samedi 29 janvier 2011

un avion cargado de margaritas aterriza en normandia...





un avion cargado de margaritas aterriza en normandia...

par Felix Anesio

... acabo de aterrizar en el aeropuerto central de la normandia con bombos y platillos. bajo del avion y la veo alla, en la terraza, agitando sus manitas con panuelo blanco bordado y oloroso. ella rie, rie y rie, y yo emocionado ante ella me inclino y beso su mano. miro hacia atras, y con una senal casi imperceptible, del avion se bajan mis acompanantes, uno por uno: primero las damas: sonia siempre risuenia, ana con su elegancia, odette con su picara sonrisa, elena(s) cargada de poemas, ena y marta y sus camaras de maravillas, ivelisse toda ternura carga flores de su jardin privado, teresita aun con olor a taos, belkis con sus bendiciones junto a mamicarin, gema guitarra en mano, daina-maya-maria cristina-mariu-klaritza-elvira-deyanira-rox-kathy-azu-audry-sebastiana-vanessa-yosie y todas las damas de honor que son decenas...; luego los hombres: primero el mayito--hoy mas elegante que nunca, que ya es mucho decir--burris siempre comiendo, juan carlos reciamente acicalado, fuku diciendo alegremente todas las malas palabras de su extenso repertorio, wilfredo ensayando para una digna puesta en escena ante su majestad, jero siempre invictus discutiendo algun argumento serio con badajoz, pedrito con 12 sonetos dedicados a ella, ihos que dejo atras la nieve canadiense llevando los mangos de su mejor cosecha, gelico y su equipo, javier hablanando de escombros, manny, o manny!!, carlitos, rene, el lugareno joaquin, heriberto, manny delgadillo, etcetera, etcetera; ergo, los suenos se pueden hacer realidad ya que todo es posible para ella, todo es posible por ella... felicidades!!!



tienen alborotadas a todas las vacas de Eugène BOUDIN,he sacado cidra bruta del alambique y el pan de campagne aun esta caliente... arriba, amigos,este pais se encuentra en libros, ni siquiera existe, es una leyenda celta como su reina!!!!Sean bienvenidos.

besos

jeudi 27 janvier 2011

una fuente en honor a Whitman



Whitman
12 Styles
Drawing inspiration from W.A. Dwiggins and Eric Gill, book designer Kent Lew has treated classical design traits with a spartan finish to create award-winning Whitman, honored in 2002 by TDC. Even-tempered in text, stately and striking in display, it is refreshing in its simplicity — at once familiar and unique. Truly refined in concept, meticulous in detail, Whitman is a welcome addition to the palette of the discriminating typographer; FB 2003-08

festejos de cumple





cerrado hasta el martes por festejos de la reina que cumple años

mardi 25 janvier 2011

Mi hija Laura en France 5 TV


(captura de pantalla de Rox Ana).






PORTRAITS D'UN NOUVEAU MONDE - VIVRE ENSEMBLE - TOUR DE FRANCE(S)*

Apoyando sobre la pantalla del documental sale una lista de personajes y regiones, buscar Laura Pérez Garcia, en Le Havre.


OBRA DE LAURA
PROYECTOS DE ARTE Y TEXTOS
EXPOSITION DÉJÀ VU
ISLAND GALLERIE
LA COLONIE DU SEXTANT

Maud Gonne






20/12/1865 – 27/04/1953

Conversando con amigos mi incondicional amor hacia William Butler Yeats, el poeta José Manuel Poveda trajo a Maud Gonne, lo cual provocó el estremecimiento de la audiencia.

Hoy comparto datos de su vida.

Uno de los hechos que marcaron la vida y la obra del premio Nobel irlandés William Butler Yeats (1865-1939) fue su amor casi obsesivo por la actriz y activista política Maud Gonne (1866-1953), a la que conoció en 1889.

Arrastrado por ella, Yeats se vio envuelto en las protestas nacionalistas contra la ocupación británica de Irlanda. Sin embargo, Maud, pese a la admiración que sentía por los escritos de Yeats, nunca se enamoró del poeta y rechazó hasta en tres ocasiones sus propuestas de matrimonio. Finalmente, en 1903, ella se casó con otro hombre y parece que Yeats nunca pudo superarlo.




Llamada “la Juana de Arco irlandesa”, se negó a resignarse al papel que la sociedad de su época le imponía, y se introdujo en el duro mundo de la política para dejar su impronta en la historia de Irlanda.

Gonne nació en Aldershot, Inglaterra. Hija de un coronel del ejército británico descendiente de irlandeses adinerados y de madre inglesa. Al morir su madre en 1871, Maud fue a estudiar a París y regresó a Dublín en 1882 con su padre, quien murió en 1886, dejando a Maud en buena situación económica.

Al regresar a Francia para reponerse de una hemorragia tubercular, Maud se enamoró del periodista francés Lucien Millevoye, director de La Patrie. La pareja comenzó a trabajar por las causas nacionalistas de Irlanda y Francia.

El político irlandés Tim Harrington la envió a Donegal, donde se dedicó activamente a organizar protestas entre los residentes contra los desalojos en masa, y levantar fondos para la construcción de viviendas. Con su inminente arresto, en 1890, Maud escapó a Francia, donde tuvo un hijo de Millevoye y trabajó como redactora de la publicación mensual L’Irlande Libre.




En 1889, conoció al poeta William Butler Yeats, que viviría una gran pasión por Maud durante toda la vida, a pesar de que ella rechazara su propuesta de matrimonio en 1891. Además de escribirle innumerables poemas, bajo su influencia Yeats participó en el movimiento nacionalista irlandés. Gonne ayudó a Yeats en la fundación de la Sociedad Literaria Nacional de Londres en 1891. Trabajó incansablemente en la recaudación de fondos para el movimiento nacionalista.

Dejó a Milevoye y regresó a Irlanda, donde su nombre era bien conocido entre los nacionalistas.



En 1900 cofundó la sociedad revolucionaria de mujeres Hijas de Erin para la que escribiría numerosos artículos feministas y políticos. Al mismo tiempo que ayudó a Yeats a establecer en Dublín el Abbey Theatre, donde interpretó el papel principal de una de sus obras.

En 1903 se casó con el mayor John MacBride que había luchado junto a los Africaners en la Guerra de los Bóer. Aunque tuvieron un hijo, Seán, la unión no duró. Maud permaneció en París con su hijo. Allí continuó escribiendo artículos políticos y en 1910 ayudó a organizar un programa para alimentar a los pobres.

También trabajó con la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. Sólo regresaría a Irlanda en 1917, donde encontró gran agitación a raíz del Alzamiento de Pascua y la ejecución de sus líderes, incluso su ex marido John MacBride. Al año, Maud fue encarcelada durante seis meses en Londres por su participación en el movimiento contra la conscripción junto a Hanna Sheehy Skeffington, Kathleen Clarke, la condesa Markievicz y otras. Luego de su liberación, trabajó para la Cruz Blanca para auxiliar a las víctimas de la Guerra de Independencia.




Con la Guerra Civil Irlandesa, Maud fundó la Liga para la Defensa de las Mujeres Prisioneras para ayudar a las prisioneras republicanas y sus familias. En 1923, nuevamente fue encarcelada. Esta vez por el gobierno del Estado Libre Irlandés, pero sin que se le imputaran cargos. Junto con 91 mujeres, Gonne comenzó una huelga de hambre, gracias a la cual fue liberada a los 20 días. En 1938 publicó su autobiografía, A Servant of the Queen. Luego de su muerte, Gonne continuo influenciando a Irlanda a través de su hijo, Seán MacBride, quien luchó junto a los republicanos en la Guerra Civil, y continuó con la cruzada de su madre por el trato justo de los prisioneros, no sólo en Irlanda sino en todo el mundo. Seán fue uno de los fundadores de Amnistía Internacional. En 1974, Seán recibió en Premio Nobel de la Paz.

