dimanche 22 janvier 2017

protestar sin miedo

Jacques Gautier-D’Agoty, Anatomie de la Tête, 1748


Por Joaquín Gálvez


Hace alrededor de una semana una persona me invitó a participar en una protesta, cuya causa principal es la elección de un presidente: Donald Trump. Según el que convoca y sus más cercanos colaboradores, Trump se perfila como un potencial dictador-incluso totalitario-, un supremacista blanco que violará los derechos humanos y civiles. Es decir, que derogará enmiendas y leyes que protegen dichos derechos, ursurpará los otros dos poderes importantes que rigen esta nación, el legislativo y el judicial- y, claro está, también controlará y erradicará las libertades del cuarto poder (la prensa) y hasta el ejercito lo apoyará para que el poder ejecutivo sea el único poder. ¿Por qué me negué a participar en esta protesta? No voté por Trump, no lo consideraba un candidato políticamente capacitado para gobernar este país, ni tampoco me agradan sus ademanes autoritarios y su discurso, en ocasiones desatinado, que tiende a fomentar divisiones y sentimientos xenofóbicos y raciales; pero hubo todo un proceso para que el electorado decidiera cual era el candidato por el que debía votar. Trump, aunque ganó por el voto electoral, tal como lo establece la constitución de este país, fue el candidato ganador y, por tanto, debemos respetar la decisión de ese electorado. Oponerse a este derecho constitucional y protestar para que Trump renuncie como presidente electo de Estados Unidos , aun en nombre del amor, la paz y los derechos humanos, es protestar contra un derecho ciudadano dentro de un proceso democratico e ir en contra de la naturaleza de la misma democracia y lo que estipula su constitución. Adoptar una pocisión maniquea para atacar y tildar de desvergonzadas a aquellas personas que ejercieron su derecho al voto y prefirieron elegir a Trump porque lo consideraron el candidato que debía liderar esta nación, además de faltarles el respeto por ejercer su derecho ciudadano, representa también un acto antidemocrático, una exhortación a una violación de un derecho legal y humano. Confiemos en la tradición democrática y en las instituciones de esta país antes de alarmarnos y asumir que un gobernante puede destruir las estructuras de poder que, basadas en el respeto a una constitución, han hecho que ningún presidente pueda ostentar el poder absoluto ni mucho menos convertirse en dictador vitalicio desde 1776. El hecho de que se pueda protestar sin miedo hasta para pedir la renuncia de un presidente electo democráticamente, aun cuando ya algunos lo consideran un dictador, nos da la medida de la fortaleza del sistema democrático norteamericano.

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