jeudi 23 mars 2017

Pobre de solemnidad

Hellmouth from an old German print reproduced by William Andrews, 1893



Por Reynaldo Soto Hernández


Pedro A. Assef,
uno de los mejores poetas de su generación en Cuba, fue la única persona que conozco personalmente, que vivió toda su vida como poeta, saltando una y otra vez interminable y consistentemente, la línea entre la pobreza y la miseria extrema. Nunca tuvo mucho más que lo necesario para alimentarse y vestirse, y en ciertas ocasiones prácticamente ni eso, por lo que tuvo que recurrir a la caridad pública, o a la calidad humana de los amigos que de verdad le querían. No muchos.

Decenas, miles de veces a lo largo de los últimos dos decenios regañamos por esta situación, pero nada cambió. Y así murió, pobre de solemnidad, con un billete de diez dólares en la ajada cartera y un billetito de un dólar, tal vez el de la buena suerte, bien doblado en el fondo de su bolsillo. Lo demás, que aún sigue en el depósito de un hogar para personas desamparadas en El paso, Texas; una pequeña mochila en la que guardaba su título de licenciado en filología por la Universidad Central de Las Villas, algunos manuscritos y otras pequeñas cosas de uso cotidiano. Tal vez no necesitaba nada más. Y ahora ni eso.

Pedro nunca aprendió a vivir en los Estados Unidos, esta sociedad a la que él consideraba la mejor del mundo, pero "demasiado materializada", siempre fue un monstruo peligroso y extraño para él, que algún día terminaría engulléndole. Pero de todos modos no creo que Pedro hubiera aprendido a vivir en ninguna otra sociedad. Tenía todo su corazón puesto en lo etéreo, en lo que escapa y sube como el humo, y eso no ayuda mucho a sobrevivir en este mundo.

Hace muchos años, cuando convivíamos en una pequeña casa en un pueblecito de campo de Carolina del Norte, un día Pedro, quien era muy observador de las pequeñas cosas, se dio cuenta de que cada vez que yo salía de la casa, lo primero que metía en el auto era un portafolios viejo lleno de papeles, en el que guardaba todos mis escritos y me preguntó: ¿por qué lo haces, tienes miedo de que se vaya a quemar la casa? , -no, -le contesté- es que quiero que si tengo un accidente y esta mierda de carro se quema, mis poemas se vayan conmigo-. Entonces dio un paso adelante y con lágrimas en los ojos me abrazó emocionado,  -cuando tenga mi carro yo también voy a hacer lo mismo- dijo.

Entonces hacía muy poco tiempo que ambos habíamos llegado de Cuba, donde la poesía era prácticamente lo único posible como propiedad. Claro que yo ya no pienso así, ahora lo primero que meto en el auto es mi pistola Smith and Wesson de ocho balas, junto con mi perfume favorito, y un teléfono celular sin el cual no me atrevo a dar ni un paso. Pero para Pedro las cosas nunca cambiaron y allí en su pequeña mochila de homeless, que es como le dicen en Estados Unidos a los indigentes, están sus versos. Habría que ver a quién de los dos se tragó con más avidez el monstruo.

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