MacBride, con su hija Anna, su madre Maud Gonne y su esposa Kit (de izda. a dcha.).


W. B. Yeats & Maud Gonne


Seán MacBride (III). El defensor de los Derechos Humanos
Del IRA al Premio Nobel de la Paz

dimanche 23 janvier 2011

La costurera de Malasaña





He creado un nuevo estilo periodIstico: "Leer la noticia poeticamente", con La costurera de Malasaña, quien bien se esmera en cortar las noticias de prensa y zurcirlas como poemas.

Bien a ustedes

Vuestra reina.

La costurera de Malasaña

en enero del 2011

vendredi 21 janvier 2011

Escribe, escribe, que se va a vender más que El Código da Vinci


Algunos no me perdonan que yo quisiera a Borges

Escribe, escribe, que se va a vender más que El Código da Vinci

Dicen tantas cosas.
Demasiadas.
Hasta que yo comience.

Tiendo a cosas malsanas:
dos huevos pasados por agua,
El aleph.

Los "monstruos" son los escritores,
la memoria de un marido falsificado,
el legado.

Guante de seda en mano de hierro:
nunca nadie me vio comer con las manos.

Como una niña mala que no levanta la voz,
herida,
Algunos no me perdonan que quisiera a Borges.



Poema de la costurera de Malasaña

mardi 18 janvier 2011

desde Ontario , Amelia








Fotos de Roxana Naveas Mariño, conocida por Rox Ana.FOTOGRAFA cubana, residente en CANADA. Lee su hija Amelia Cuevas Naveas.


GARGANTA, libro para niños. en Editions Hoy no he visto el paraiso


Foto e hija Rox Ana

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Ignoria: Marguerite Yourcenar - El último amor del príncipe...





Ignoria: Marguerite Yourcenar - El último amor del príncipe...:

Cuando Genghi el Resplandeciente, el mayor seductor que jamás se vio en Asia, cumplió los cincuenta años, se dio cuenta de que era forzoso empezar a morir. Su segunda mujer, Murasaki, la princesa Violeta, a quien tanto había amado, pese a muchas infidelidades contradictorias, lo había precedido por el camino que lleva a uno de esos Paraísos adonde van los muertos que han adquirido algunos méritos en el transcurso de esta vida cambiante y difícil, Genghi se atormentaba por no poder recordar con exactitud su sonrisa, ni la mueca que hacía cuando lloraba. Su tercera esposa, la Princesa— del—Palacio—del—Oeste, lo había engañado con un pariente joven, al igual que él engañó a su padre, en los días de su juventud, con una emperatriz adolescente. Volvía a representarse la misma obra en el teátro del mundo, pera él sabía que esta vez sólo le tocaba hacer el papel de viejo, y prefería el de fantasma. Por eso distribuyó sus bienes, dio pensiones a sus servidores y se dispuso a terminar sus días en una ermita que había mandado construir en la ladera de la montaña. Atravesó la ciudad por última vez, seguido tan sólo por dos o tres adictos compañeras que no se resignaban a decirle adiós a su propia juventud. Pese a ser hora temprana, algunas mujeres pegaban el rostro contra los listones de las persianas. Comentaban en voz alta que Genghi era muy apuesto aún, lo que demostró una vez más al príncipe que ya era hora de marcharse.

Tardó tres días en llegar a la ermita situada en medio de un paisaje fragoso. La casita se erguía al pie de un arce centenario; como era otoño, las hojas de aquel hermoso árbol cubrían el techo de paja con techumbre de oro. La vida en aquellas soledades resultó ser más sencilla y más dura todavía de lo que había sido durante un largo exilio en el extranjero, que Genghi tuvo que soportar allá en su juventud tempestuosa, y aquel hombre refinado pudo gozar por fin a gusto del lujo supremo que consiste en prescindir de todo. Pronto se anunciaron los primeros fríos; las laderas de la montaña se cubrieron de nieve, como los amplios pliegues de esas vestiduras acolchadas que se llevan en el invierno, y la niebla terminó por ahogar al sol. Desde el alba al crepúsculo, a la débil luz de un escaso brasero, Genghi leía las Escrituras y encontraba un sabor a los versículos austeros del que carecían, según él, los patéticos versos de amor. Mas pronto advirtió que la vista se le debilitaba, como si todas las lágrimas vertidas por sus frágiles amantes le hubieran quemado los ojos, y se vio obligado a percatarse de que, para él, las tinieblas empezarían antes de que llegara la muerte. De cuando en cuando, un correo aterido de frío llegaba renqueando hasta él desde la capital, con los pies hinchados de cansancio y de sabañones, y le presentaba respetuosamente unos mensajes de parientes o de amigos que deseaban ir a visitarlo una vez más en este mundo, antes de que llegara la hora de los encuentros infinitos e inciertos en el otro. Pero Genghi temía inspirar a sus huéspedes respeto o compasión, dos sentimientos que le horrorizaban y a los que prefería el olvido. Movía tristemente la cabeza, y aquel príncipe —en otros tiempos famoso por su talento de poeta y de calígrafo— enviaba al mensajero con una hoja de papel en blanco. Poco a poco, las comunicaciones con la capital se fueron espaciando; el ciclo de las fiestas estacionales continuaba girando lejos del príncipe que antaño las dirigía con un movimiento de su abanico, y Genghi, abandonándose sin pudor a las tristezas de la soledad, empeoraba sin cesar la enfermedad de sus ojos, pues ya no le daba vergüenza llorar.

Dos de sus antiguas amantes le habían propuesto compartir con él su aislamiento lleno de recuerdos. Las cartas más tiernas provenían de la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen: era una antigua concubina de no muy alta cuna y de mediana belleza; había servido fielmente como dama de honor a las demás esposas de Genghi y, durante dieciocho añós, amó al príncipe sin cansarse jamás de sufrir. El le hacía visitas nocturnas de vez en cuando, y aquellos encuentros, aunque escasos como las estrellas en la noche de lluvia, habían bastado para iluminar la pobre vida de la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen. Al no hacerse ilusiones ni sobre su belleza, ni sobre su talento, ni sobre la nobleza de su linaje, sólo la Dama entre tantas amantes conservaba una dulce gratitud hacia Genghi, pues no le parecía natural que él la hubiera amado.
Como sus cartas permanecían sin respuesta, alquiló un modesto carruaje y subió a la cabaña del príncipe solitario. Empujó tímidamente la puerta, hecha de un entramado de ramas; se arrodilló con una humilde sonrisa, para disculparse por estar allí. Era la época en que Genghi aún reconocía el rostro de sus visitantes cuando se acercaban mucho. Le invadió una amarga rabia ante aquella mujer que despertaba en él los más punzantes recuerdos de los días muertos, menos a causa de su propia presencia que por su perfume, que todavía impregnaba sus mangas, perfume que habían llevado sus difuntas mujeres. Ella le suplicó tristemente que la dejara quedarse al menos como sirvienta. Implacable por primera vez, la echó de allí, mas ella había conservado algunos amigos entre los pocos ancianos que se encargaban del servicio del príncipe y éstos, en ocasiones, le comunicaban noticias suyas. Cruel a su vez contra su costumbre, vigilaba desde lejos cómo progresaba la ceguera de Genghi lo mismo que una mujer, impaciente por reunirse con su amante, espera que caiga por completo la noche.

