jeudi 21 novembre 2013

Maldicionario, de Margarita García Alonso en los ojos del ensayista Javier Guzmán Simón



Maldicionario cumple cuatro años , el poemario se encuentra a la venta  en BUBOK, LIBRERIAS DE ESPAña, y en AMAZON, fue presentado en Miami, dentro de la Primera Jornada de la literatura alternativa, organizada por Manny LOPEZ, en El Dorado.

PARA LOS QUE AUN NO LO POSEEN, AQUI TIENEN EL PDF

Lo celebro con la   Apología de Margarita García Alonso, escrita por el ensayista Javier Guzmán Simón ( PDF) que puede adquirirse en forma de libro.





Ilustrísimo Presidente D. Miguel de Cervantes e ilustrísimas señorías, próceres de esta República de las Letras: hablo en nombre de Margarita García Alonso, para muchos de nosotros simplemente la Marga.

Ya han escuchado el alegato conjunto de los que demandan la expulsión de Marga de esta única nación verdaderamente libre y verdaderamente justa. Y puesto que confío en las conciencias y honestidad de sus señorías, me dirijo a su absoluto sentido de la piedad, porque este alegato, esta envidia para con Marga se debe a la iniquidad y a la impiedad. Sí señorías no se me revolucionen, pues en silencio escuché su alegato. Como decía, la iniquidad y la impiedad de los ‘pagados de sí mismos’, de ‘los constructores del verso puro’, de ‘los mojigatos ganadores de rentas y premios de poesía’, de ‘puristas y decentes poetas’.

Gracias Señor Presidente por poner orden a este guirigay. No voy a hablar yo, no voy a defender a Marga, lo va a hacer ella a través de sus versos, sólo pido que escuchen su voz y dictaminen en justicia y piedad lo que más oportuno crean, puesto que los cargos del anterior alegato se hayan manipulados y no entienden el corazón que palpita tras sus versos, yo sólo quiero que lo escuchen.

 Lo primero de que acusan a Marga es de no hacer poesía, ¡Maldita sea mi estampa! Que venga Eratw y nos diga qué es poesía lírica, sino la expresión músico-poética de un corazón. ¿Acaso va la musa midiendo versos para ver si encajan es sus estúpidos endecasílabos, si es soneto o ‘sonite’?

 No sean tan hipócritas: cuando Boscán yGarcilaso introdujeron el soneto en España eran unos italianizantes; cuando Lope de Vega rompió la comedia clásica, ¿no era un iconoclasta de la perfección clásica?; cuando Leandro Fernández de Moratín la volvió a instaurar ¿no era un afrancesado? No estoy diciendo que la poesía de Marga vaya a quedar en nuestro Olimpo, pero que tiene todo el derecho a ser conciudadana nuestra, no me cabe la menor duda. ¿Qué no se ajusta a sus cánones? Claro que no, porque se hayan muertos y enterrados, y ya hieden. Pues ninguna buena poesía ha tenido cánones, sino que los ha construido.

Lo segundo de que la acusan es de no escribir con una intención de arte puro, el verso por el arte, hermanos de pluma, que levante la mano quien hace eso, pues ese sí debería ser exiliado. Escribimos porque existimos, existimos porque sufrimos, sufrimos porque vivimos y vivimos para escribir. Sí, Marga, como todos, conjura fantasmas con sus versos cual hechizos contra los malos espíritus, porque como a todos, nos duele existir.

También la acusan de romper el sujeto poético, ‘el vivir en los pronombres’ de Salinas, pero para qué queremos los pronombres si el amor y su poesía tienen uno muy claro: ‘yo y Aans’.

La llaman impúdica porque a cada verso se desnuda y se humilla hasta el pudor ajeno, ¿pero desde cuándo la vida o el amor ha sido algo limpio, que no manchara?, la vida es impura, impúdica e indecorosa. Estoy seguro que odiará que cite a uno de los próceres aquí presentes, pero la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero; dice el prócer Silvio Rodríguez: en su canto
Tocando fondo ‘si uno no se desnuda se transfigura en reto todo lo desnudable’
Coloreen Usías la verdad con la acuarela que quieran, siempre habrá un gris que les estropee el verso, pues la vida mancha, aunque mucho menos que su pureza putrefacta, blanqueada por fuera, con el sepulcro en forma de cruz, pero corrompida por dentro.

