vendredi 21 avril 2017

Charo Guerra Ayala, en la infinita sucesión...

Gustave Moreau - Diomedes Devoured by Horses, 1866



JUEGOS

En la infinita sucesión
estaban escritos nuestros nombres,
junto a los nombres de la historia.
Hablo de todos,
humilde-grande en relación circunstancial.
Ramas genealógicas torcidas,
donde las verdades se mueven
en rangos descritos por los antiguos símbolos.

Imagino los ojos de K.
en el instante en que se despedía con horror,
mirando su caída:
la de un tiempo que sería para él
mil novecientos ochenta y cuatro.

Sus ojos en el pavimento,
visualizando el tránsito a la sustancia etérea,
líquidos, abiertos al vacío.

Pienso en lo que llamaron su elección,
entiendo el gesto,
la armonía del rostro cifrado en un linaje.

Mil novecientos ochenta y cuatro
como miles de años antes,
o el día de hoy y el de mañana.
Hemos estado aquí desde la creación del mundo.
Esa certeza llega ante las almas como K.
almas que marcan la fatalidad más que la suerte.

Es que acaba el espacio que ocupamos,
y la corteza temporal que nos visibiliza
desintegra, disuelve los contornos,
o apuramos el acto de la transfiguración,
y el resto de nosotros sigue vivo.
Vivo un poco más.

Supongo que alguien dobla las hojas
de un gran libro.
Ese alguien cada noche repasa las historias,
y ve cómo se cumplen los rigores de un oráculo
que consiste en darle cuerpo
a una materia breve a la que llaman hombre.


Sí. La existencia es eterna,
del mismo modo la soledad de quien lee ese Libro,
el libro donde estamos todos, sin jerarquías,
ni los rigores vanos de quiénes pueden
o no pueden,
acompañarnos a la mesa.



Sucede que se esconden las ramas,
a modo de árboles genealógicos
–las esconde alguien–
y los dibujos aparecen/desaparecen,
descritos por enigmas,

un lenguaje sencillo para cubrir el pasatiempo.





DUDAS

¿Cómo juzgar si el escribano sabe
que su palabra dice más,
si es él quien ejercita,
cada día, la profesión de transcribir?

¿Cómo saber si discrimina,
en favor de nosotros (por nosotros)
mientras esgrime el argumento de la duda?

Si la materia suya es el silencio,
¿de qué modo confiar en la pureza de tales traducciones?
¿Cómo saber si hay culpa en sus verdades tangenciales?
¿Qué calla-que nos dice?
¿Qué dice cuando calla?
¿Qué sabe exactamente de nosotros?
¿Y de él mismo?
Si es sólo un mediador
entre la libertad y la prudencia.






LA MANO
acariciando a la otra mano.
Detenida en el límite.
Avisada por sí misma.

La mano escudándose en la voz que sobreentiende.
Alianza de la voz que se distrae.
Conversaciones que fragmentan
la sustancia de dos cuerpos en apariencia íntegros.

¿Cuánto debe demorar la mano en otra mano,
sin que esta comience a sospechar de la textura que le entrega,
absorta en otra piel como en un acertijo?

Risa cómplice del mínimo delito.
Levísimo y vibrante roce que sobrepasa lo sensato.

Ataduras casuales,
amor táctil, improbable, irreal.
Sucesos inocentes de la proximidad.

Dato inútil (público) que nadie irá a reconstruir
más que las manos luego.
Vacías,
en el acto de repetir el gesto.

A solas.
Intenso sensual que multiplica
esos espacios fulgurantes,
inasibles en la sustancia de otro cuerpo.



Charito con su  hija María Lorente Guerra
María del Rosario
(Charo) Guerra Ayala
(Limonar, Matanzas, 13.03.1962)

Poeta, narradora y editora.

Licenciada en Periodismo, Facultad de Artes y Letras, Universidad de La Habana (1984).


retrato de familia, con su esposo el poeta Luis Lorente.

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