Cuando supo que estaba casi del todo ciego, se despojó de sus vestiduras de ciudad y se puso un vestido corto y de tela basta, como los que llevan las jóvenes aldeanas; trenzó su pelo a la manera de las campesinas y cargó con un fardo de telas y cacharros de barro, como los que se venden en las ferias de los pueblos. Vestida de aquel modo tan ridículo, pidió que la llevaran al lugar donde vivía el exiliado voluntario, en compañía de los corzos y de los pavos reales del bosque; hizo a pie la última parte del trayecto, para que el barro y el cansancio le ayudaran a representar bien su papel. Las lluvias tempranas de primavera caían del cielo sobre la blanda tierra, ahogando las últimas luces del crepúsculo era la hora en que Genghi, envuelto en su estricto hábito de monje, se paseaba lentamente a lo largo del sendero del que sus viejos servidores habían apartado cuidadosamente el menor guijarro, para impedir que tropezara. Su rostro, como vacío, ausente, deslustrado por la proximidad de la vejez, parecía un espejo emplomado donde antaño se reflejó la belleza, y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen no necesitó fingir para ponerse a llorar.

Aquel rumor de sollozos femeninos hizo estremecerse a Genghi, quien se orientó lentamente hacia el lado de donde procedían aquellas lágrimas.

—¿Quién eres tú, mujer? —preguntó con inquietud.

—Soy Ukifine, la hija del granjero So—Hei —dijo la Dama sin olvidarse de adoptar un acento de pueblo—. Fui a la ciudad con mi madre, para comprar unas telas y unas cacerolas, pues me voy a casar para la próxima luna. Me he perdido por los senderos de la montaña, y lloro porque me dan miedo los jabalíes, los demonios, el deseo de los hombres y los fantasmas de los muertos.

—Estás empapada, jovencita —le dijo el príncipe poniéndole la mano en el hombro.

Y en efecto, estaba calada hasta los huesos. El contacto de aquella mano tan familiar la hizo estremecerse desde la punta de los cabellos hasta los dedos de sus pies descalzos, pero Genghi supuso que tiritaba de frío.

—Ven a mi cabaña —dijo el príncipe con voz prometedora—. Podrás calentarte en mi fuego, aunque hay en él menos carbón que cenizas. La Dama lo siguió, poniendo gran cuidado en imitar los andares torpes de las campesinas. Ambos se pusieron en cuclillas delante del fuego, que estaba casi apagado. Genghi tendía sus manos hacia el calor, pero la Dama disimulaba sus dedos, harto delicados para pertenecer a una muchacha del campo.

—Estoy ciego —suspiró Genghi al cabo de un instante—. Puedes quitarte sin ningún escrúpulo tus vestidos mojados, jovencita, calentarte desnuda delante de mi fuego.

La Dama se quitó dócilmente su traje de campesina. El fuego ponía un color rosado en su esbelto cuerpo, que parecía tallado en el más pálido ámbar. De repente, Genghi murmuró:

—Te he engañado, jovencita, pues aún no estoy completamente ciego. Te adivino a través de una neblina que quizá no sea sino el halo de tu propia belleza. Déjame poner la mano en tu brazo, que tiembla todavía.

Y así es como la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen volvió a ser amante del príncipe Genghi, a quien había amado humildemente durante más de dieciocho años. No se olvidó de imitar las lágrimas y las timideces de una doncella en su primer amor. Su cuerpo se conservaba asombrosamente joven, y la vista del príncipe era demasiado débil para distinguir sus canas.

Cuando acabaron de acariciarse, la Dama se arrodilló ante el príncipe y le dijo:

—Te he engañado, príncipe. Soy Ukifine, es verdad, la hija del granjero So—Hei, mas no me perdí en la montaña; la fama del príncipe Genghi se extendió hasta el pueblo y vine por mi propia voluntad, con el fin de descubrir el amor entre tus brazos. Genghi se levantó tambaleándose, como un pino que vacila, sometido a los embates del invierno y del viento. Exclamó con voz sibilante:

—¡Caiga la desgracia sobre ti, que me traes el recuerdo de mi primer enemigo, el apuesto principe de agudos ojos, cuya imagen me hace estar despierto todas las noches!... Vete...

Y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se alejó, arrepentida del error que acababa de cometer.

En las semanas que siguieron , Genghi permaneció solo, sufría mucho. Se percataba con desaliento de que aún se hallaba a la merced de las añagazas de este mundo y muy poco preparado para las renovaciones de la otra vida. La visita de la hija del granjero So—Hei había despertado en él la afición por las criaturas de estrechas muñecas, largos pechos cónicos y risa patética y dócil. Desde que se estaba quedando ciego, el sentido del tacto era su único medio de comunicación con la belleza del mundo, y los paisajes en donde había venido a refugiarse no le dispensaban ya ningún consuelo, pues el ruido de un arroyo es más monótono que la voz de una mujer, y las curvas de las colinas o los jirones de las nubes están hechos para los que ven, y además se hallan harto lejos de nosotros para dejarse acariciar.

Dos meses más tarde, la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen hizo una segunda tentativa. Esta vez se vistió y perfumó con cuidado, pero puso atención en que el corte de sus vestidos fuera algo raquítico y poco atrevido en su misma elegancia, y que el perfume, discreto pero banal, sugiriese la falta de imaginación de una joven que procede de una honorable familia de provincias, y que nunca vio la corte.

En aquella ocasión alquiló unos portadores y una silla imponente, aunque careciese de los últimos perfeccionamientos de las de la ciudad. Se las arregló para no llegar a los alrededores de la cabaña de Genghi hasta que no fuera noche cerrada. El verano se le había adelantado por la montaña. Genghi, sentado al pie del arce, oía cantar a los grillos. Se acercó a él ocultando a medias su rostro detrás de un abanico y murmuró confusa:

—Soy Chujo, la mujer de Sukazu, un noble de séptima fila de la provincia de Yamato. Me dirijo en peregrinación al templo de Isé, pero uno de mis porteadores acaba de torcerse el tobillo y no puedo continuar mi camino hasta que llegue la aurora. Indícame una cabaña donde yo pueda alojarme sin temor a las calumnias, para que mis siervos puedan descansar.

—Y dónde puede hallarse más resguardada una mujer de las calumnias que en casa de un anciano ciego? —dijo amargamente el príncipe—. Mi cabaña es demasiado pequeña para que quepan en ella tus servidores, pero pueden instalarse debajo de este árbol. Yo te cederé a ti el único colchón de mi refugio.

Se levantó a tientas para mostrarle el camino. Ni una vez había levantado la mirada hacia ella y por esta señal la Dama comprendió que se había quedado completamente ciego.

Cuando ella se hubo tendido en el colchón de hojas secas, Genghi volvió a ocupar melancólico su puesto en el umbral de la cabaña. Estaba triste y ni siquiera sabía si aquella mujer era hermosa. La noche era cálida y clara. La luna ponía su reflejo en el rostro alzado del ciego, que parecía esculpido en jade blanco. Al cabo de un buen rato, la Dama abandonó su rústico lecho y fue a sentarse a su vez a la puerta. Dijo con un suspiro:

—La noche es hermosa y no tengo sueño. Permíteme que cante una de las canciones que llenan mi corazón.