Estos son los cargos que refutaré si escuchan conmigo su  Maldicionario,
y dejan que les enseñe lo que yo veo, y cómo lo veo. Es muy posible que a los mojigatos ya les enfade su título, no les falta razón, pero se equivocan si creen que se trata de un eterno glosario para la maldición de Dios, se trata más bien del diario de aquella que se siente maldita, condenada a su sufrimiento, una mujer que ‘Nunca había gustado la frutilla que crece en los barrancos, antes de ver sus ojos’, está diciendo que hasta ahora no había sentido toda la desesperación que podía llevarla al suicidio, pero Usías, célebres próceres, no ven más allá de sus anteojos, ni entrelíneas podrían leer.

Cuando me violó el hombre sin rostro,
en horizontal posición cerraba mis ojos, tapaba mi boca
acompañaba la tarde con el chirrido de la sabana.
Yo menstruaba por el ojo de la desolación.
Mi padre tendido en la tarraya
alcanzaba incomprensibles mulatas y mi madre
había desaparecido al amanecer tras la puerta.
No necesito decir que me ha dolido y toqué madera. [...]
¿Imaginas como era de niña? [...]
Tú no tenías apuros en nacer, yo emborrachaba las neuronas,
te engendraba en l’eau froide, el agua fría.
Tenía que encontrarte, yo que no amé al santo,
al poeta, ni al peldaño
sufría la decadencia frente a un espejo,
que me mataras sustituía el suicidio de verme. [...]
había sexo, y silencios. [...]
Aclaraba “es un invento”,
lo creía preferible a no haberte encontrado. [...]
La sensualidad francesa me ha servido de estorbo,
empieza con ella la corrupción del estilo,
cierta frustración hambrienta de embestidas
en la isla sudorosa que grita endecasílabos
en asimétricas camas destartaladas, sabanas rotas,
esquinas oscuras, en caderas y falos
predestinados al paraíso. [...]
ofuscaba la cercanía. [...]
Observen, en Schiller soy cada vez más objeto,
cada vez más indigna. [...]
Quién no va a fumarse un cigarrillo con tanta pena.
Por virtud y gracia del hundimiento
alcanzo el extremo deterioro.
Extenuada defino que entré al mundo
para matarme en tránsito
de brazos que no cierran, de amantes que no tocan,
de labios contraídos, de bocas que combinan
frases purgatorias.
Tú no estás en la ausencia, en el pasado punteaba el lecho
de tupidos brebajes, soy la sobreviviente de químicas oscuras,
el estorbo, el aire de montaña que ahoga la ciudad
levemente drogada de fétidos paseantes.

Este es uno de los poemas que ofrecen los acusadores apoyando su argumentación. Dicen que su verso es lánguido y lacio, excesivamente intenso. Permítanme una pregunta ¿Desechan Usías la palabra de Dios porque es
intensa y complicada? Su verbo no es fácil, nunca lo será, porque nunca es fácil hablar de un dolor tan íntimo... ¡Señorías! ... y sí afirmo que sus versos tienen la
profundidad de la palabra de Dios... que quieren quemarme por hereje, háganlo, así confirmarán mis más terribles sospechas: que la república de las letras está
muerta.

Sus Señorías conocen perfectamente el sentido hebreo del concepto de palabra. La palabra es la esencia, es la promesa, es el conjuro; es el Golem,
la historia de un cabalista loco que consiguió dar vida introduciendo un
papel con las palabras de la vida en la boca de un ser de arcilla. La palabra obra como el rocío, cala aunque sea desdeñable, y si es de Dios se cumple, puesto que la palabra de Dios da la existencia y la quita. Esta es la razón de la profundidad de sus palabras, puesto que no parlotea como un loro, sino que habla de esencias metafísicas.

