samedi 8 avril 2017

Héctor Miranda, el gran poeta trinitario, ha muerto.

Te regalo mis ojos,
Que ahora ven otras tardes,
Otras mañanas idas, otros oros dispersos.
Te regalo mis ojos que ahora ven tiernamente
Como el azul demora detrás de la ventana,
Mis ojos que ahora ven como se muere el viento.


HÉCTOR MIRANDA HA MUERTO
Por José Tadeo Tápanes Zerquera

Héctor Miranda, el gran poeta trinitario, ha muerto. Sus amigos más íntimos lo vimos abandonar lentamente el reino de los vivos. Siempre tuve la impresión de que él deseaba más la misteriosa vida de los muertos que la poco poética existencia terrenal . Acompaño estas palabras con la última foto que le hice. En cada una de mis visitas a la isla, le pedía que me dejara hacerle algunas fotos, y siempre se las hacía con la sensación de que aquellas instantáneas bien podrían ser las últimas. Esta sensación iba creciendo más y más en la misma medida en que su salud iba deteriorándose. Ahora ya es una certeza. He aquí la foto final. Su rostro arrugado, su cabello canoso y despeinado, su mirada perdida, sus ojos gastados por las muchas lecturas y la mala vida, apenas podían regalarle una visión nítida del mundo. Cuando estaba a su lado, casi me buscaba más por el sonido de mi voz que por su capacidad para distinguir mi silueta. 

Al mismo tiempo en que veía deteriorarse su cuerpo, también veía deteriorarse su casa. La última vez que estuve allí, ya ni siquiera me pude sentar porque todas las sillas estaban rotas. Sin embargo, en aquel lugar destartalado y sucio, me sentía en casa. 

Muchas personas cuando se sienten tristes y adoloridos, van a la Iglesia a consolarse contemplando la imagen adolorida del Cristo crucificado. Yo prefería ir a visitar a mi amigo Héctor Miranda. Héctor era mi Cristo crucificado. Ante sus penas y dolores las mías desaparecían en el acto. 

Héctor es, porque para mí nunca morirá, uno de los seres más mágicos que he conocido. Le gustaba la astrología y el Tarot. Siempre hablaba del paso del Planeta Marte por el signo zodiacal de Aries. Probablemente mostrara dicho aspecto en su carta natal, y seguramente le achacaba a tal tránsito planetario, su carácter rebelde y pendenciero. De hecho, escribió un poema que se llamaba así. Marte en Aries. Héctor Miranda decidió morirse un Martes bajo el signo de Aries. Él es así, original hasta para morirse. 

Había en él algo de niño grande, y eso era una de las cosas que más me gustaba de su personalidad. Éramos un par de curiosos amigos: yo no me daba un trago, y él necesitaba bebérselo todo. Sin embargo nuestra dispar posición ante el alcohol jamás nos distanció. Nos sentábamos a conversar durante horas y él acompañaba sus palabras de lo que fuera que estuviera bebiendo, casi siempre bebidas de las más baratas y nocivas, sus pastillas de parkisonil que unidas al alcohol lo hacían sentirse genial, y sus cigarrillos, los cuales muchas veces me tocó a mí mismo comprarle. 

Durante aquellos tiempos duros del Período Especial en que para fumar necesitaba recorrer la ciudad recogiendo cabos tirados por aquí y por allá, yo lo acompañaba en aquella singular recolección. Luego ponía la picadura en papel de fumar o en el papel que apareciera. Algún amigo escrupuloso me preguntaba qué hacía andando por la calle con una persona como él. Su apariencia era más bien la de un marginal. Lo veían a él tan poco formal, tan antisocial, y a mí tan en las antípodas, que no podían comprender que al final, debajo de nuestras pieles había un par de niños que se sentían felices de compartir la mutua complicidad y la mutua compañía. 