Y sin esperar la respuesta cantó una romanza que le gustaba mucho al príncipe, por haberla oído antaño muchas veces en labios de su mujer preferida, la princesa Violeta. Genghi, turbado, se acercó insensiblemente a la desconocida.

—¿De dónde vienes, mujer, que sabes unas canciones que gustaban en tiempos de mi juventud? Arpa donde florecen tonadas de otros tiempos, déjame pasear la mano por tus cuerdas.

Y le acarició los cabellos. Tras un instante, preguntó:

—¡Ay! ¿No es tu marido más joven y más apuesto que yo, muchacha del país de Yamato?

—Mi marido es menos guapo y parecemenos joven —respondió sencillamente la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen.

Y de este modo, la Dama fue, bajo un nuevo disfraz, la amante del príncipe Genghi, al que antaño había pertenecido. Por la mañana, le ayudó a preparar una papilla caliente y el príncipe Genghi le dijo: —Eres hábil y tierna, mujer, y no creo que ni siquiera el príncipe Genghi, que tan afortunado fue en amores, tuviera una amiga más dulce que tú.

—Nunca oí hablar del príncipe Genghi —dijo la Dama moviendo la cabeza.

—¿Cómo? —exclamó amargamente Grnghi—. ¿Tan pronto lo han olvidado? Y permaneció sombrío durante todo el día. La Dama comprendió entonces que acababa de equivocarse por segunda vez pero Genghi no habló de echarla y parecía feliz al escuchar el roce de su vestido de seda en la hierba.

Llegó el otoño, y convirtió a los árboles de la montaña en otras tantas hadas vestidas de púrpura y oro, aunque destinadas a morir en cuanto llegaran los primeros fríos. La Dama le describîa a Genghi todos aquellos pardos grises, castaños dorados, marrones malvas, poniendo gran cuidado en no hacer alusión a ello sino como por casualidad, y evitando siempre parecer que le ayudaba demasiado ostensiblemente. Sorprendía y encantaba a Genghi inventando ingeniosos collares de flores, platos refinados a fuerza de sencillez, letras nuevas adaptadas a viejas músicas conmovedoras y lastimeras. Ya había hecho alarde de estos mismos talentos en su pabellón de quinta concubina, en donde Genghi la visitaba antaño, pero éste, distraído por otros amores, no se había dado cuenta. A finales de otoño subieron las febres de los pantanos. Los insectos pululaban en el aire infectado, y cada vez que se respiraba era como si se bebiera un sorbo de agua en una fuente envenenada.

Genghi cayó enfermo y se acostó en su lecho de hojas muertas comprendiendo que no tornaría a levantarse. Se avergonzaba ante la Dama de su debilidad y de los humildes cuidados a los que la obligaba su enfermedad, mas aquel hombre, que durante toda su vida había buscado en cada experiencia lo que tenía a la vez de más insólito y de más desgarrador, no podía por menos de gozar con lo que aquella nueva y miserable intimidad añadía a las estrechas dulzuras del amor entre dos seres.

Una mañana en que la Dama le daba masaje en las piernas, Genghi se incorporó apoyándose en el codo y, buscando a tientas las manos de la Dama, murmuró:

—Mujer que cuidas al que va a morir, te he engañado. Soy el príncipe Genghi.

—Cuando vine hacia ti no era más que uná ignorante provinciana —dijo la Dama—, y no sabía quién era el príncipe Genghi. Ahora sé que ha sido el más hermoso y el más deseado de todos los hombres, pero tú no tienes necesidad de ser el príncipe Genghi para ser amado.

Genghi le dio las gracias con una sonrisa. Desde que callaban sus ojos, parecía como si su mirada se moviera en sus labios.

—Voy a morir —profirió trabajosamente—. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez. Queridos objetos, no tenéis por testigo sino a un ciego que muere... Otras mujeres florecerán, igual de sonrientes que aquellas que yo amé, mas su sonrisa será diferente, y el lunar que me apasiona se habrá desplazado en su mejilla de ámbar la distancia de un átomo. Otros corazones se romperán bajo el peso de un insoportable amor, mas sus lágrimas no serán nuestras lágrimas. Unas manos húmedas de deseo continuarán juntándose bajo los almendros en flor, pero la misma lluvia de pétalos nunca se deshoja dos veces sobre la misma ventura humana. ¡Ay! Me siento igual que un hombre arrastrado por una inundación y que quisiera hallar al menos un rinconcito de tierra seca donde depositar unas cuantas cartas amarillentas y algunos abanicos de marchitos colores... ¿Qué será de ti cuando yo ya no exista para enternecerme al recrearte, Recuerdo de la Princesa Azul, mi primera mujer, en cuyo amor no creí hasta el día siguiente a su muerte? ¿Y de ti, Recuerdo desolado de la Dama—del—pabellón—de—las—campanillas, que murió en mis brazos porque una rival celosa se había empeñado en ser la única en amarme? ¿Y de vosotros, Recuerdos insidiosos de mi hermosísima madrastra y de mi jovencísima esposa, que se encargaron de enseñarme alternativamente lo que se sufre siendo el cómplice o la víctima de una infidelidad? ¿Y de ti, Recuerdo sutil de la Dama Cigarra—del—jardín, que me esquivó por pudor, de suerte que tuve que consolarme con su joven hermano, cuyo rostro infantil reflejaba algunos rasgos de aquella tímida sonrisa de mujer? ¿Y de ti, querido Recuerdo de la Dama—de—la—larga—noche, que fue tan dulce y que consintió en ser la tercera tanto en mi casa como en mi corazón? ¿Y de ti, pequeño Recuerdo pastoral de la hija del granjero So—Hei, que no amaba de mí más que mi pasado? ¿Y de ti, sobre todo, Recuerdo delicioso de la pequeña Chujo que en estos momentos me da masaje en los pies, y que no tendrá tiempo de convertirse en recuerdo? Chujo, a quien yo hubiera deseado encontrar antes en mi vida, aunque también sea justo reservar alguna fruta para finales de otoño....

Embriagado de tristeza, dejó caer su cabeza en la dura almohada. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se inclinó sobre él y murmuró temblorosa:

—¿Y no había en tu palacio otra mujer, cuyo nombre no has pronunciado? ¿No era acaso dulce? ¿No se llamaba la Dama—del— pueblo—de—las—flores—que—caen? Ay, recuerda...
Pero las facciones del príncipe habían adquirido ya esa serenidad reservada tan sólo a los muertos. El fin de todos los dolores había borrado de su rostro toda huella de saciedad o de amargura, y parecía haberle persuadido de que aún tenía dieciocho años. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se echó al suelo gritando, olvidando todo recato. Las lágrimas, saladas, arrasaban sus mejillas como una lluvia de tormenta y sus cabellos arrancados volaban por el aire como borra de seda. El único nombre que Genghi había olvidado era precisamente el suyo.


En Cuentos orientales (1938)
Trad. Emma Calatayud

trámites





"Por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue hecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso (...) Os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere y no otra alguna, podais imprimir el dicho libro (...) So pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere: o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos de ella: y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere... Fecha en Valladolid a veinte y seis días del mes de Septiembre de mil seiscientos y cuatro años. Yo el Rey."

El adversario es otro

ilustración William Rios

lundi 17 janvier 2011

El Penthouse de Heriberto: MASACRE en Maquinílandia - SLAUGHTER in Dummieslan...