Ella le hace una pregunta a Aans: ‘¿Imaginas cómo era de niña?’. Y yo le puedo responder, que no hace falta que lo imagine, que la veo acurrucada y apocada tras sus versos, buscando unos brazos que cual  Deus ex machina  la
saquen del asustado escondrijo que tiene debajo de la cama. Como niña siempre anhela una realidad que nunca llega, la que hay se le queda pequeña, sabe a las colillas de un cenicero, es rancia y mohosa; y siempre espera un mañana soleado que nunca llega.

Dicen también que sus versos no son teatrales, en concreto un bufón ha dicho que tienen la teatralidad de una berenjena bailando guaguancó; señorías, no le pidan a Dios que baile  el vals de las esferas. Y por fin ‘los sonetistas de la cerrazón perfecta del poema’ la acusan de no acabar sus poemas. Señores, la poesía no está hecha para abundar en los mitos, sino para ahondar y hacer
sentir la interioridad que cada uno llevamos acuestas.

Escuchen a la maldita:

¿Hubo esterilidad, suicidios, hundimientos?
Alguien debe ser la causa de mis genes mal puestos.
El himen de mi madre fue arrasado
bajo el murmullo de comadrillas.
¿Es qué sangró por todas? [...]
¿Por qué sólo fueron setenta años de encuentro?
¿Qué leyó en la Torá el día de mi nacimiento?
Mi hija delicia con la uña, hinca mi ignorancia,
de sucesivas sé que es grave la tripa,
¿quién nos dejó escondites en las entrañas?
¿Quién me ha marcado este amor complejo,
estos desalientos?
Me encuentro impaciente de nominar culpables.
He sido penetrada por sucesivas enredaderas,
anduve sola traduciéndolas, traduciéndome
a una lengua extraña, incesantemente en dudas,
vaciando palabras, contando letras.

¿Acaso no lo ven? Al igual que el antiguo judaísmo entendía el mal físico, como una respuesta al pecado del impío; Marga les pregunta a sus ancestros qué atroz pecado cometieron para que se cebara en ella generación tras generación, hasta los hijos de los hijos de los hijos y sus tataranietos. Se siente inocente de pecado, y como aquel ciego que ante Cristo llevaran, pregunta: ‘tengo el alma deforme de nacimiento, ¿quién cometió el mal, yo o mis padres?’ Pero su mal no es físico, sino moral, si fuera impía aceptaría su castigo; mas su pecado es sólo haber nacido.

Huidas

“No me he hecho, me han hecho”. Goethe
Huí de la palabra que doma,
del frasco en que piensa la gente,
del murmullo que desmiembra
si mi nombre no parece
en la sección de conocidos locales,
autorizados o negados poetas que chocan dientes
en el interior de pequeños envases
donde depositan la herencia.
Huí del campo donde jamás asenté cabeza
en noche silenciosa, sin grillo, luna,
huí de donde perdí el gusto por la charla,
enfundada en botas de cuero rústico, enlodadas
por la marcha en el bosque, vi el reflejo
de todo lo que vendrá al humano.
Huí de mi
apego a rumiar pasiones despiadadas,
huí de mi madre que cuenta el pulso,
desde la sombra me retiene en muchacha.
Huí de mi hija, huí pavorosa arrastrando el mantel,
la alivié de mi inútil presencia con mi
carreta desvencijada por los viajes que no puedo hacer
a cierta isla, y los largos inviernos.
Huí de las cajas repletas de cartas,
veinte años de exilio en sobres amarillos,
sellos de mariposas de un país que encierra
al Hombre en un friso que nunca acaba.
Huí del indolente, del acuchillador
con la herida redonda del ombligo
la tripa colgando, enredándose en los caminos.
Huí del pasajero incierto que toma vino
en la despedida aclaré que no hago promesas.
Huí de mí que era la muerte y la escasez
de recursos.
No existe aún una sola razón para quedarme.

