lema publicitario de la operación, «Vuelta al colegio sin romperse la cabeza», sólo era, a sus ojos, convincente a medias. ¿Qué eran la enseñanza y el saber sino un interminable romperse la cabeza? Al día siguiente, encontró en el buzón el catálogo de otoño–invierno de Las Tres Suizas. El volumen, en cartoné, no llevaba dirección; ¿lo habría dejado un repartidor? Hacía mucho tiempo que era cliente y estaba acostumbrado a aquellas pequeñas atenciones, testimonios de fidelidad recíproca. Obviamente, la estación avanzaba, se preparaban las estrategias comerciales de otoño; sin embargo, el cielo seguía siendo espléndido, a fin de cuentas sólo estaban a comienzos de julio.
Cuando era más joven, Michel leyó distintas novelas sobre el tema del absurdo, de la desesperación existencial, de la inmóvil vacuidad de los días; esta literatura extremista no le había convencido del todo. En aquella época, veía a Bruno con frecuencia. Bruno soñaba con ser escritor; emborronaba páginas y se masturbaba mucho; le había descubierto a Beckett. Beckett era, probablemente, lo que se suele llamar un gran escritor: sin embargo, Michel no había podido acabar ninguno de sus libros. Era a finales de los años setenta; Bruno y él tenían veinte años y ya se sentían viejos. La cosa iba a seguir: se sentirían cada vez más viejos, y se avergonzarían de ello. Su época estaba a punto de lograr una transformación inaudita: ahogar el sentimiento trágico de la muerte en la sensación más general e insulsa del envejecimiento. [...]
M. Houellebecq

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