de los atardeceres que parecen festivos entierros de nosotros mismos.





LOS MISMOS AMANECERES/EL MISMO BAR/ Y UNA FRIVOLIDAD QUE NOS DENUNCIA.


Por qué tendríamos que irnos tan lejos
como si volviera a amanecer
habitar una tierra que nunca fue la prometida.
Desde lejos solo el viento nos calma
y muchas veces nos alejamos tanto
que luego es un rostro diferente a la partida.

Por qué deben morirse hasta los agonizantes
palmares donde grabaron nuestros nombres.
Es la sequía de los “tiempos revueltos”
sin un “viaje a la semilla”
que de el descanso. Llegar sin ser errante.

Y si estamos muertos
como peces fritos en una parcela
que pagamos mes a mes sin justo menosprecio
si del musgo al aro sobre la cerca
dejada a su abandono donde nos tiende el sol
a veces bailamos como marionetas
de alcohol en el destino;
Cómo morir de cara
y cruzar la otra agonía de volver.
No es volver a la vida de antes
pero es casi un ensayo
de prestarle el cuerpo
a las calamidades:
un pensamiento heredado
-un amante me lo dijo-
la sed de las raíces
como un balostre de hierro
Que le dieron a los padres por su oro.

Por qué hay que estar a salvo
de las pedradas y de los muros
de los cementerios con nombre de pueblos
y de la calle principal
donde una vida transcurre detenida
sin paso que lleve sino a la caída
de los atardeceres que parecen
festivos entierros de nosotros mismos.

Si una persona entiende
el día señalado para dejar de ser
la huella más cerca del abismo:
cientos de vidas como telón del vacío
y unos cantos sordos flotando flotando
de una orilla a otra de los precipicios
sin dejarnos todo el peso de la agonía
pero viendo las amargas horas
donde todo parece una calle muy larga
que siempre provoca el mismo amanecer;
y si alguien entiende
Qué nombre ponerle a nombre del martirio.

Todos somos el danzón en el ombligo
!oh vida!, Beny More apenas nos bendijo.
Y la blancura en la oscuridad de Bola
trajo ese desgano roto de sonreír
como si nuestra única gracia
fuera la felicidad de un viento en popa
y a toda vela.
Allá lejos su piano nos desmadra
contra el reloj de un tiempo muerto
sin un movimiento mecánico
que nos desarme;
Siempre en la línea de un fuego
que permite que nos podamos linchar
pero nadie sabe perdonarse
ni los menos útiles sacrificios.

Otros amigos van de tontos en su chaqueta negra
Charles Chaplin los imita
sobre las luces de una ciudad
puesta para decir adios sobre las palmas de una mano;
luces como fósforos
que pudiera como Angustia y Desamparo
no mecer jamás la gloria
de tanto odio vencido.
Si volvieran a quemarse las ciudades
en la mueca donde charle coloca
uno a uno los golpes de la pedrada;
Fajad Jamís que lee sus versos
cansado en un pedestal
donde un viento asesino lo despeina.
Los cementerios que no son de París
y aquellas tiendas de encanto
donde uno pegaba su boca a la belleza
y podía tragarse esa vista casual
que toda belleza arrastra;
como pregones del manísero
alguien que también nos amó
a pesar de nosotros mismos
con unos granos calientes
sacados de una foto en blanco y negro
de la eternidad.

Qué podemos merecer ahora
si los fondos tocados
no se convierten en magia
si estar lejos no es la única premonición
y aliviar cuando se olvida
no garantiza que otro amanecer se queme.

Juan Carlos Recio
NY 16 de Junio del 2010
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