Durante sus últimos años de vida, mi residencia en España nos distanció físicamente, pero no en el corazón. Siempre traté de estar pendiente de él aun en la distancia, y me convertí en una suerte de Papá Noel que regresaba a Cuba dispuesto a hacerlo feliz y a cumplir todos sus deseos. Invitarlo a comer y a beber, y pasarme con él el día, era uno de mis rituales de vacaciones. 

Durante años fuimos íntimos amigos. Lo sabíamos casi todo del otro, y aunque siempre tuve la impresión de que él me resguardaba de su lado más siniestro, necesitaría mucho tiempo para contar todo lo que me viene a la mente cando pienso en él. Serían muchísimas las anécdotas. Pero siempre recuerdo el día que me dijo que a él lo perseguía una especie de maldición que lo hacía tener problemas todos los días de su cumpleaños. Yo le dije que eso no podía ser cierto, y que se lo iba a demostrar. Cuando llegó el día de su cumpleaños, me fui temprano para su casa y le dije que me iba a pasar todo el día con él. Me lo llevé de paseo, lo invité a comer y a beber todo lo que quiso. Conversamos muchísimo, como era nuestra costumbre y lo dejé en su casa ya por la noche, después de haberle preguntado mil veces si estaba siendo feliz en su día de cumpleaños. Él me decía que sí, que le había regalado un lindo día y que no se podía quejar de nada.

Pero al día siguiente, cuando Héctor salió a la calle a comprar un poco de café para desayunar, pasó la policía y le puso una multa por andar en la calle sin camisa. Y en cuanto me vio, me contó lo sucedido y me dijo: “Ya ves lo que yo te decía. Es la mala suerte del día de mi cumpleaños”.
La última vez que lo vi fue el día en que le compré un libro recopilatorio de su poesía. Puse un billete en sus manos, y tuve que decirle cuánto dinero era, porque él era incapaz de distinguirlo. Le pedí que me lo autografiara, y como en su casa no tenía bolígrafo, y yo no llevaba ninguno conmigo, nos fuimos hasta la tienda de víveres de la esquina de su casa y allí, sobre el mostrador, escribiendo con muchísima dificultad me dedicó sus últimas palabras: “A mi hermano Tadeo, que ves lejos. Siempre me has acompañado en estos tiempos procelosos. Dios nos bendiga”.

Héctor Miranda, hermano, te he buscado con mis cartas del Tarot en el mundo de los muertos, y te noto aún contrariado, parece que vivieras tu nueva vida como una más de tus muchas alucinaciones. Poco a poco irás comprendiendo mejor tu nuevo estado. Te he pedido que hables para mí como lo hacías en vida, como lo hacías siempre, y me has contado acerca de la infinita soledad que padeciste en los últimos tiempos, y me has dicho que lo que te ha pasado era lo mejor para ti. En todo caso, mi buen amigo, ya has comprobado que la muerte no es verdad y que seguirás viviendo dentro de mí y dentro de todos los que te quisimos de veras. 

Dentro de poco regresaré a Trinidad, y volveré a tu casa a prenderte allí una vela al tiempo que invoco tu presencia amiga, y a dejarte un vaso con ron, y a leerte mis últimos poemas. Sé que te lo pasarás bien, como en esas largas tardes de conversación y poesía y sé que allí te encontraré, porque aunque tu alma seguramente desee perderse en todos y cada uno de esos etéreos paraísos, sabrás venir a recibirme en medio de tu destartalada salita, y sé que allí sentiré tu abrazo de muerto amigo de versos y sombras, y sé que allí podré ver una vez más tu rostro de niño travieso dentro del vaso de agua que pondré en el improvisado altar, y te veré jugar con la llama de la vela que esta vez arderá por ti, y por la suerte de nuestra amistad eterna.