Y su huida es como la historia del hombre, como la historia de la metafísica, ir hollando caminos que violentan el cosmos, para huir de nosotros mismos.
Permítanme recordarles unas citas de Heidegger, que en Einführung in die Metaphysik 6 comenta el primer canto del coro de la Antígona de Sófocles7
como auxilio para comprender el fragmento de Parménides Nº 5: 'la
percepción y el ser son recíprocamente correspondientes' i en el que de alguna manera se halla implícito el Hombre y donde más explícitamente se entiende cómo es éste de quien se habla:

Muchas cosas son pavorosas; nada, sin embargo,
sobrepasa al hombre en pavor.
 Él que se pone en camino navegando
por encima de la espuma, de la marea,
en medio de la invernal tempestad del sur,
 y cruza las montañas de las abismales y enfurecidas olas,
él que fatiga el inalterable sosiego
de la más sublime de las diosas, la Tierra,
pues año tras año,
ayudado por el arado y sus caballos,
la rotura en una y otra dirección.
El hombre, caviloso, enreda la volátil bandada de pájaros
y caza los animales de la selva
y los que viven en el mar.
Con sus astucias doma al animal
que pernocta y anda por los montes.
Salta a la cerviz de las ásperas crines del corcel
y con el madero somete al yugo al toro jamás dominado.
El hombre también se acostumbró al son de la palabra
y a la omnicomprensión, rápida como el viento,
y también a la valentía
de reinar sobre las ciudades.

6 Heidegger, Einführung in die Metaphysik, Max Niemeyer, Tübingen, 1998.
7 EM p. 135.

Asimismo ha pensado cómo huir
y no exponerse a las flechas
del clima y a las inhóspitas heladas.
Por todas partes viaja sin cesar; 
desprovisto de experiencia
y sin salidas, llegó a la nada.
Un único embate: el de la muerte,
no lo puede impedir jamás por fuga alguna
aunque haya logrado esquivar con habilidad
la enfermedad cargada de miserias.
Ingenioso, por dominar la habilidad
en las técnicas más allá de lo esperado,
un día se deja llevar por el Mal,
otro día logra también empresas nobles.
Entre las normas terrenas y el
orden jurado por los dioses toma su camino.
Sobresale en su lugar y lo pierde
aquel que siempre considera el no-ser como ser
a favor de la audaz acción.
No se acerque a mi hogar en confianza
ni confunda su divagar con mi saber
quien cometa tales acciones.

El hombre es lo más pavoroso, es lo más terrible en el sentido de un imperar que somete, que produce pánico, angustia e intimida. En un segundo sentido es la violencia (Gewalt): El empleo de la violencia es un rasgo fundamental de su existencia. En el primer sentido antedicho, es el ente en su totalidad lo que impera  causando pavor. En el segundo sentido es la violencia delhombre la que causa pavor cuando permanece esencialmente en el ser. A causa de su quehacer, usa (y abusa) de su violencia contra lo que lo somete. Lo  Umheimlich
es lo que nos arranca de lo  heimlich , de lo habitual e inofensivo, esto es, de nuestra propia tierra. Aquí es donde reside el carácter de sometedor. Mas el hombre se pone en camino y transciende los límites en su vivir esencial en lo pavoroso. Por todas partes viaja sin cesar; desprovisto de experiencia y sin salidas. Aquí es donde se desenvuelve realmente su esencia, en que se abre camino siempre, en todos los dominios del ente, y por ello, por enfrentarse al imperar que somete, es arrojado de todos los caminos, llegando a su único puerto: la nada.

Upsipolis ápolis. La Polis es el lugar de lo político, de la historia, el lugar de la creación y la técnica; por ejercer esta violencia deviene en 'sin ciudad' ni lugar, sin salida, sin norma ni límite, sin construcción ni orden, porque en cuanto creadores han de fundar ellos en toda ocasión el lugar para su historia.

