vendredi 9 juin 2017

ÉSTAS MIS FRONTERAS DE PÚAS / Adán Echeverría

ÉSTAS MIS FRONTERAS DE PÚAS / Adán Echeverría
CASI NUNCA PIERDO la calma. He vivido ensimismado por más de 20 años. Escribo y leo en mi cuarto y las publicaciones me permiten el dinero que paga la comida y los servicios necesarios. Por Internet envío mis columnas. Los periódicos y las revistas me depositan el pago por mi trabajo. Compro en línea y me traen a la puerta de la casa las cosas que requiero. Dejo pasar días sin que me bañe. A veces no me rasuro uno o dos años. Me quedo en pijamas si se me ocurre, y en muy contadas ocasiones recibo visitas, no tengo amistades porque no me gusta la compañía. Mis conversaciones, entrevistas y conferencias las dicto en línea, y he sido galardonado en innumerables ocasiones. Las únicas personas que entran a mi hogar son prostitutas. Es triste en lo que se han convertido. No hablo con ellas. El dinero por su servicio lo pago a su agencia vía depósitos en línea.

Por ello, la noche que aquel niño golpeó a la puerta, mi ser huraño tuvo una sacudida innoble para alguien de mi talante. No sé si fueron sus rizos, sus ojos de caracol, su voz aflautada y llena de confianza, o quizá su olor, los que me hicieron jalarlo hacia dentro. Me percaté que no hubiera alguien cuidándolo. Cuando comenzaron a buscarlo y tocaron a mi puerta, llamé a la policía, me puse en contacto con mi editor, y vinieron para proteger mi soledad, mi estilo de vida. Les permití revisar la casa. No hallaron indicio de que el niño hubiera pasado por acá. Lo había escondido tan bien.

Después me divertí experimentando con el pequeño. Cerré su boca con hule espuma y cinta canela. Pude observar y redactar páginas enteras al dejarlo morir de hambre durante semanas. Se llenaba de valor y corría por los cuartos e intentaba esconderse. Pero con las manos atadas a la espalda y la boca clausurada, desistía. Suplicaba lloroso y se aporreaba en el suelo pidiéndome de la comida que consumía frente a él. Sus ojos iban del terror a la locura de manera intermitente y desencajada. Fue maravilloso, no podía creerlo.

Han pasado más de cinco años. Jamás volvió a tocar otro niño la puerta, pero aun conservo la esperanza. El blanco luminoso de su osamenta sigue en mi memoria, y al recordar vuelven los olores de su cuerpo del que me deshice en aquellos bidones con ácido, que luego fui lanzando al excusado. Tuve que quemar incienso y rociar desodorante por los rincones para abatir los aromas. Quizá por eso comencé a fumar de nuevo. Espantoso hábito.

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