El Penthouse de Heriberto: MASACRE en Maquinílandia - SLAUGHTER in Dummieslan...: ".   <<“¡Mamá, ten cuidado NO TE MASACREN!” --dijo la hija, argentina, a su madre, también argentina, mientras subían al bus que..."

La uña de Albarrán: «¡Atrás, nada contra Cuba, nada contra los cubanos!».

Joaquín Albarrán

«Si los azares de la vida me han hecho adoptar por patria a la gran nación francesa, nunca olvido que soy cubano y siempre tenderán mis esfuerzos a hacerme digno de la patria en que nací».

Joaquín Albarrán nació en 1860 en  Sagua la Grande, en Las Villas, Cuba. Falleció con 51 años, víctima de la tuberculosis, el 17 de enero de 1912, en  Les Goelands, en el poblado marítimo de Arcachon, cerca de Burdeos, y fue enterrado en París.  En ese año era candidato al Nobel de Medicina.

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Albarrán dejó en Francia  cuatro hijos: Georgette (fallecida en Villefranche-sur-Mer) y Pierre, teórico  y campeón mundial de bridge,  y campeón de tennis en las Olimpiadas de 1920, ambos del matrimonio con Pauline Ferri; así como Raymond y Suzanne Albarrán Sanjurjo, de su  matrimonio con la cubana Carmen Sanjurjo Ramírez de Arellano.

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En 1872 , Albarrán,  con  nueve años de edad, quedó huérfano ( sus padre fue  el gaditano Pedro Albarrán de la Calle y  su madre la matancera Micaela Domínguez Lima),  y lo pusieron  al cuidado de su padrino, un cirujano español que lo inscribió en el colegio de los jesuitas de La Habana.
Joaquín Albarrán fue enviado a Barcelona, a los 12 años, donde se diplomó de  
bachiller, en 1877. En esa época recaudó fondos para la independencia de la isla, con la logia masónica a la que pertenecía. Con  17 años se doctoró en Madrid de Medicina, y luego se instaló  en París, ciudad en la que desarrolló  su profesión desde 1879 .
Se convirtió en histólogo . Tuvo como tutor al profesor Brissaud  y fue Louis Pasteur quien influyó en que se quedara en Francia, donde trabajó  interno como  ayudante de Jacques-Joseph Grancher, esposo de la  cubana Rosa Abreu, y del cirujano Ulysse Trélat;  y  aprendió con Félix Guyon, inventor del citoscopio, los secretos de la urología.
En 1892 le nombran profesor agregado del hospital Necker de París, donde Guyon era el director de la clínica de enfermedades de las vías urinarias hasta que en 1906, al retirarse, Albarrán le sucede convirtiéndose  en el profesor titular más joven de la Facultad de Medicina de la capital francesa.  Albarrán había escrito obras que son actualmente consideradas  como referencias:  El riñón de los urinarios ( tesis premiada de 1889), Los tumores de la vejiga (1892), Los tumores del riñón (1903) y Exploración de las funciones renales (1905), en la cual  expuso un  método innovador para el examen de las facultades renales . En total,  publicó unas 300 obras y artículos especializados en el tema mientras trabajaba  en importantes  hospitales parisinos:  el  Necker, el Cochin, La Salpetrière y el Hôtel Dieu. 
Entre sus invenciones se halla la  uña de Albarrán, complemento de los citoscopios que permitire el cateterismo individual de los uréteres mediante una sonda. También  diagnosticó  para  la litiasis renal las técnicas de la radiología,  introdujo la cirugía de la próstata en Francia y demostró la incidencia de la bacteria piógena -bacterium colli-en las infecciones urinarias.
 Le recompensaron varias veces con los premios Godard, Barbier y en tres ocasiones el Tremblay de la Academia de Medicina, y presidió el Congreso de Urología de 1912, en París. Algunas  pruebas relacionadas con los tratamientos preventivos de problemas renales llevan su nombre. La llamada ‘‘prueba o test de Albarrán’’ se utiliza desde entonces para detectar el nivel de pérdida de tejido renal mediante el volumen y la concentración de la orina evacuada. A la resección de la pelvis en dilatación se le conoce también como ‘‘operación de Albarrán’’, y a la presencia de hemorragia uretral como indicio de un cáncer pélvico renal “el signo de Albarrán”. El organismo humano adoptó también su ilustre apellido al bautizar con su nombre a las glándulas submucosas de la próstata.
En París, el pabellón de urología del hospital Cochin fue bautizado con su nombre y su busto precede la fachada. En  Perpiñán existe  la calle del Doctor Albarrán. En La Habana el hospital clínico quirúrgico de la avenida de Puentes Grandes y la calle 26, con vista a la Ciudad Deportiva,  lleva su nombre.



Joaquín Albarrán y Domínguez

otras fuentes

Visitó la Isla en dos ocasiones. Durante la primera, en 1885, cuando tenía 25 años de edad, recibió varios honores y discursos que personalidades de la época . En algún momento, sobrecogido por los elogios, expresó: «Las canas aplaudiendo a un imberbe son un bálsamo a mi corazón y un estímulo a mi inteligencia».

La segunda visita fue en 1890. Albarrán, a sus 30 años, volvió a disfrutar de un acogedor recibimiento. En Sagua la Grande, su ciudad natal, lo enaltecieron con la distinción de Hijo predilecto. En el banquete que sus colegas le ofrecieron levantó la copa para decir: «Brindo, señores, porque se le den a Cuba los elementos que le faltan para su completo desarrollo científico y por el porvenir de la ciencia, que tendrá consigo el porvenir moral y material de la tierra en que nacimos».

Albarrán era amante de su patria. Si alguien ofendía de palabra a Cuba, o menospreciaba a algún cubano valioso, estaba él presto para la defensa. Así ocurrió con cierto señor que pretendió mancillar la fama y gloria bien ganada del sabio cubano Carlos J. Finlay, a quien le querían arrebatar el mérito de haber descubierto el agente transmisor de la fiebre amarilla. Entonces salió en defensa de su compatriota y afrontó al señor con esta expresión: «¡Atrás, nada contra Cuba, nada contra los cubanos!».

Joaquín Albarrán, ícono de la Urología mundial



doctor Albarrán le sucedieron cuatro hijos: Georgette (fallecida en Villefranche-sur-Mer) y Pierre, famoso campeón mundial de bridge, teórico de este juego y campeón de tennis en las Olimpiadas de 1920, ambos fruto de su matrimonio con Pauline Ferri; así como Raymond y Suzanne Albarrán Sanjurjo, de un segundo matrimonio con la cubana Carmen Sanjurjo Ramírez de Arellano.



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Entre sus grandes invenciones se halla la famosa uña de Albarrán, complemento de los citoscopios que permitirá el cateterismo individual de los uréteres mediante una sonda de su invención para recoger la orina de ambos lados. Así mismo ofreció al diagnóstico de la litiasis renal las técnicas de la radiología e introdujo la cirugía de la próstata en Francia. Por otra parte, demostró la incidencia de la bacteria piógena, llamada luego bacterium colli, en las infecciones urinarias.
Por sus muchos aportes lo recompensaron varias veces con los premios Godard, Barbier y en tres ocasiones el Tremblay de la Academia de Medicina, a la vez que llegó a presidir el Congreso de Urología de 1912, en París.