La transgresión y la rotura: el mar y la tierra, se atreve contra la furia de la tempestad e irrumpe violento con su azada en el indestructible imperar de la tierra. El lenguaje y las pasiones: sólo se someten al hombre en lo ajeno a su
esencia, haciéndole permanecer fuera de sí. Éste aceptó la fuerza sometedora, y mediante ella se encontró así mismo como transgresor. La violencia abre caminos, pero le porta a la in-esencia, que carece de salidas; sólo fracasa
ante la muerte. Todo esto no es más que la  Techné (Técnica) en el particular sentido que se le da como saber: esta actitud violenta, la fuerza sometedora por la sapiente conquista del ser.  Diké (justicia): entendido como ensamblaje y como disposición, esto es, lo que impone adaptarse y ajustarse, lo justo que ajusta, se adapta el imperar:

El que actúa con violencia, el creador, el que avanza hacia lo no-dicho, irrumpe en lo no-pensado; el que fuerza el acontecer de lo no sucedido, y hace aparecer lo no-visto, este autor de la acción violenta, siempre está expuesto al peligro. Al atreverse a sujetar el ser, tiene que correr el riesgo de los embates del no-ente, de las rupturas, de lo inconstante, de lo desajustado y de los desajustes.

Sé que odian profundamente la filosofía desde que un tal Platón nos borró de su censo, pero olvidan que los poetas éramos también para él seres divinos, y nuestras palabras, las palabras de Zeus. De vez en cuando no les vendría mal revisitar viejos pensadores para que su verso no quede yerto y aburra. Volvamos a esta maldita que sí los visita con frecuencia:


Katadesmoi (ataduras en griego)

No oigo la voz de Yahveh
a menos que se asemeje
al pecado de sus ojos
El cuchillo de Nikos Kawadies oculto,
si digo una sola palabra sensata
o aceptada por el verso
remodelo mi seno.
Sedición e indisciplina Aans.
En Grecia y Roma al cruzar las aceras
me ataban tablillas de plomo
estaba marcada al rojo ceniza de la tarde.
Frente al mar Egeo, me convertía en Areteo,
maldiciendo cualquier ruina.
Tú lo recuerdas, lo dije bajito cuando te asesiné.


¿No oyen en estos versos la universalidad de lo  humano? Para los de cultura ignota avisaré que las tablillas de plomo se usaban en Roma para los conjuros y
las maldiciones. Es la maldición de la fragilidad humana, la que sucumbe a cualquier mal, pues no tiene un lugar propio en el universo, ha de hacérselo; y Marga, como tantos otros, lo creó en torno a otras fragilidades como es amar al que del mismo barro ha sido hecho. Sometidos a toda minusvalía física, a todo mal moral, y al mal más radical: la muerte. Escuchen uno de sus mejores textos,
que dicho sea de paso no es poesía, sino prosa simbólica y poetizada:

El síndrome de Groenlandia
[...]
Miedo a escuchar, ahí va la loca. Miedo a los harapos, miedo a su miedo, a las miradas, a las palabras. Miedo a un poeta que le regaló su muerte.
Miedo al temblor anunciador del vértigo. A la ventana entreabierta y al sol desvergonzado acariciando sus hombros. A las aceras en sombra; a los pasantes que ríen despreocupados, cuando algo puede acecharles... a los relojes suizos; a los relojes eléctricos que parpadean cuando se va el flujo; a la televisión que adormece el tiempo, al canapé confortable con su lienzo mal acodado y sus tripas afuera, sangrando por las pezuñas de los gatos... a la frase común deshabitada; a la insinuación, al desvarío. Miedo de escuchar, escuchándose.
Al monólogo ignorante del susto. Al suicida que aplaza el día hasta que perfeccione al extremo el cierre de la cuerda. Miedo a la cuerda que amarra, a la metáfora de los lazos del zapato que le recuerdan las cárceles donde no son permitidos.
Miedo a las escupías que dan sed y deshidratan. Miedo al  vómito, a la sangre, al esperma, a la orina, a la mierda que conoce mejor que ella los conductos, recovecos, interacciones entre el exterior y ese interior decorticado por los médicos, y los aparatos de resonancia magnética. Esa inmensa mierda en forma de nostalgia y ausencia de los exiliados.
Miedo al ciclón, no por el destrozo, miedo a su ojo calmado que cubre como un techo la cabeza asustada. Miedo al después cuando se aglomera, se acelera el movimiento, a la reconstrucción.
Miedo a pasar por las aduanas donde extraños, desde  peceras, visualizan documentos de poca estima, de poca narración de causas. Miedo a esas puertas de aduana donde chillan las llaves de la casa que ha dejado atrás, a la que nunca
regresará; a los que dan la bienvenida al nuevo infierno.
Miedo al mediodía que se va rápido, al atraso, a preparar la cena para cuando lleguen los que incursionan entre inútiles recetas de dantescas oficinas.
Miedo al ruido de una palabra que condene, juzgue, que marca.
Miedo al dentista disfrazado de mudo, espejo en mano, atareado en desenmarañar de la úvula las palabras, la lengua ensalivada. Miedo al líquido mentolado que transforma el aliento en cachorrillo domesticado, mientras el médico exige cheque.
Miedo al beso que entrechoca los dientes, miedo a la mordida
que no sangra y envenena los labios. Miedo al tren expreso que
enfila por la mente y todo sea olvido, polvo de olvido, olvido de
muerte.
Miedo a la muerte por sorpresa, a que no sea atroz ni enigmática. Solo un sueño y desilusiones permanentes. Enorme miedo a padecer miedo, tanto agobio, incertidumbre vana. Tanto cuento, como si no supiéramos que basta dejarse ir,
dormir en el vientre de la madre, abandonarse al ruidoso, ambicioso, estremecido corazón que se va apagando hacia una noche silenciosa, infinita.
Miedo al día, nunca a la noche. Miedo al reflejo, nunca al puñal. Miedo de necesitar al otro. Miedo a ser otro y serlo e ir padeciendo la mediocridad como si fuese una fina espuela en la lucidez.
Miedo al comentario sobre el cáncer y no al humo que asciende, a la nicotina que amarillea el índice. Miedo a la escasez de tabaco en un día feriado, los estanquillos cerrados, el bolsillo vacío.
Miedo a la tinta que gotea de la pluma y traza dibujos y presagios en la carta temblorosa de las verdades. Miedo a borrar el olor del amante, de cada bandido que arrebata. Miedo a confesar públicamente la penetración osada de un dedo en cierta vagina hambrienta de golpes secos. Miedo al falo, casi temor a su ausencia y denunciar que es ignorante de las letras que acompañan los ovarios.
Miedo al café del alba, a las llamadas telefónicas, al conocido que pregunta ¿qué haces el sábado? para empantanarte durante horas con un sinnúmero de conflictos tribales de los que huyes a diario con una soledad importante.
Miedo a que se vea que tienes miedo o que tendrás en el minuto siguiente. Miedo al desespero, a la espera, a las filas de espera, a los grandes comercios. Miedo al fuego, al frío, a que se asemejen los sentidos y no sepas cuando duela.
Miedo a las luces blancas de los hospitales, sobre mercancía humana, bien empaquetada para los trepanadores de cráneo de todas las ideologías. Miedo a los aparcamientos subterráneos, al metro, a la caída en los rieles, al túnel que traga. Miedo a la cabeza que da vueltas. A las piernas que flaquean, a la flojera de la angustia, al mal de cabeza, a la orden, el autoritarismo, a la sed que se extiende en la garganta.
Miedo al oculista, al tocólogo y su dedo, a mojarse en la consulta del ginecólogo, a que se vea que vas a desmayar.
Miedo a las corridas de toro, a las cacerías donde corre la sangre. Miedo a los viajes, nunca ir, más bien a no querer regresar. Miedo a la emoción que mueve arrítmicamente el corazón y palidece, sin saber, si compartes cabina con un terrorista que saltará junto a la carga mortal.
Miedo a la vejez, a los pesados, a la carencia, a la letra recomendada, a la falta de papel, tabaco, filtro para hacer un cigarrillo donde chupar recuerdos.
Miedo a llamar a la madre y saber que ha muerto otro en la isla. Miedo a los mendigos que juzgan, a sus respiros que matan. Miedo a decir, a callar. A las buenas personas, a ser, no ser, a ganar, a perder. Un miedo totalizador que invalida.
Miedo a los amigos que se acercan y se pierden de forma violenta. Miedo al vientre que se infla de aire, de agua, de excesos, de grasa, de semen, de embarazos vitales.
Miedo a la pulsión de muerte en cada balcón de un cuarto piso, en cada andén...y caer en la vida. [...]