ÚLTIMA REFLEXIÓN EN LA COLINA 

He esperado por Dios sentado en el camino, 
le veo andar de noche por la playa, 
perseguido por todas las nostalgias del mundo. 
He llorado y no sé si las lágrimas puedan 
contener el azul que siempre nos devora.
He esperado por él sentado en la ventana
y es su ruido de amor apenas lo que llega
como un sordo latido de corazón cansado, 
algún color sin nombre, un rumor sin fronteras. 
Como un árbol que crece, patria donde los vuelos, 
aire de tren lejano en aldeas de sueño. 
He llorado por ti, que no alcanzas a verme, 
que no puedes tocarme, perdida en la engañosa 
lucidez de tus gestos, extraviada en la simple 
suerte de los mortales. 
Alguien abre la luz que da al mar y la vida 
es un hombre sin manos que acuna su esperanza, 
es el que estuvo siempre en el mejor intento, 
en el roce más hondo, 
y todo era cristal cuando debió ser sombra, 
y su boca de amante ordenaba el crepúsculo 
para que no perdiéramos 
el precario equilibrio de nuestras oraciones, 
para que no apostáramos a la muerte 
del hombre que creyó en el amor, 
y nunca más volvió, borrados los caminos.
En mi bolsa me quedan sólo cuatro canciones,
No le temo al silencio ni a las olas del sueño,
en mi sombra descubro la luz de otros paisajes,
las colinas lejanas de mi primera muerte,
en mi torre de huesos no me tocan las aguas,
ese río soy yo y navego conmigo.
No me llames, no intentes conjurar mi saliva,
soy una flecha rota dibujada en la piedra,
un hombre en la colina.
La vejez de mis ojos pesa en todas mis horas,
La espuma me persigue y yo no doy contigo,
tan inmensa es la dicha.
Cuando voy a los puertos los barcos cantan solos,
se quejan por sus viejas heridas de salitre.
Yo me parezco a ti de tanto que he nacido
de tanto que he partido en busca de los hombres,
pero los hombres nunca están donde los mapas,
hacen tenues dibujos de los ríos en la niebla,
soy un hombre sin rostro que no encuentra palabras,
confundo las canciones que descifran la vida.
Ahora parten de mí los ojos que no tuve,
camino por el bosque, pero nadie me ve,
no estoy en las baladas ni en pálidas muchachas,
no tengo minerales, ni duendes, ni escondrijos,
un hombre nada más, que camina en el bosque,
una suma pequeña de hambre y desaliento,
y yo no doy contigo perdido en esta historia,
y yo no doy contigo mientras salmodio en el frío.
La colina es eterna: tú y yo, sólo pretextos,
Su amor es como un río cálido que nos mira,
Va alisando los pliegues, las roturas, el miedo,
Nos eleva a su rostro como una madre tierna.
Callado y sonriente, la savia de los días le salpica los árboles,
Árboles detenidos en alguna palabra,
un gesto, algún aroma que ahora no recordamos
porque el tiempo no importa.
No importa, ni me invento esta historia de amor.
Yo hice posible un puente, una verdad, una estrella
Yo no sé si mi oficio fue andar a la deriva,
Cantar o ser feliz de algún modo terrible,
Apenas he aprendido a no extraviar mi nombre,
A exigir mi porción de odio o benevolencia,
ya no sé si mi meta fue llegar a los dioses,
o encender una luz para que alguien tropiece
y se haga la sombra donde estaba prohibido.
Ya no sé nada y es como saberlo todo.
Tu sabor a paisaje aprieto entre los dedos,
como un ajo pequeño me ve desde la mano,
él permanece siempre detrás de mis palabras,
en él caen las estrellas que no tuve en mis sueños.
Estoy solo y callado como un pozo sediento,
estoy solo y callado viendo pasar las nubes,
por el mar de mis ojos pasan veleros rotos
a la luz, tengo frío.

Héctor Miranda Reguera.


Poemarios:
El tibio secreto de la palabra viento (1991) 
Manual de las brujas (1997) 
Última reflexión en la colina (1997) 
El pez en la colina (2001)

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