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corazOn de elefante





Juan Carlos Recio, poeta de SENTADO EN EL AIRE.

dimanche 16 janvier 2011

lINDEN lANE mAGAZINE





LINDEN LANE MAGAZINE

EN VENTA AQUI


ilustrado por el maestro Arístide y la no menos extraordinaria Clara Morera. También hay fotos de Ena "La Pitu" Columbié y más. Nos acompañan en esta edición los siguientes colaboradores: Daína Chaviano (con poemas), Alina Galliano, Elena Montes de Oca, Armando de Armas, Raúl Eduardo Chao, Félix Luis Viera, Baltasar S. Martín, Félix Anesio y Ena "La Pitu" Columbié.
Además de una aguda entrevista a Arístide, aparece además en este número la que Baltasar S. Santiago le hiciese en Nueva York a la extraordinaria bailarina Alicia Alonso, con motivo de su 90 cumpleaños y del homenaje que el AB le dió recientemente. La entrevista está ilustrada con dos fotos inéditas de Delio Regueral

jeudi 13 janvier 2011

INDICIOS DE DESORDEN: ¡Ay, Paca!






INDICIOS DE DESORDEN: ¡Ay, Paca!: ". A duck seamstress adjusting the tail of a peacock. .  



Descubrí el paradero de la delatora de la suerte echada.

Descubrí su guarida. Escuché su cuento

y su maestría en la enseñanza de la delación y la miseria humana.

Viaja por tierra y por mar

desde que nos entregara a los metemiedos

y a los que paraquenuncaloolvides, por todo el mundo

viajera lleva tres décadas propagando con gracia actuada

el arte de narrar cuán inabarcable es el mal que puede hacerse al delatar.

En su pueblo, que es el mío, la creen muerta,

y un altar en un rincón improvisaron como símbolo funerario

en la mole blanca de piedra marfil que guarda

las hojas de los libros y los acallados tacones fantasmales de Fefa

que tenía los dientes inclinados hacia el mundo como en una sonrisa eterna.

Me lo dijo anoche un anónimo en una nota subversiva,

como subversiva y amedrentada fue la vida

que ambiciosos como ella provocan en tiemblos ajenos.

Inescrupulosa en la supervivencia,

de la oralidad ha hecho caja, profesión y corazón,

si así puede llamársele al musgo que debe latir entre sus huesos

como el hongo de las cloacas citadinas.

Un número al que llamar para inscribirse en la narración,

y un nombre para café civilizado de altos ventanales

por el que paso con frecuencia: dentro y fuera andará ella,

pisoteando sin garbo y chaparrudamente mi Cava Baja vecina,

que huele a horno de leña y cordero asado.

En su pueblo la creen muerta, insisto, pero la hiedra vive,

bien pegada a la sombra de contar el cuento de la vida de los otros,

tanto al respetable como a los irrespetables mensajeros del pánico

con que antaño compartió los posos de una misma taza.

¿Qué hago, ahora que la tengo al alcance de mi ballesta?

Si la mato, nadie comprenderá en Soto del Real tan absurdo proceder.

Si la espero a la salida de su actuación

y mancho su rostro con el silente estrépito de mi desprecio,

dirán que la envidia me empuja y la rabia la boca llena en balde y con ridículo.

¿Confiar en la justicia divina? No es suficiente.

Pero nada lo es, ni siquiera olvidarla,

ni siquiera simular que no me molesta que tan cerca de mí

respire. Dudo que seres así tengan remordimientos.

¿De qué, al fin y al cabo? En tiempos de guerra

hay que mantenerse de alguna manera: no hay mucha diferencia

entre retorcer el gollete de un pollo

y arruinar, o cuando menos importunar, la vida del poeta.

.

(Madrid, 2010-2011)

© 2011 David Lago González

"recuerdos de margarita, hija de un señor inglés que tenía muchos perros"




"recuerdos de margarita, hija de un señor inglés que tenía muchos perros", de Antonio Martínez Sarrión



se trata de una niña que mordía jugando
que empujaba fieramente en la arena
construyendo castillos
una gatita una gata así dicen
tan poca cosa sin embargo tan escuchimizada la pobre
con su abuela ya loca en un castillo
y su padre comido del vicio de los perros
tan monigote dicen niña desobediente y mala
margarita
de la noche del día de las tardes
lentas de mi niñez
bajarás a las cinco?
y a las cinco
el pan untado en vino yo bajaba
bien sabe dios que era una niña sucia
que arañaba muy bien también contaban
que había ido al corralón con aquel rubio
pero siempre partíamos la merienda
y luego subía yo tan desolado
cuando la tarde se iba
con los perros de aquel señor inglés
y de eso me ha quedado esta tristeza

Antonio Martínez Sarrión en Teatro de operaciones (1967), incluido en El centro inaccesible (Poesía 1967-1980) (Ediciones Hiperión, Madrid, 1981).

TOMADO DEL BLOG ASAMBLEA DE PALABRAS, del poeta Francisco Cenamor

mardi 11 janvier 2011

Burocracia, de JOSEAN MARTIN MANCEBO





Burocracia

por Josean Martin Mancebo




Ministerio de actos violentos 10:07 horas.

Un hombre de esos que solemos definir como “individuo”, de esos de los que nunca recordamos el color del pelo, si lleva gafas, o no, y menos aún cual es su nombre; se sitúa frente a una de las infinitas ventanillas que horadan los tabiques del ministerio y tras unos segundos o minutos de duda - para él toda una vida - y un casi mudo carraspeo, abre su boca temblorosa y dice:

_ Buenos días – con voz chillona que delata su nerviosismo - ¿Es ésta, la ventanilla de suicidios?

_ Otro miope… pues claro que sí ¿No ve acaso el caballero, el cartelito que hay encima de la ventanilla? – responde una voz irritada –

_ Perdone – contesta tímidamente el individuo – pero estoy un poquito nervioso… además no estoy familiarizado con el lugar y…

_ Sí hombre, contesta secamente la voz del otro lado; y añade con sorna: Será que para ver el cartelito hay que conocerse el edificio de memoria.

Durante unos minutos el individuo se queda paralizado. Sin saber responder a la agresión de la que se siente objeto y sintiéndose vencido e incapacitado para estar a la altura de las circunstancias, se dispone a realizar un rápido giro de ciento ochenta grados, y en acelerada huida, desandar el camino que le ha traído hasta tan funesto lugar. Pero… no sin antes echar una mirada al terrible oponente que con dos frases ha desbaratado sus intenciones. Y es en ese momento cuando héroe, pues héroe es tras superar este primer obstáculo, recobra la seguridad al comprobar que el que tenía por invencible adversario, no es… una pequeña mujer. Una minúscula mujer que parapetada tras unas desproporcionadas gafas de pasta, con lentes del grosor de una lata de anchoas, se dedica concienzudamente a pintarse las uñas de un rojo sangre; haciendo gala de la seguridad que le proporciona su puesto de funcionaria y de la tranquilidad del que se siente poseedor de los conocimientos necesarios para el desempeño de su cometido. Y haciendo caso omiso a la voz que, dentro de su cabeza, le dice que el rojo intenso del pintauñas barato que luce su oponente, es un aviso de la ferocidad a la que puede llegar si se siente atacado; nuestro héroe, tras un nuevo carraspeo de intensa sonoridad que hace girar la cabeza de la funcionaria y por consiguiente situarle por primera vez en el punto de mira de las grotescas gafas, vuelve a abrir la boca: dispuesto a no dejarse vencer otra vez por una mujer; dispuesto a gritar, si hace falta, el porqué de su presencia; dispuesto a exigir que la arpía a la que se enfrenta, le atienda; dispuesto a recordarle que su sueldo de funcionaria existe gracias a los impuestos que él y otros muchos como él, pagan religiosamente, y que por ello, lo mínimo que tiene que hacer es respetarle ya que es su fuente de sustento; dispuesto a llegar a donde sea con tal de que… pero un momento… no es arpía, sino medusa y sus ojos agrandados por las lentes, se clavan en los de nuestro protagonista paralizándole la garganta, dejándole sin aire, sin energías…y un hilillo de voz se escurre entre sus labios:

_ Yo venía a solicitar un permiso de suicidio

Las venas del cuello de la funcionaria se hinchan y tensan, como si bajo la piel se disputase una carrera de lombrices que tuviese como meta la cabeza y por un momento nuestro héroe piensa que va a estallar… como en aquella película de ese actor tan cachas con el que su mujer jocosamente le compara. Un actor de apellido alemán que luego se metió en política y que en aquella película llega a Marte, como si Marte estuviese a la vuelta de la esquina y una vez allí…

Un grito como un trueno devuelve a nuestro héroe al presente:

_ ¿LE HE PREGUNTADO ACASO ALGO? ¿NO VE QUE ESTOY ORDENANDO UNAS SOLICITUDES?… ESPERE UN POQUITO CABALLERO, ESPERE UN POQUITO.

El silencio se apodera del ala oeste de la tercera planta del MAV (Ministerio de Actos Violentos). Decenas de ojos, los de los allí presentes, interrogan a nuestro héroe que, aturdido y desorientado por la agresividad acústica de la funcionaria, sólo es capaz de seguir mirándola. Y ella, obviando su presencia, levanta los brazos con las palmas de las manos extendidas, con los dedos separados y estirados, en lo que a nuestro héroe parece un gesto de victoria; y tras comprobar que las uñas han quedado perfectas, con la mejor de sus sonrisas, y una pequeña dosis de ironía en el tono de su voz, la funcionaria dice:

_ Así que el caballero quiere solicitar un permiso de suicidio. Seguro que es para el abuelo, lo típico… como el hombre molesta… pues eso, se le lleva el impreso a casa, le dicen que es un recibito que hay que firmar y cuando se confirma la solicitud… un poco de estramonio en la sopa, unas lagrimitas en el funeral y a cobrar la herencia pues todo está en regla.

_ ¡NO POR FAVOR! - responde nuestro héroe recobrando el aplomo y la dignidad – no piense eso, yo sería incapaz de hacer tal cosa. La solicitud es para mí. Yo soy el suicida.

_ UN DESESPERADO DE LA VIDA - dice la funcionaria entusiasmada – cuanto tiempo hacía que no pasaba por aquí alguien como usted… y… ¿Cuál es el motivo del suicidio?… no, no me lo diga… su mujer le ha puesto los cuernos… no, demasiado obvio… se ha arruinado jugando al bingo, pero no tiene pinta de jugador… a ver este… su equipo de fútbol ha descendido a segunda… aunque mirándole a la cara… seguramente sea por impotencia sexual…

_ Creo señorita – irritado – que la razón que me lleva a tomar tal decisión no es de su incumbencia.

_ Bueno, bueno, no se ponga usted así, a ver si le va a dar un ataque al corazón y se nos frustra el suicidio.

Sepa usted que servidora, para desempeñar correctamente las funciones de este puesto, ha tenido que hacer un curso intensivo por el CEPM: Centro de Estudios Psicológicos Ministerial, sobre la psicología del suicida y si le preguntaba por el origen de sus penas, caballero, era únicamente con la intención de ayudarle y de paso cumplir con la normativa A37 del ministerio para evitar el colapso en las esperas de solicitudes. No obstante, quiera el caballero, o no, tendrá que decir el motivo, pues hay que hacerlo constar en el impreso de la solicitud que yo me ofrezco a cumplimentarle debido a la dificultad que conlleva dicho acto… y dándose prisa que en breve me tengo que ir a tomarme el café.

Nuestro héroe pierde el aplomo y siente unas ganas terribles de irse, pero la mirada de la funcionaria le tiene paralizado.

_ ¡VENGA! - dice irritada la funcionaria – ¡DÍGAMELO!
_ Mimujermeponeloscuernos.
Un grito como cien truenos inunda el ministerio:
_ ¿QUÉ SU MUJER LE PONE LOS CUERNOS?

Gran silencio en la tercera planta, ala oeste, del MAV. Todos los allí presentes miran a nuestro héroe.

_ Yo que usted la mataba – dice la funcionaria – Si mi Luís me hiciera eso a mí… le mataba, no me lo pensaba dos veces, le mataba.

_ Si lo he intentado, pero me han denegado la solicitud de asesinato por adulterio por no poder cumplimentar la casilla 38…

_ La 38, la del nombre del amante… conozco un caso parecido… pero siga, siga
_ Pues eso, que sin saber quien es el amante no se puede demostrar adulterio y sin adulterio no hay asesinato… y yo no puedo soportar…

_ Vivir con ella.

_ No, no puedo soportar que los vecinos se burlen de mí. Todos los días cuando salgo de casa para ir al trabajo se asoman a las ventanas y me cantan la canción del venao. ¿La conoce?

_ ¿A su mujer?
_ No, la canción.

_ ¿La canción?… ah… mi Luís se pasó toda la noche de fin de año bailándola mientras se reía como un poseso… es que se le sube la champaña a la cabeza y… pero esto no tiene nada que ver con su suicidio, son las once y cinco y todavía no me he tomado el café de las once, a este paso se me va a juntar con el de las once y media.
Así que manos a la obra y cumplimentemos el impreso. ¿Nombre y apellidos?

_ Pedro Jimeno Jiménez.
_ ¿Número de DNI?
_ 79.254
_ Un número de muerto, casualidades del destino, ji, ji.
_ ¿De muerto?
_ Sí, es número muy bajo y desde hace muchos años estos números ya no se utilizan y… pero, deje de entretenerme Sr. Jimeno, a este paso se me muere usted aquí de viejo sin que hayamos terminado.
_ Perdone.
_ ¿Domicilio?
_ Calle del buen suceso, número 25, noveno “B”, código postal AS25 de…
_ Sí, ya lo sé, no continúe. ¿Teléfono de contacto?
_ Pues es que… no se lo va a creer, tuve una mala racha en el bingo y no pagué la factura de Teleflom y me han cortado el servicio.
_ Es usted un cúmulo de desdichas Sr. Jimeno… bueno, da igual, nos lo inventamos, total nunca se llama a los solicitantes.
El motivo ya lo sabemos y… mejor déjeme su DNI y tomo el resto de los datos sin necesidad de hacerle más preguntas, además tenemos que adjuntar una copia del mismo a la solicitud.

Jimeno forcejea unos segundos con su cartera y extrae el documento depositándolo en el mostrador de la ventanilla. Una garra de uñas rojas coge el DNI, pinzándolo con dos dedos, como si temiese el contagio de la fatalidad de Jimeno por el mero hecho de tocar algo que le pertenezca.

_ ¡Por Dios! si es usted mucho más joven de lo que aparenta… creo que debería cuidarse… aunque quizá ya sea demasiado tarde, ji, ji.

Una burbuja de silencio envuelve a Jimeno y a la funcionaria mientras ella cumplimenta la solicitud y hace la fotocopia del documento.