Más de alguno de ustedes recordará ese tono que hace alrededor de noventa años llenó la literatura y la cultura de locas quimeras, de miles de ‘manifiestos’ dadá y surrealistas. Este es el manifiesto que inaugura un milenio, el nuestro, el XXI. Al igual que los anteriores casi centenarios una palabra se repite incesante, antes era ‘aullido’ de libertad, de masacre, de sangre, de razón; el de nuestros tiempos tras el 11 de Septiembre y 11 de Marzo en Nueva York y Madrid, la palabra que se repite es ‘miedo’, al miedo, a la vida, a la posibilidad de la muerte. Una existencia que se puede resumir en ‘ temo,ergo sum’.

Lamismaletania

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rasadecirantesdeeliminareldestrozo,delimpiartodoloqueda,tanp
ocoes,yquedar,sinremedio,quedarsinelquesehaido,quedarenotr
apielvacia,secaporelamorquefuementira.lamismaletania.

Un miedo que ha paralizado las manos y farfulla de continuo, por si al callar dejara de ser el mundo. Es uno de esos que nos persigue como nos busca lo Santo, lo absolutamente otro, lo absolutamente desconocido.
Sólo como Dios es capaz de  acosarnos.

Acoso

Me han acosado mis padres, nunca conocieron mi pobreza,
me soñaron otro destino.
Me han acosado los amigos, juraban por la piedra
que iba arruinando con absoluta franqueza.
Me ha mal entendido mi hija que esperaba
verme en el palco aplaudiendo a quienes aplaudían.
Me ha soportado Aans, bautizando con quejas horas infinitas,
por mucho que él me amara yo envejecía.
Me he mal amado dando, dando consuelo,
desaparecería donde no pudiera hacerme caso.


Por desgracia sólo conozco a Marga por su verbo, ojalá algún día quiera Dios o la casualidad que nos crucemos y pueda abofetearme, cual Gilda indignada y satisfecha, por desnudarla un poco más de lo que ella ya lo hace en estos versos.
(Versión sin correcciones tipográficas, la web no las tiene en cuenta. Consultar el pdf original)



Semblanza de Javier Guzmán Simón
Nací en 1980, con la recién estrenada constitución española, de mi padre y de mi madre (o se creían que era extraterrestre, aunque algo de divino tengo...). Mi padre D. Antonio Guzmán Piñero, cirujano de profesión, procedente de Carmona. Mi madre Cristina Simón Moreno de Vega, enfermera, nacida en La Habana, de quien me viene la a-ficción y la sangre de Cuba, esa que se turba y se revoluciona con cada noticia de la isla, o la que pánfila descansa de tanto descanso.
Mi infancia son recuerdos de una calle sucia de Sevilla y un cielo lluvioso y torrencial. El 16 de Octubre de cada año muero un poco más además de hacerlo cada día. Mi infancia es algo que no quiero o no puedo recordar, sólo sé que de ella nació el ser mediocre que ahora escribe esto.
Estudié la primaria en el colegio San Antonio Mª Claret, del que salí más comunista que Stalin. Realicé el bachillerato en el instituto Fernando de Herrera, notas bajas para la rama de letras puras: Francés (que odio profundamente, aunque no menos que el inglés), latín,
griego, filosofía... Con 18 años me echaron al mundo, y no estaba preparado, así que ingresé en la facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla. En 2006 me fue concedida una beca Erasmus (u orgasmus como algunos la llaman) en Mainz, a 50 km de Frankfurt, en el  land  de
Rheinland Pfalz. Allí realicé estudios de alemán, Heidegger, Hume, Husserl y  tutti cuanti.
He de decir que con gran aprovechamiento y gran éxito académico.  Actualmente sigo en Sevilla estudiando Magisterio Musical. (Soltero y sin compromiso)