_ Tome, lo tiene de vuelta tan lustroso como me lo entregó, ji, ji.
Jimeno guarda el DNI tras un nuevo forcejeo con la cartera.
_ Bueno… y… ¿Cómo piensa suicidarse?
_ De un tiro en la cabeza.
_ Bien. Rápido, poco doloroso si se sabe hacer bien – lanza una mirada de duda a Jimeno - fácil de diagnosticar para el forense y ya de paso molestamos un poco a la viuda dejándole la casa salpicada de sangre y sesos… ¿Tiene ya el arma que va a utilizar?
_ Sí, una pistola, la traigo conmigo

_ ¿Sabía usted Sr. Jimeno que antiguamente, antes de que se implantase el sistema ministerial y sus conocidas ventajas, un ciudadano no podía ir por la calle con un arma y mucho menos entrar con ella en un ministerio? Y aún hay quien critica nuestra actual forma de gobierno… dónde se ha visto que un arma de fuego, como la que usted me va a depositar en el mostrador de la ventanilla para tomar el número de serie; dónde se ha visto, decía, que esa pistola… ¿Pistola? Sr. Jimeno sabe usted menos de armas que un Dalai Lama. Esto que usted me deja sobre el mostrador es un arma de fuego de recámara múltiple en forma de cilindro giratorio o tambor, o dicho en cristiano: UN REVÓLVER, no una pistola como usted me decía.


Es un poquito antiguo ¿no? deje también en el mostrador el permiso y la licencia de armas.
_ ¿Permiso y licencia de armas?
_ Sí, permiso y licencia de armas.
_ Es que… no tengo.
_ O sea que pretende pegarse un tiro con un arma que no es de su propiedad y que no está autorizado a usar… ¡seguro que es robada!
_ No – contesta Jimeno irritado – era de mi abuelo, de cuando la guerra.
_ Si ya sabía yo que el abuelo saldría a relucir antes o después. Nunca falla, siempre aparece el abuelo. Pues lo siento, pero el revólver se queda conmigo hasta que aparezca su abuelo y demuestre que es suyo.

_ ¡PERO SI MI ABUELO ESTÁ MUERTO SEÑORITA!
_ Así que ya se lo cargó, si se le veía en la cara, y lo más triste de todo es que lo mató por un revólver que tiene más años que Matusalén.
_ ¡SEÑORITA! ¡MI ABUELO MURIÓ COMO UN HÉROE EN LA GUERRA!

_ Sí, todos murieron como héroes pero la guerra la perdimos y si su abuelo ya está muerto no creo que le haga falta el revólver así que se queda aquí hasta que se lo entreguemos al Ministerio de Antigüedades y si quiere recuperarlo haga una solicitud a dicho ministerio… por lo demás creo que va a tener que suicidarse de otra manera.
_ ¡PUES ME TIRARÉ DESDE UN PUENTE! O ¿PIENSA PEDIRME UN CURSO DE VUELO SIN MOTOR?
_ Estupendo, para ese tipo de suicidios no hace falta documentación relacionada… ¿Ha traído la partida de nacimiento y la fe de vida?

Jimeno traga saliva en un inútil intento de no perder los nervios. Recuperando su habitual tono de voz y clavando sus ojos en la funcionaria como si fuesen los clavos de Cristo, responde:

_ No, no las he traído y por favor, por el bien de ambos, no me diga que es necesario que las traiga.

_ ¿Necesario? Imprescindible o piensa usted, Sr. Jimeno, que el MAV va a conceder un permiso de suicidio sin que usted demuestre que ha nacido y que está vivo.
_ ¡SEÑORITA! ¡USTED ME ESTA TOMANDO EL PELO! ¿VERDAD?
_ ¡SERVIDORA NO TOMA EL PELO A NADIE! ¡EL REGLAMENTO DICE QUE EL IMPRESO DEBE IR ACOMPAÑADO DE DICHOS DOCUMENTOS Y SI USTED NO LOS HA TRAIDO, VUELVASE A POR ELLOS Y NO ME SIGA GRITANDO O ME VERÉ OBLIGADA A LLAMAR A SEGURIDAD!

_ ¡PUES SABE LO QUE LE DIGO, HE CAMBIADO DE IDEA Y EL TIRO SE LO VOY A DAR A USTED!
_ Muy bien Sr. Jimeno, pero le recuerdo que para hacer eso tendría que disponer de un permiso del Ministerio y las circunstancias a las que usted apelaría no serían procedentes. En mi condición de funcionaria no puedo ser asesinada, bajo ningún concepto, en virtud al decreto 120/81 que regula las bajas innecesarias en los ministerios.

No obstante y como veo que sus ojos inyectados en sangre delatan una insistencia en mi muerte, recoja sus cosas y pase a la ventanilla derecha, donde una de mis compañeras del Dpto. de Crímenes y Asesinatos le volverá a decir lo mismo que yo con estas mismas palabras. Y vuelva a dejar el revólver en el mostrador que ya le dije antes que hay que entregárselo al Ministerio de Antigüedades… Pero… ¿Qué hace? ¿Por qué me apunta? ¡NO! ¡NO ME MATE! ¡NO TIENE PERMISO DEL MINISTERIO!
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

Dos días después en un café cualquiera.

_ Sigo sin entenderlo Luís. Lo lógico hubiese sido matarnos a ti o a mí… pero… ¿A tu esposa?... ¿Qué gana Jimeno matando a tu esposa?... Y sin permiso del Ministerio ¿Qué van a decir los vecinos? ¿Y la familia?






Josean Martin Mancebo, escritor madrileño

Jeanne







Jeanne Hebuterne, musa de Modigliani
‎"Modigliani siempre buscaba para emborracharse la esquina del boulevard de Montparnasse y del boulevard Rapail"-decía Picasso. Seguramente no hay nada como emborracharse junto a las tapias de un cementerio porque debe verse el mundo en gris. Pero Modigliani se trajo los colores de Italia. Y nadie apreciaba sus cuadros que le salían góticos y desnudos, africanos y hambrientos,cuando el mercado estaba pidiendo retratos de burgueses blancos, gordos y bien vestidos. Malvivía entre el alcohol y la droga,protagonizando escenas violentas con los hombres y las mujeres, incluso con las dulces golondrinas como Beatrice Hastings o la pobre Jeanne Hebuterne que intentaba ayudarle. Angel extraño el de estos seres que se mataban amándose.Jeanne le dió una hija, y cuando ya estaba perdido en la estupidez y el delirio, no quiso abandonarlo. Fue él quien primero dejó este mundo en plena juventud. Y Jeanne, que era casi una niña, no pudo seguir pagando el alquiler de aquel horrible apartamento donde no había más que apuntes de modelos hambrientos,botellas vacías de vino y latas abiertas que derramaban aceite sobre los lienzos como óleos de sardinas y atún, como festines de gatos hambrientos. Los padres de Jeanne se la llevaron a su casa. Pero, a los dos días de la muerte de Modigliani, se arrojó por la ventana llevándose el último retrato que los dos habían pintado: un hijo que quedó en su vientre.(Mauricio Wiesenthal, en "El esnobismo de las golondrinas")

'gracias a Kathy Eisenring por la foto y a José Manuel Poveda por el texto.


el desconocido que traduce





El desconocido que traduce a los poetas

MERCI GRACIAS

por los miamis



con Mayito Prado


con Carlos Pintado

Miami, noviembre 2010

en el País de las Maravillas





Charles Lutwidge Dodgson, bajo el seudónimo de Lewis Carroll,tuvo una larga carrera como fotógrafo, la cual ocupó más de veinte años de su vida (1856-1880). La mayor protagonista de los retratos de Carrol, y como uno fácilmente podía suponer, es la misma Alicia Liddell, la hija menor del decano de Oxford.Para muchos sus fotografías son demasiado sugestivas